¿Y si saliéramos a recibirlo?
La Pascua cristiana, que para los cristianos culmina la Semana Santa, la inauguramos con la alegría de los niños que con palmas, laureles y con sencillez aclaman a Jesús el Rey de la Paz. Hoy domingo de Pasión festejamos que la Vida ha triunfado sobre la muerte, dejémonos atraer por la persona de Jesucristo, tan inmensa, tan grande, tan misteriosa.
De nuevo Jesús se acerca a cada uno de nosotros con lo más misterioso de su
vida: su Pasión y su Muerte en la Cruz. ¿Por qué todo eso? ¿Puede salir vida de
dónde no hay más que odio y muerte? ¿Sabremos captar el gran don de Amor de todo
un Dios que se humilla por nosotros?
Él hace suyos nuestros sufrimientos, los llena de luz y de sentido. Porque Jesús
con su muerte muestra que sufrir con amor es vencer, y que dar la vida por amor
es reinar: significa vivirla con autenticidad, con sentido.
Quizás estas verdades de la fe cristiana choquen con la mentalidad relativista y
pagana que poco o mucho se nos va incrustando en el alma, y entonces Dios ya no
sea la realidad primera y fundamental de nuestra vida, y nos cueste amar de
verdad a las personas o hagamos poco por los demás, valorando más el tener y el
figurar... ¿Seremos capaces de reaccionar? No
podemos resignarnos a una vida que “va
tirando”, sin fe ni estímulos de crecimiento, sin tomar compromisos ni
responsabilidades, eternamente
alejados de Dios y del prójimo.
Desde hoy, Domingo de Ramos, pasando por el Jueves y el Viernes Santo, con el
silencio del Sábado, la pedagogía litúrgica nos conduce a través de la noche
Santa de Pascua hacia el Día que no tendrá fin. Aparte de Jesús, nadie amó tanto
ni tan locamente, cargando sobre sí nuestros pecados, curando nuestras heridas y
abriéndonos el camino de la esperanza y de la vida para siempre. Sólo viviendo
así, como Él, se es feliz.
¿Estaremos soñando? ¿No será más que una alegoría? La Iglesia con el realismo de
sus mártires continúa diciéndonos que no es así. Que Jesucristo vive, que está
muy cerca de cada uno de nosotros, y que nos lo hace posible con su gracia. ¿Y
si probáramos a recomenzar de nuevo? ¿Y si saliéramos a recibirlo a nuestra
casa, como hizo Zaqueo y como nos enseñan los niños?¿Y si lo “viéramos” vivo
también nosotros?
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell