Rezar para hacer latir el corazón del mundo
Este domingo de Pascua con toda la Iglesia contemplamos la figura firme y compasiva del Buen Pastor y la Iglesia nos propone que recemos por todas las vocaciones de la comunidad eclesial: sacerdotes y consagrados, matrimonios fieles y laicos comprometidos a dar la vida por el Reino de Dios. Jesucristo Resucitado no cesa de "convocar" a amigos suyos a que vayan por todo el mundo y prediquen su Evangelio para la salvación de todos (Cf. Mc 16,20). Por eso sentimos la urgencia de rezar con confianza para que todos, no sólo los jóvenes, respondamos con fidelidad y generosidad a la llamada, sin cálculos mezquinos ni miedos paralizadores. Él confirma la predicación y nos sostiene, porque somos "amigos" suyos, enviados como Él, por el Padre, con el poder y la protección del Espíritu Santo.
¿Encontrará Cristo corazones dispuestos, para "hacer latir el corazón del mundo", como dice el lema de la Jornada Mundial de este año? Confiémoslo al Señor, por intercesión de Maria. Cuando la situación nos parece humanamente grave o nos desanimamos, siempre se mantiene vivo el recurso de la oración, de forma parecida a Jesús, que quería prender fuego a la tierra, y que pasaba noches enteras en oración.
Tenemos que rezar por todas las vocaciones, llevados por el Espíritu Santo, que nos ayudará a confiar más y perseverar en la oración, como la cananea, como la mujer que sufría pérdidas de sangre, como el humilde padre del hijo endemoniado, como la madre viuda que acababa de perder a su hijo único, como el ciego del camino que llamaba y se hacía pesado a los discípulos, como el leproso, como el paralítico, como el ciego de nacimiento, como el publicano que no osaba alzar los ojos, como la pecadora que le besaba los pies y los ungía con perfume, como los apóstoles en la tormenta, como la Virgen María en Caná, que creía firmemente en el poder misericordioso de su Hijo, el Buen Pastor. Él no negará nada a quien se lo pida con fe.
Ciertamente el mundo necesita ser ayudado para "latir de amor" y hacen falta nuevas actitudes en la "animación vocacional" de la Iglesia, pero es necesario que todo se fundamente en la oración entregada, paciente y perseverante. El nuevo milenio tiene que suponer también en eso un salto cualitativo, ya que tenemos que vencer la tentación de mirar al pasado con nostalgia, y renunciar así a unas expectativas no realistas y a unos cálculos excesivamente minimalistas. Cada cristiano es un convocado por Cristo que convoca a otros, y la animación vocacional será siempre una acción natural a través del contacto directo, con actitud paciente, sin esperar cosechas fáciles ni queriendo recoger allí donde no se ha sembrado. Es responsabilidad de la familia, de los catequistas, de los profesores de religión, de los mismos presbíteros y de todo cristiano convencido de que tiene que ayudar a otros a encontrar a Cristo y a entregarle toda la vida. Tenemos que volver a valorar y practicar una pedagogía de la responsabilidad vocacional, evitando presentar un cristianismo irresponsable, fruto de una concepción subjetivista de la fe, sin un compromiso de la vida entera. Y renunciar a una interpretación de la vocación entendida como simple auto-realización, con la finalidad de alcanzar una situación de bienestar y de "sentirse realizado". Todo lo contrario, hace falta que la vocación sea entendida como cumplimiento de un proyecto que proviene de Dios y que me realiza en la medida en que yo me abro a Jesucristo y lo amo con todas las consecuencias, dando la vida por amor a todos.
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell