Los consagrados nos acercan a Dios
Impacta la película "El gran silencio" (Die große stille) de Philip Gröning, que no deja indiferente a nadie que la contempla, por más que dure casi tres horas y que exprese, sin otros sonidos que los naturales, la vida de los monjes de la Gran Cartuja, fundada en 1084 por San Bruno en los Alpes franceses. Naturaleza y paisajes, oración y vida de trabajo, cosas cotidianas y sobre todo personas, rostros trabajados por el silencio, la oración y la austeridad de vida, en los cuales la cámara reposa, mira, respeta y deja captar el misterio de la obra de Dios. Quien se admire puede captar el canto de los monjes, su oración, su callar para escuchar, el gozo humilde de aquéllos que lo han dejado todo y se lo han jugado todo a la carta del amor de Dios. "Quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí y por el evangelio, la salvará” (Mc 8,35). Parecen lejos de nuestro mundo, pero están cerca de nosotros: ¡son los hermanos consagrados a Dios! Y sus vidas, cuando son auténticas, causan estupor y crean interrogantes.
El próximo viernes día 2, cuando celebremos la Presentación de Jesús en el templo de Jerusalén y su consagración al Padre, la Iglesia quiere que tengamos una oración y un recuerdo agradecido a los hermanos "consagrados" a Dios con el corazón indiviso. Es la Jornada de la Vida Consagrada. Y ellos son los monjes y monjas, religiosos y religiosas de vida activa, ermitaños, vírgenes, misioneros, laicos y laicas de vida apostólica y con una especial consagración a Dios, que han hecho de sus vidas una imitación de Cristo, con votos o promesas, en fraternidad o en soledad, pero siempre vivificando la Iglesia que los ha bautizado en Cristo y los ha dado a la humanidad, a la que quieren servir, con preferencia hacia los más pobres y necesitados, para auqellos que viven en la frontera.
Hace poco visité una comunidad de cuatro hermanas que han empezado entre nosotros una experiencia de vida contemplativa en Balaguer, siguiendo la estela de las Clarisas que durante tantos siglos han estado presentes en la Diócesis de Urgell. Se las ve entregadas y con una alegría comunicativa y una comunión en la pobreza, admirables. Y cuando les preguntaba cómo vivían su consagración virginal a Dios y a los hermanos, me decían: "Queremos ser como lámparas, para que viéndonos, las personas se acerquen a Dios". "Queremos ser sólo para Dios, ya que en Él se encuentra todo". "Vivimos la gran responsabilidad de pedir e invocar el amor y la paz, para que fluya en nuestro mundo y se distribuya a todos".
Los "consagrados" son hermanos que, arraigados en el bautismo, y por amor y dedicación total a Dios y al prójimo, han "profesado" los llamados "consejos evangélicos" de pobreza, castidad y obediencia, en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia. Es así como en nuestra Diócesis tenemos hermanos consagrados al servicio educativo, al amor a los ancianos y a los enfermos, a la acogida y el descanso, a la soledad llena de Dios... y les tenemos que estar muy reconocidos y agradecidos, porque en el fondo, nos estimulan a todos a amar de forma más radical y entregada. Estos días rezaremos por ellos, daremos gracias a Dios por sus vidas y su testimonio, y no dejaremos de pedir que continúen surgiendo vocaciones a la vida consagrada entre nosotros.
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell