“Dichosos los que creen...”

 

Con estas palabras del Evangelio, “Dichosos los que creen” (Jn 20,29), la ”Obra Pontificia de la Propagación de la Fe” nos convoca este domingo de las misiones (Domund) a rezar y a reflexionar, a ser activos y solidarios con los hermanos misioneros. Y también nos estimula a ser misionero cada uno de nosotros en su propio ambiente. Nos conviene salir al encuentro de las personas que no han conocido aún a Cristo, que no tienen esperanza, que se sienten solos y sin amor, sin razones para vivir, y ofrecerles nuestra personal experiencia de fe. Los Obispos de Catalunya acabamos de recordar que ésta es la vocación de todo cristiano: ¡volver a creer en el Evangelio y volver a anunciarlo, con nuevo ardor!. Y esto debe comportar una “conversión del corazón” y una “conversión pastoral”.

 

El ser humano quiere ser feliz. Y la auténtica felicidad se encuentra en el gozo de haber experimentado la verdad, la justicia y el amor. Si uno vive con fe, es realmente feliz. Cuando una persona puede experimentar el amor de Dios es cuando realmente vive la felicidad más plena. Es feliz con una felicidad que perdura, que se mantiene. Las otras felicidades son todas fugaces y a menudo llenas de grandes desengaños. Jesús nos promete la felicidad, si lo seguimos del todo, humildemente; y sus “bienaventuranzas” son el pórtico del gran Sermón de la Montaña (Mt capítulos 5-6-7) que invita a entrar en este seguimiento, con disponibilidad al Espíritu de Jesús. “Felices quienes tienen un corazón de pobre...” (Mt 5,3).

 

Jesús envió a los apóstoles a anunciar el Evangelio. Ellos fueron los primeros misioneros de la felicidad que encuentra quien vive las bienaventuranzas. Y después de ellos muchos hemos creído “sin haber visto” (Jn 20,29) y muchos han sentido la llamada a dejar la patria, la familia, las comodidades de la vida conocida y marchar hacia los hermanos que necesitaban encontrar la fe en Cristo. Lo han hecho con una fortaleza totalmente nueva, con la gracia del Espíritu Santo que da eficacia a la predicación y hace vivir las obras de amor que realizaba el mismo Cristo. Es así como podemos ser “testigos”, porque “Jesús está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

 

La experiencia nos dice que la fe se fortalece dándola. No nos podemos callar lo que hemos experimentado como salvación y felicidad plena. Lo ofrecemos con espíritu de comunión y de amor. Lo expresa bellamente San Pablo: “Yo no puedo gloriarme de anunciar el Evangelio, porque para mí es un deber. ¡Ay de mí si no anunciara el evangelio!” (1 Cor 9,16).

 

Amemos a los misioneros que trabajan generosamente en tantas partes del mundo y agradezcamos la situación viva de las Iglesias jóvenes, porque nos renovará la esperanza. Tengamos para ellos, especialmente para los oriundos de nuestra Diócesis, un recuerdo y una solidaridad generosas. Vivamos de tal manera que, quienes nos tratan, se tengan que plantear preguntas y acaben teniendo sana envidia de nuestra felicidad, por haber encontrado a Cristo y haber creído en su Palabra. Demostremos con obras de amor y de justicia que el Señor nos ama. Colaboremos a transformar el mundo según el plan de Dios, que es su Reino. Vivamos con madurez serena y con agradecimiento nuestra pertenencia a la familia de la Iglesia... ¡Todo esto significa hoy ser misioneros!

 

+Joan Enric Vives, obispo de Urgell