¡Gloria a Dios en el cielo!
Con las palabras solemnes y a la vez misteriosas, “Gloria a Dios en el cielo” (Lc 2,14), los ángeles se dirigieron los pastores en Belén, para anunciar la cercana presencia de Dios en la tierra. Conviene que las retomemos ahora, en este domingo de la Santísima Trinidad, cuando tras vivir intensamente la Pascua, la Iglesia quiere que rememoremos, con gratitud, los misterios que hemos celebrado, y por eso alabamos y vivimos el misterio de la Trinidad. También los próximos días veneraremos el Sacramento del Santísimo Cuerpo del Señor, y nos dejaremos atraer, una vez más, por los lazos del Amor del Sagrado Corazón de Jesús, lleno de misericordia.
Y es que el misterio de la gloria de Dios sólo se ilumina y se hace visible en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. “A Dios nadie lo ha visto nunca: su Hijo único, que es Dios y está en el si del Padre, es quien lo ha revelado” (Jn 1,18). La fe cristiana nos lo dice: en Jesús, es Dios quien se manifiesta. ¿Y qué es lo que vemos? En Jesucristo vemos, no un Dios de ejércitos celestiales siempre a su servicio, sino un Dios desarmado, nacido en un pesebre para servir a los hombres. No vemos un Dios solitario en sus normas y sus juicios, sino un Dios solidario con todos los condenados de la tierra. No un Dios que envía plagas y castigos, sino un Dios que recibe Él, en la cruz, los castigos con que le pagan quienes Él ama.
Dios se ha dado a conocer a los pastores y a los magos, “a los sencillos y a los pequeños” (Mt 11,25) con sonrisa de niño, con gran fragilidad, con amor delicado que nos enternece, y con justicia nueva que nos hace cambiar incluso la misma idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre, y a la vez, nos hace cambiar a nosotros mismos. “Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos, y de como querríamos imponerlo, también a Él” decía a los jóvenes en Colonia, Benedicto XVI (20.8.2005). Es así como Él desvela en todos la bondad fraternal y la confianza fiel de los niños. «Si no nos hacemos pequeños como un niño… » (Mt 18,3) no comprenderemos nada de Dios, ni de su gloria, ni podremos acoger su Reino de libertad y justicia, de verdad, de paz y de amor.
Que todo esto nos admire, que nos maraville y haga temblar nuestras rotundas seguridades; que nos comprometa y cambie nuestra mentalidad. Queremos ver a Dios. Este es nuestro anhelo más grande, pero lo veremos si amamos. Y si amamos hasta dar la vida. Esto le da gloria y honor.
Hoy fiesta de la Trinidad Santísima, admirémonos porque Dios se ha hecho humano, pequeño, humilde en Cristo. “Dios es amor; quien está en el amor está en Dios, y Dios está en él” (1Jn 4,16). Y si confesamos que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, lo hacemos porque así nos lo ha revelado Jesucristo y tenemos confianza en Él. Dejémonos guiar por el amor y seremos conducidos a la auténtica verdad. Dejemos que la oración vaya configurando nuestra vida diaria, y sin saber como ha sido, nos encontraremos, felices y alegres, viviendo en presencia de Dios, porque “Él no está lejos de ninguno de nosotros, puesto que en Él vivimos, nos movemos y somos” (He 17,27-28).
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell