Ser Apóstoles en la Carretera

 

El pasado mes de junio el Cardenal Renato R. Martino, Presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, hizo públicas unas “Orientaciones para la Pastoral de la Carretera” que, en estos meses de vacaciones y de mayor movilidad, cuando todos cogemos más el coche para desplazamientos largos y por lugares menos conocidos, conviene que reflexionemos, y saquemos consecuencias en nuestro comportamiento.

 

Las orientaciones se estructuran en cuatro partes muy diferentes, teniendo presente la especificidad y la amplitud de los problemas que conlleva la carretera como ámbito pastoral: la primera está dedicada a la Pastoral para los usuarios de la calle y de los ferrocarriles, y para todos aquellos que trabajan en los servicios correspondientes; la segunda y la tercera parte, se refieren a las mujeres y a los niños de la calle, respectivamente; y finalmente la cuarta, a los sin techo.

 

El fenómeno de la movilidad humana caracteriza particularmente al hombre contemporáneo que, para moverse, necesita medios adecuados. La calle y el ferrocarril deben estar al servicio de las personas como instrumentos para facilitar la vida y el desarrollo integral de la persona. El desplazamiento une a las personas, facilita el diálogo, da lugar a procesos de socialización y de enriquecimiento personal. La calle, además de ser una vía de comunicación, es un lugar de vida con sus aspectos positivos, entre los que está el ser ocasión de acercamiento a Dios, por facilitar el descubrimiento de la belleza de la creación, y también negativos, como es el ruido, la contaminación atmosférica, los accidentes de carretera, etc.

 

Los viajes no son sólo un desplazamiento físico, sino que poseen una dimensión espiritual, es decir, relacionada con las personas, contribuyendo así a la actuación del designio del amor de Dios. Evidentemente es fundamental que el conductor tenga un comportamiento responsable y de autocontrol cuando conduce. La capacidad de convivir y de entrar en relación con los otros presupone que el conductor tiene algunas cualidades concretas y específicas. Entre otras, el dominio de sí mismo, la prudencia, la cortesía, un adecuado espíritu de servicio, y el conocimiento de las normas de circulación en carretera.

 

El documento presenta también un ‘decálogo’ en correspondencia con los Mandamientos del Señor. El trabajo de la Iglesia en este específico sector pastoral, es el de denunciar situaciones peligrosas e injustas, causadas a menudo en el tráfico. Ante un problema tan grave, la Iglesia y el Estado –cada uno en el ámbito de las propias responsabilidades- deben actuar para crear una conciencia general y pública, en relación a la seguridad vial, y deben promover, con todos los medios posibles, una correspondiente y adecuada educación de los conductores, los viajeros y los peatones. Y es que la movilidad, característica de la sociedad contemporánea en todo el mundo, constituye hoy en día, con sus problemas, un desafío urgente para las instituciones y los individuos, así como también para la Iglesia.

En todas partes, pero también en la carretera, tenemos que ser apóstoles de Cristo. Tenemos que ser sal de la tierra y luz del mundo.

 

+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell