Acompañemos a nuestro Rey crucificado
Agitemos con entusiasmo los ramos de laurel y las palmas
que nos despierten la inocencia necesaria
para aclamar a Cristo que entra en Jerusalén,
Dios viviente que baja a la tierra, a sufrir la Cruz por toda la humanidad.
Los niños son otra vez nuestros mejores maestros,
porque nos enseñan a amar a Jesús,
que quiere entrar en cada corazón y en cada hogar,
para quedarse, y llenarnos de perdón, de luz y de vida.
Salimos al encuentro del único Salvador,
con los ojos bien abiertos para retener la gran lección
que quien pierde la vida, la salva,
quien lo da todo, es el que lo vive a fondo,
que abandonarse en manos de Dios es el único refugio seguro.
Dejemos atrás complejos, vergüenzas e indecisiones,
y apresuremonos a vivir con fe,
caminando tras Jesús, que da su vida,
y que siempre nos sustentará en las cruces.
Acompañemos al Rey crucificado, Varón de Dolores,
que recoge todos los sufrimientos de los hombres,
que asume en sí el pecado y las injusticias,
para transformarlas en vida, y en vida eterna.
¡Que grande es vuestra Pasión, Señor Jesucristo!
¡Es camino de Vida eterna y de Resurrección!
¡La muerte ha sido vencida!
Los poderes de este mundo ya no son invencibles.
¡Ha triunfado el Amor!
¡Amén!
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell