Nuestros mártires interceden por nosotros

 

Este domingo día 13 de agosto por vez primera en todos los pueblos a ellos vinculados, celebramos la memoria de los siete presbíteros mártires de La Puebla y de Salás, beatificados el octubre pasado en Roma. Josep Tàpies, Pasqual Araguàs, Silvestre Arnau, Josep Boher, Francesc Castells, Pere Martret i Josep-Joan Perot son los mejores frutos del presbiterio urgelitano. Representan un grito que nos despierta de una fe demasiado adormecida o cómoda, que algunos van perdiendo o dejando como un lastre. Son una llamada a la santidad y al seguimiento radical de Cristo.

 

Recientemente ha dicho el cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo emérito de París: “¿Es que el Reino de Dios es el número de cristianos, o de propiedades, o de buena fama? El éxito de la Iglesia son los santos, no sólo los canonizados, sino los anónimos. Los mártires son los primeros, y lo que parece un fracaso, lo reconocemos como un éxito”. Los mártires continúan dando que pensar. ¿Qué puede motivar que una persona entregue su vida? ¿Qué hay por encima de la vida? Y ellos nos responden que están las convicciones, que está la verdad, que está el amor, que está la eternidad, que está Dios.

 

Hoy que todos nos hemos vuelto tan blandengues, quizás nos haga falta más que nunca redescubrir ese Amor más grande que la vida, la fuerza que hay en los débiles y la serenidad que nos muestran sobre lo que viven en sus últimos momentos: el perdón a todo el mundo, el amor, el don de sus pertenencias a los verdugos, la ayuda de unos a otros para mantenerse fieles y serenos, rogando y encomendado-se a la Virgen Maria y a Cristo, el Rey del universo. Así fueron sus últimos momentos en la tierra.

 

Ellos aportan unas virtudes de las que hoy carecemos mucho: la paciencia y la mansedumbre; el compromiso con la verdad; la fidelidad y la credibilidad; el perdón y la reconciliación. Necesitamos nuevo coraje para ser cristianos en un mundo fuertemente secularizado, aportando esperanza, esa virtud que se desvela cada mañana y que es frágil y pequeña, pero necesaria y fortalecedora de sus hermanas mayores, la fe y la caridad, como dice espléndidamente Charles Péguy. Ser portadores de esperanza en el vivir de cada día.

 

La sangre de nuestros mártires será fecunda semilla. Nuevamente hace falta que entendamos que es en las pruebas y en los momentos de debilidad, cuando la Iglesia sale fortalecida, porque de nuevo aprende a confiar sólo en Dios. La persecución obliga a profundizar en lo esencial y a no perderse en lo que es accesorio de la Iglesia y de la fe.

 

Pedimos a Mn. Josep Tàpies y a sus seis compañeros mártires que intercedan por nosotros con las palabras de su oración propia de esta fiesta de hoy: “Señor, ayuda a nuestra fragilidad, a fin de que, así como ellos no dudaron en morir por Ti, nosotros tengamos la valentía de confesarte”!

+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell