Aquellos a quienes perdonaréis los pecados...
En plena Cuaresma, ya próxima la Pascua: ¿Cómo la queremos celebrar? ¿Con ropa desgarrada, con la suciedad y el polvo que se nos han enquistado en el alma? ¿O preferiremos cambiar, pedir perdón a Dios y a la Iglesia y celebrar la Pascua con novedad de vida, renovados por la gracia de la reconciliación? “Lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda. Venid, pues, y disputemos —dice el Señor—: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán.Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán.” Este es el grito solemne del profeta Isaías (1,16-18).
Permitidme que os invite a celebrar dichosos un encuentro de confesión sacramental personal y dialogante con el sacerdote, para recibir la salvación, el consejo y la esperanza de forma muy humana y concreta. Igual que Jesús lo concedía a quien se le acercaba sin miedo ni vergüenza, deseoso de ayuda para poder cambiar: Zaqueo, la pecadora, la mujer que sufría pérdidas de sangre, el centurión...
La Iglesia, Madre y Maestra que tanto nos quiere, conoce el valor del perdón de Dios y el de la paz que sólo esta reconciliación da, manda que nos confesemos al menos una vez al año. Y entre todos los tiempos para hacerlo el mejor es la Pascua. Renovémonos y empecemos de nuevo. ¡Jesús es quien “hace que todo sea nuevo”! (Ap 21,5). Los sacerdotes estamos disponibles para dispensar el perdón que viene de Dios con celebraciones comunitarias y con confesiones personales. Pidámoslo con fe. ¿Por qué confesarse a un sacerdote? ¿No lo podemos hacer directamente a Dios? O, incluso, ¿cometo yo algún pecado?
Hermanos, por lo menos no nos refugiemos en la ignorancia interesada. Pidamos la luz de Dios para ver que las cosas mal hechas —hasta aquí muchos sí que lo aceptarían— han repercutido en Dios, han herido su Amor, y por eso son “pecado”; pero también han tenido consecuencias nefastas en los hijos de Dios, y en mí mismo, y en la comunidad eclesial. El pecado es “como un amor replegado en sí mismo, que niega Dios; es la ingratitud de quien responde al amor con la indiferencia y el rechazo, pero sobre todo es un mal real, que crea un desorden”, dice el obispo teólogo Bruno Forte. Basta mirar la escena cotidiana del mundo en el que abundan las violencias, guerras, injusticias, abusos, egoísmos, celos y venganzas, que llegan a producir verdaderas estructuras de pecado. Por todo eso no debemos dudar en subrayar la gran tragedia que es el pecado y también que haber perdido el sentido de pecado debilita nuestro corazón ante el espectáculo del mal. Nos volvemos irresponsables e indiferentes al bien, y en el fondo, indiferentes al Amor de Dios. ¿Como salir de esta situación?
Necesitamos algo que nos haga reaccionar que nos remueva y nos cambie. Que haga nacer la verdad y la luz en nuestro interior. Pedir perdón con humildad y convicción recibirlo con gratitud y darlo con generosidad es fuente de una paz que no tiene precio. Por eso es bueno y justo confesarse personalmente. No lo dejemos para después. Lo que mucho nos interesa, ¿verdad que vamos a buscarlo dónde sea? Hagamos un esfuerzo ahora que se acerca la Pascua. “¡Buscad al Señor y su fuerza, id tras su rostro sin descanso!” (Salmo 105,4).
Y a través del sacerdote viviremos el encuentro salvador con Jesucristo. Dios se ha hecho hombre y nos ofrece su perdón del modo más humano y concreto, “tocándonos” las heridas. Abramos los corazones y dejémonos invadir por la misericordia divina, y así también nosotros llegaremos a ser misericordiosos.
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell