Creemos en la resurrección de la carne

 

En la Diócesis de Urgell se mantiene muy viva la tradición de orar por los difuntos, la presencia de todo el pueblo en los entierros, y acompañar a los familiares y amigos en el momento doloroso de la pérdida de un ser amado. Yo doy gracias a Dios, porque indica que persiste una cultura cristiana que ha arraigado en el corazón de nuestro pueblo. Estoy convencido de que pensar sobre la muerte y la eternidad nos ayuda precisamente a vivir con mayor intensidad y compromiso en este mundo que pasa, frágil y caduco, pero que tenemos que construir según el querer amoroso de Dios y con un fin claro y atrayente. La fe en la vida eterna ni nos hace huir ni nos enajena, sino que, al contrario, nos lleva a transformar el propio corazón y el mundo injusto que nos rodea.

 

Somos los únicos seres vivos de este mundo que "sabemos" que moriremos. Y esta certeza podría llevar al miedo, a la angustia, al desánimo, incluso al cinismo -y así les pasa a bastantes- pero también conduce a la esperanza en la vida eterna, en la justicia definitiva, en el triunfo final del amor, en el encuentro con los que hemos amado y nos aman, y también nos hace necesariamente más humildes hacia todo lo que ahora vivimos y proyectamos, lo que amamos y lo que nos hace felices; nos hace más atentos a la vida del mundo que tiene que venir, la eternidad con Dios.

 

"La apariencia de este mundo pasa" dice San Pablo (1Co 7,31). El ser humano no puede vivir en la relatividad de todo, sin verdades hondas, en un continuo carnaval de sentimientos y placeres efímeros. Está inscrito en la naturaleza de la persona humana que quiere, anhela y necesita una vida eterna y feliz. Y esta felicidad que ya empieza aquí, sólo podrá saciarse en la eternidad, cuando se acaben los límites de la finitud. También descubrimos que la auténtica felicidad es realización de uno mismo, sí, pero sobre todo es la posesión de Dios, Creador y Padre del hombre y de la mujer. Ésta es la fe cristiana. Todo lo que ahora vivimos, será como "recuperado", en la resurrección de la carne, de una manera nueva, "espiritual", plena, diferente pero igual. Una manera que no acertamos a imaginar suficientemente bien, pero que la fe nos hace esperar con deleite, y nos anima a dirigirnos a ella. El Creador de todo, recreará nuestro pobre cuerpo y lo hará semejante al Cuerpo glorioso de Jesucristo: ésta es la resurrección de la carne que profesamos, la felicidad que esperamos, cuando "seremos semejantes a Él porque lo veremos tal como es" (1Jo 3,2).

 

De esta esperanza brota el respeto por el cuerpo de los difuntos. La Escritura está llena de referencias a la inhumación de los restos de los que amamos, y hacerlo en lugares conocidos a los cuales volver y expresar amor y comunión con ellos. Cada cultura lo vive de forma diferente. La Iglesia durante siglos ha sido partidaria del entierro de los cuerpos, y Cristo fue enterrado, como los apóstoles y los santos, y sus sepulcros son lugares de peregrinaje. Es la forma que responde mejor a la fe, pero también la Iglesia respeta y valora la donación del cuerpo durante un tiempo para el estudio científico, o hasta la incineración, siempre que eso no signifique un espiritualismo vacío, que desprecia el cuerpo y la encarnación, ni tampoco cree una obsesión por las cenizas. El cristiano que escogiera la cremación sería mejor que después enterrara o hiciera depositar las cenizas en un "columbario" o sitio adecuado del cementerio cristiano, siempre "en depósito" -como decían a los primeros cristianos- ya que esperamos volver a recuperar los propios restos en la resurrección final. De aquí nace una "sabiduría nueva" sobre el cuerpo y sobre la vida eterna.

+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell