En la tentación, Cristo viene a salvarnos

 

“La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto” (Catecismo nº 540), y en el primer domingo, siempre se nos proclama el Evangelio de Jesús, tentado en el desierto de Judea. No podemos perder de vista, haciendo camino hacia la Pascua, que el discípulo de Cristo es un hombre o mujer tentado, porque es débil y sobre todo porque es libre. Dios nos trata como hijos libres, que siempre pueden abandonarlo, menospreciarlo o huir de su presencia y de su amor. La tentación no es pecado, sino un signo real de libertad, de debilidad, de necesidad. La Pascua nos hará libres, sí, pero nos hace falta aprender a ser libres, con la libertad de los hijos de Dios. No nos quejemos tanto de como va de mal el mundo, sino cooperemos con Cristo a transformarlo, empezando por dejar que su Espíritu Santo nos pueda transformar a cada uno.

 

Las tres grandes tentaciones del desierto nos recuerdan el peso y el poder real del mal en la historia humana: podemos equivocar las opciones fundamentales de la vida, y preferir las cosas materiales, “el pan”, olvidando que la Palabra de Dios es la que hace vivir; podemos buscar la espectacularidad vanidosa o la comodidad narcisista, tirándonos despreocupadamente des de lo alto para que nos recojan; y podemos acabar pactando y sucumbiendo a la atracción del mal, abandonando a Dios –máxima idolatría- con tal de poseer con orgullo todo el mundo, buscando una felicidad barata, al precio que sea y de quienes sean.

 

La Cuaresma vuelve a asegurarnos que Cristo ha vencido al demonio por todos nosotros y, si nos fiamos totalmente del poder de su Espíritu Santo, el Defensor, podemos vencer todas las tentaciones, ya que, por el bautismo y la confirmación, poseemos ya las primicias de este Espíritu. Nos hará falta, pues, toda la ayuda de Cristo vencedor, y todo el ejercicio cuaresmal, hasta la Pascua, en el triple camino de la conversión: la oración, el ayuno y la limosna (Mt 6,1-18), tal y como la Iglesia nos lo recuerda desde el miércoles de Ceniza. Examinémonos, pues, a ver si rezamos lo suficiente y a menudo, con confianza y abandono en las manos del Padre del cielo; si aprendemos a abstenernos de tantas cosas superfluas, para ejercitarnos en los combates más difíciles y para tener más hambre de Dios y de su amor; y si compartimos generosamente los bienes que hemos recibido para que los pobres tengan lo que necesitan.

 

El Catecismo recuerda solemnemente que “El que quiere permanecer fiel a las promesas de su bautismo y resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración.” (nº 2340). ¡Que el Señor venga a salvarnos en nuestras tentaciones, y nos acompañe a lo largo del camino cuaresmal!

 

+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell