Contemplar e imitar a los mártires
"Los santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza y amor" afirma el Papa Benedicto XVI en la encíclica "Deus caritas est" n. 40. El próximo lunes día 13 de agosto celebraremos con alegría en nuestro Obispado de Urgell la fiesta de los beatos presbíteros mártires de La Pobla i de Salàs, beatificados hace dos años en Roma, y este año con el culto público de la Iglesia de sus santos restos, trasladados a la Catedral de La Seu d'Urgell el pasado diciembre. Los siete presbíteros mártires Josep Tàpies, Pasqual Araguàs, Silvestre Arnau, Josep Boher, Francesc Castells, Pere Martret y Josep-Joan Perot son los mejores frutos del presbiterio urgelitano. Ellos nos alertan sobre una vida montada en el relativismo moral, en el materialismo o en la indiferencia hacia Dios.
A pesar de que no todo el mundo lo quiera ver así, los mártires están por encima de las trágicas circunstancias que los llevaron a la muerte. Con su beatificación se trata, antes que nada, de glorificar a Dios por la fe que vence al mundo (cf. 1Jn 5,4) y que trasciende la oscuridad de la historia y las culpas de los hombres. Los mártires "vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron, y no amaron tanto la vida que les diera miedo la muerte" (Ap 12,11).
Por eso escribía Juan Pablo II: "Quiero proponer a todos, para que nunca se olvide, el gran signo de esperanza constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana del último siglo, tanto en el Este como en el Oeste. Ellos han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, a menudo hasta el testimonio supremo de la sangre. Estos testimonios, especialmente los que han afrontado el martirio, son un signo elocuente y grandioso que se nos pide contemplar e imitar. Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia; son para ella y para la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz de Cristo. Más radicalmente encara, demuestran que el martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza ("Ecclesia in Europa" n.13).
Lo que en Urgel ya pudimos vivir hace dos años, ocurrirá el próximo 28 de octubre en Roma, cuando sean 498 los que la Iglesia reconocerá que murieron como mártires, y los declare beatos, testimonios heroicos del Evangelio. Dos obispos, diversos sacerdotes seculares, numerosos religiosos -agustinos, dominicos y dominicas, salesianos, hermanos de las escuelas cristianas, maristas, distintos grupos de carmelitas, franciscanos y franciscanas, adoratrices, trinitarios y trinitarias, marianistas, misioneros de los Sagrados Corazones, misioneras hijas del Corazón de María-, seminaristas y laicos, jóvenes, casados, hombres y mujeres. Se añadirán, así, a la larga lista de los que dieron su vida por amor a Jesucristo en aquella España que sufría una sangrante persecución religiosa en los años treinta del pasado siglo XX. Ellos han dado gloria a Dios con su vida y con su muerte y se convierten para todos nosotros en signos de amor, de perdón y de paz. Los mártires, al unir su sangre a la de Cristo, son profecía de redención y de un futuro divino, verdaderamente mejor, para cada persona y para la humanidad. Que ellos recen por las Diócesis y las Congregaciones religiosas, nos animen a ser testimonios coherentes de nuestra fe y nos animen a ser santos y a querer dar respuestas radicales en nuestro seguimiento de Jesucristo.
+Joan-Enric Vives, obispo de Urgell