¡Tened encendidas las lámparas!
El reciente peregrinaje diocesano a Lourdes con enfermos y peregrinos provenientes de todos los arciprestazgos de nuestro Obispado ha sido un momento muy especial para la Diócesis de Urgell convirtiéndolo probablemente en el encuentro diocesano más participado. Fuimos a buscar la luz, a rezar y a convertirnos. El Santuario este año propone este lema a los peregrinos: ¡Tened encendidas las lámparas! Hace referencia a Cristo, Luz del mundo que ilumina a todos los hombres, y también se refiere a como nosotros tenemos que tener las lámparas de aceite siempre encendidas, más todavía, debemos ser como lámparas vivas, acogiendo el aceite de la gracia que por medio de Maria Cristo nos regala para poder ser luz y sal del mundo. ”Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mt 5,16)
De la misma manera el peregrinaje diocesano con los enfermos es como una pequeña parábola del Reino de Dios, tal y como lo es el mismo Santuario de la Virgen María y los lugares bendecidos por el paso de Santa Bernardeta. Así se lo explicaba a una persona que por primera vez iba con nosotros a Lourdes y estaba sorprendida de la atracción universal del lugar.
El proyecto salvador de Dios para la humanidad que Jesús denominaba “el Reino de Dios”, se puede captar y ver en Lourdes con los ojos iluminados por la fe. Y eso se debe a que en Lourdes los primeros siempre son los enfermos, los disminuidos físicos o psíquicos, los ancianos y los niños... Y puede verse una juventud y unos adultos que se desviven por los demás, que incluso dan sus vacaciones por ir a trabajar voluntariamente y dichosamente por los otros... Y allá Maria nos hace vivir la catolicidad de la Iglesia uniendo a gente diversa, de todas las lenguas, razas y naciones... Y nos entendemos porque intentamos hablar la lengua universal del amor, de la comprensión y de la oración... Y lo que vamos a buscar no es el milagro material de una curación, sino revivir la propia fe y la esperanza, la fuerza para llevar con decisión la propia cruz, siguiendo a Cristo... Y allí aprendemos a valorar el ministerio de los obispos y los sacerdotes, porque nos imparten los sacramentos de Cristo, y nos sentimos más hermanados que nunca con los laicos y los religiosos... Se da una presencia de carismas y de servicios, que se complementan y potencian mutuamente... Y a nadie le asusta el servicio, porque sabe que Cristo le ayudará a llevarlo a cabo con su fuerza... Y allí el dolor se transfigura y nos abre a una luz nueva y a una humanización más llena... En el fondo, si alguien quisiera saber qué es el Reino de Dios le podríamos decir que encontraría una respuesta -no la única, pero sí una muy clarificadora- yendo a Lourdes con los ojos bien abiertos.
Pero, eso sí, hace falta “ver con los ojos del corazón”, con profundidad, si no sería como estar ciego. Debemos pedir la luz de Dios para poder aprender a “mirar” como Dios mira las personas y los acontecimientos. “El hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón” (1Samuel 16,7). Por eso un ciego que se curó en Lourdes erigió un pequeño monumento en el que se lee: “Recobrar la fe es más que recobrar la vista”. Salgamos de las tinieblas del pecado y de la ignorancia de las realidades espirituales para convertirnos en luminosos seguidores de Cristo, Luz del mundo.
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell