Estamos hechos para la fiesta
Especialmente en la primavera e incluso más en verano, porque nuestras comarcas son muy frías en invierno, por todo el Obispado tienen lugar muchas romerías y fiestas mayores, coincidiendo con las grandes celebraciones de la Virgen Maria y de los santos. Se juntan los visitantes y los hijos de los pueblos que aprovechan las vacaciones para reencontrarse con los lugares de su infancia y los referentes más importantes de su vida. Disfruto mucho con las romerías y las fiestas mayores, aunque tengan una cierta mezcla de fiesta espiritual y goce de las tradiciones y los copiosos ágapes de hermandad. Y ¿Por qué nos gustan tanto las fiestas? ¿Por qué nos reencontramos año tras año, con ilusión y con fe?
Lo explicaba este año en la Romería de la Virgen María de Canòlic, en Sant Julià de Lòria, Andorra, en la primera vez que siendo Copríncipe la presidía. Más de tres mil personas se reunieron para rezar a Santa María y recibir los panes benditos tras la solemne eucaristía, tal y como manda la tradición secular. Los cirios, las oraciones silenciosas, las promesas, la eucaristía con danza popular de los jóvenes en el ofertorio, las autoridades mezcladas con la gente, las familias unidas, los que suben a pie, el coro popular, el canto de los gozos de la Virgen... En Canòlic se encuentran todos los elementos, como en tantas otras romerías y fiestas mayores.
Es bueno que agradezcamos los valores cristianos que se viven y se respiran en
las fiestas cristianas, aun cuando a veces no seamos suficientemente
conscientes. ¿Cómo es que nos sentimos tan bien en la fiesta del pueblo? ¿No
será que estamos hechos para la fiesta? ¿No será que anhelamos la fiesta
auténtica, que sólo se cumple en el encuentro con Dios? ¿Por qué nos gustan las
grandes mesas dónde se comparten los alimentos preparados para que todo el mundo
disfrute, y mezclamos edades y nos unimos con gente menos conocida, pero que
tratamos como amigos? ¿No será que en el corazón humano hay un deseo de amor
concreto y sacrificado, un anhelo de solidaridad con quienes tienen menos y de
comunión entre todas las personas? ¿Por qué volvemos año tras año, y se llena el
corazón en los encuentros de hermandad? ¿No será que hay un anhelo profundo de
alegría que perdure, un anhelo de gratuidad y de generosidad, y -en el fondo- un
gran anhelo de eternidad?
Jesús compara en muchas ocasiones el Reino de Dios con la invitación a la boda de un heredero, una gran reunión festiva. Son imágenes o parábolas de esta fiesta eterna a la cual Dios nos invita gratuitamente, y que quiere que acojamos, convirtiéndonos y abandonándonos a sus manos, porque nos quiere regalar el don del gozo eterno de su compañía. Y empezamos a probarlo ya en las fiestas de la tierra.
Vivamos, pues, las fiestas colaborando entre todos a que queden bien lucidas, sin perder nunca su motivo principal que es la vivencia religiosa de un patronazgo y la oración confiada en la protección del Señor para las casas y familias, para los rebaños y los campos, para el trabajo y la vida del pueblo... Hagamos caso a la voz de Dios que nos llama a la fiesta y a vivir un cristianismo dichoso y lleno de esperanza. El Señor nos continúa diciendo: “Mi banquete está preparado: Venid a las bodas” (Mt 22,4).
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell