Por los caminos del amor y la infancia espiritual
El pasado domingo día 1 de octubre fue también la fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Nos puede hacer bien a todos pedirle ayuda con simplicidad de corazón, y reencontrar sus palabras y su ejemplo, su gran confianza y su gran fe. Vivió 24 años muy aprovechados, muy maduros y muy apostólicos. Vividos en una familia unida por el amor, con unos buenos padres, y después desde los 16 años en un pequeño convento de una zona relativamente olvidada cómo es Lisieux, en Francia. Aparentemente no hizo nada de extraordinario, pero vivió de forma bien extraordinaria –en el amor- su vida ordinaria de monja carmelita, enamorada de Jesucristo y sólo pendiente de su Evangelio, y de las vivencias cristianas de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús. Sus escritos autobiográficos, las cartas y poesías, y el conjunto de sus últimas palabras son ahora magisterio profundo de Doctora de la Iglesia, y siempre han atraído y cautivado por su sencillez y profundidad.
Santa Teresita amó mucho sin hacer ruido y propuso un camino de “infancia espiritual” al alcance de todo el mundo, sintiéndose pequeña y débil para atraer la ayuda del Padre del Cielo, en quien confiaba firmemente. Sufrió mucha oscuridad en la fe, especialmente viendo imposible la vida eterna, y sufrimientos físicos y morales, cerca de los pecadores que no quieren amar a Dios. Ella lo hizo todo por acercarse a los pecadores y a quienes todavía no conocen a Jesucristo. Y decía de si misma “que quería hacer amar el Amor!”.
Durante la Navidad de 1886 cuando estaba a punto de cumplir los 14 años, Teresita vivió lo que ella denominaba “la gracia de su completa conversión”. Después de la misa del Gallo, vuelve a casa y sabe vencer su amor propio. Jesús cambia su corazón y la hace fuerte, dichosa en las penas, porque acepta su buena voluntad. Jesús la lleva a las cumbres de la unión con Él por el amor humilde y crucificado, por el abandono como una niña pequeña a los brazos de su Padre del cielo. Escribirá: “sentí que la caridad entraba en mi corazón, la necesidad de olvidarme de mí misma para contentar al padre, y después ya fui feliz” (Man. A, 45). Amar, confiar, instalarse en el camino de la simplicidad y el abandono al Amor misericordioso. Padecer con alegría, atravesar las noches oscuras con mucha fe y mucha confianza, amar siempre y a todo el mundo, con renuncias y venciéndose a sí misma, instalarse firmemente en un gran amor a la Iglesia... “Mi vocación es el Amor... en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... y así lo seré todo” (B, 3). Y descubriéndose muy débil decía: “es mi debilidad la que me da la audacia de ofrecerme a Dios” (B, 3g). Y proclamará “la confianza y nada más que la confianza es la que nos debe conducir al Amor” (carta 197).
Santa Teresita nos enseña a olvidarnos de nuestro amor propio, que es el inicio de todos los males. Ofrezcámonos al amor misericordioso, haciendo pequeños actos de amor a Dios y al prójimo que tenemos cerca. Suframos por extender la Buena Nueva. Pidamos la gracia de la santidad y de un gran celo apostólico; la vivencia de la caridad a imitación del Cristo. Y acojamos las “conversiones” que el Señor nos quiera proponer para crecer y elevarnos por el camino del amor y de la infancia espiritual.
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell