El siervo de Dios Juan Pablo II

 

Este domingo coincide con el primer aniversario de la muerte del Su Santidad Juan Pablo II. Me sentí muy agradecido de asistir al acto de apertura de su proceso de beatificación en la Basílica Romana de San Juan de Letrán, la catedral del Papa, durante la vigilia de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Fue una tarde muy emotiva. Desde entonces, a Juan Pablo II lo podemos denominar “siervo de Dios”, título de honor que ciertamente lo describe.


Fue un “siervo bueno y fiel” de Dios y de la Iglesia, a quien entregó toda su vida, sin reservarse nada de forma privada. Todo en él estaba siempre a punto para anunciar el Evangelio con coraje y esperanza. Quizás sea esta cualidad del pastor  que lo hace todo para evangelizar, lo que mejor resume su vida fecunda y su largo pontificado de sucesor del apóstol Pedro. El momento en que sucedió a Pablo VI le exigió mucho coraje espiritual y mucha esperanza en aquel Señor que en cada momento de la historia encuentra la manera de conducir providencialmente la Iglesia.

 

La perspectiva del tiempo transcurrido engrandece más su talla de persona y de creyente. No olvidaremos fácilmente su entrega hasta el final, ya muy enfermo, a la misión apostólica que le confiaron —evidenciando que un anciano también puede hacer mucho por la misión evangélica—; ni su tránsito con aquellas emotivas palabras a los jóvenes que él tanto quería —y ellos a él— ni la conmoción por su adiós en todas las partes del mundo, con iglesias que se llenaban de gente tocada por su vida y por su muerte; ni las colas de multitudes que querían despedirse, ni la belleza sencilla y grandiosa de su entierro, con el Evangelio “volando” sobre aquel ataúd tan simple y aquella magnífica homilía del futuro nuevo Papa, ni las palabras de su testamento, ni el olor de santidad que nos ha dejado como una llamada a ser mejores de lo que somos en la propia vocación, a ser audaces y valientes en la fe católica, en la defensa de las grandes causas humanas y espirituales que él defendió: la familia y la vida humana, las libertades; el coraje de dar testimonio de la fe incluso en condiciones adversas, la tenacidad contra toda guerra y a favor de la paz y la buena comprensión entre las religiones, el amor solidario a los pobres y a los enfermos, la devoción filial y sentida a la Madre celestial, la Virgen María, el respeto a los avances de la ciencia, la alegría de la amistad y el encuentro con las multitudes por todo el mundo… Con razón ha sido denominado el “párroco” del mundo, porqué se sentía pastor de todos y a todos quería llegar.

 

Ahora, mientras avanza el proceso de su posible beatificación, lo denominaremos “siervo de Dios” porque es cierto que lo ha servido de forma admirable y como un gran apóstol de Jesucristo, su Señor. Continúa enseñándonos que vale la pena entregar todo el que uno es para el Señor y para la Iglesia, cultivando heroicamente las grandes virtudes evangélicas que ennoblecen el alma humana, haciéndola totalmente receptiva a la gracia divina. Encomendémonos a su intercesión. Ya que en la tierra tuvo cuidado de nosotros como pastor universal, que continúe favoreciéndonos ahora, ante Dios, y “mirándonos” con amor desde la ventana de la eternidad.

 

+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell