"Era forastero y me acogisteis"
El verano pasado sufrimos todos una dura experiencia: ver la llegada de emigrantes exhaustos en las playas de Canarias y de otros sitios del Sur de Europa, con la noticia de tantas muertes y la vergüenza de no acogerlos porque estaban en alta mar. Descubrimos también la dura experiencia de vernos desbordados por estos emigrantes que vienen buscando mejorar sus vidas y de las de sus familiares que se quedan en los países de origen. Pero también hemos sabido lo que se está haciendo en tantas parroquias y Cáritas diocesanas, en tantos lugares donde se van dando pasos positivos de respeto mutuo y de integración generosa por ambas partes.
La preocupación por los inmigrantes está bien viva en nuestras comunidades cristianas, estoy seguro, y todavía desearíamos hacer más y hacerlo mejor. Vamos haciendo frente todo lo que podemos. También las Administraciones públicas lo intentan pero no acabamos de ver que acierten. Parecen desbordadas, y como si improvisaran las medidas. Mientras haya tanta desigualdad entre nuestro mundo rico y el mundo pobre del Sur, de África y de América especialmente, no podremos parar con barreras este anhelo de progresar. Mons. José Sánchez, Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones, dijo hace poco que "no se pueden poner barreras al hambre".
Hará falta una acogida justa y generosa de nuestros hermanos inmigrantes, a los cuales tenemos que recibir como partícipes de una misma comunidad humana, para conseguir el bien común que es la garantía de un futuro de libertad. No a los papeles para todos, como nos dicen los gobernantes, pero sí corregir en origen las causas que provocan estos éxodos tan masivos debidos a la pobreza sobre todo, y al descubrimiento de otros horizontes para sus vidas. Con la cooperación y ayuda más generosa de los países desarrollados, como lo es el nuestro, habrá que conseguir mejoras y un reparto más justo de la riqueza. Intercambios comerciales y financieros hechos desde la justicia y el respeto. Regular los flujos con acuerdos bilaterales e internacionales, según las razonables posibilidades de la acogida, pero siempre avanzando en generosidad y nunca a la defensiva o desde la superioridad discriminadora. Tenemos que respetar y acoger, y tienen que respetar y acoger los valores que configuran nuestra sociedad.
Seguirán viniendo, nos advierten los expertos, y además en muchos campos los necesitamos, porque generan riqueza y nos ayudan a mantener nuestra economía. Rejuvenecen el tejido social y dan fecundidad a las parroquias. Los cristianos tenemos que ser abanderados en tratar humanamente a los que vienen, garantizándolos siempre su dignidad y sus derechos fundamentales. Un trato cristiano porque sabemos que Dios ha hecho la tierra para todos y que ellos también son hijos de Dios, con igualdad de dignidad. En ellos descubrimos el rostro de Cristo, sufriente, y que espera ser amado: "Era forastero y me acogisteis" (Mt 25,35) dice Jesús, identificándose con el extranjero. La Iglesia puede hacer mucho, especialmente entre los niños y los jóvenes que llegan, para que se vaya construyendo un futuro común más solidario y más justo, ya que en la comunidad cristiana nadie es "extranjero".
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell