Año jubilar, año de renovación

 

Acabamos de iniciar el año jubilar con motivo de los 50 años de la proclamación de la Virgen María de Núria como Patrona de nuestro Obispado, con una jornada de hermandad y de fiesta en el Santuario de María, con muchísimos peregrinos que pasaban del millar y que venían de todas las comarcas de la Diócesis. Un hecho histórico que nos une, en una comunión viva y dichosa, cerca de la Virgen María.

 

Le llevamos a María todos nuestros anhelos y necesidades, las personas que queremos, los enfermos, las familias... Y también la vida pastoral de este curso que estamos empezando, los tres grandes objetivos pastorales de la Diócesis: la transmisión de la fe desde la catequesis, la pastoral vocacional y la atención a las cuestiones que afectan  a las familias y a la vida.

 

Tenemos que hacer que sea un año de renovación de los corazones y de la vida diocesana, que nos ayude a salir de la atonía espiritual en qué nos podríamos haber instalado. Esa atonía convierte la práctica cristiana en una rutina, un ir tirando, sin capacidad de contagiar la alegría de la fe. Por esto es por lo que nos hace falta fortalecer y transmitir la fe. Pero ya no nos valdrá la simple transmisión de la fe como una herencia o como un reproducir lo que hemos aprendido. Hace falta que sea una invitación a tomar una decisión personal, que a menudo deberá hacerse al margen, o incluso en contra, de la mayoría.

 

Dejemos el pasado que ya no existe, el mal y el pecado de tiempos anteriores, que ya no podemos arreglar, y que tanto nos preocupa y nos paraliza. Ni nos dejemos atemorizar por el futuro que todavía no es y que nos angustia porque no lo podemos controlar. Y vivamos el presente como la hora de Dios, el momento en el cual Dios nos viene a buscar, cada día y en cada instante, para renovarnos y hacernos felices con su amor. Así le responderemos con generosidad para amar a todo el mundo desde este amor recibido. “Yo hago que todo sea nuevo” dice el Señor (Ap 21,5).

 

Pedimos en este año jubilar la gracia de los comienzos, que Dios siempre otorga a quien inicia una misión en nombre suyo. Una gracia que a todos nos quiere hacer ir más allá de nuestros cálculos y miedos. Sintámonos llamados a remar mar adentro, a coronar cumbres más altas, a estar totalmente disponibles a la acción misteriosa y siempre sorprendente de la gracia de Dios, con la mirada fija en Cristo y sumergidos en su misterio. Así nuestra Iglesia de Urgell, en comunión plena y amorosa con la Iglesia Católica, y sostenida por la fuerza del Espíritu Santo, podrá testimoniar el amor de Dios en todos los ámbitos dónde está en juego la vida de la persona humana, el destino de los más pobres y la construcción de la sociedad en la solidaridad global, la justicia y la paz.

 

Quiera, por lo tanto, el Señor, otorgarnos una auténtica primavera del Espíritu a nuestra Iglesia de Urgell. Y que con la esperanza de que no nos faltará el don de Dios, podamos convertir los inmensos desafíos que nos toca afrontar en estos inicios de siglo, en grandes oportunidades del momento actual. Que nos ayude la poderosísima intercesión de la Virgen María de Núria, la Madre de la Iglesia, que señorea en las cumbres del Pirineo “rodeada de soledades”. Que Ella vele al lado de su Hijo por todos los fieles de Urgell.

 

+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell