“Perdónales, que no saben lo que hacen...”

 

Hace un año leí una noticia que me impresionó mucho. En la isla de Mauricio (Mauritius), de 2.040 Km2. al norte de Madagascar, con una de las rentas per cápita más altas de África, pequeño estado independiente desde 1968 y con un censo de más de un millón de habitantes, se dan unos 400 casos de suicidio al año. Calculando que todo intento de suicidio afecta a unas treinta personas, entre familiares y amigos, las personas afectadas por el fenómeno son al menos 60.000 al año. En el caso de un estudiante es además toda la escuela la que se ve afectada. Es evidente el impacto que el elevado número de suicidios tiene sobre toda la isla. Y conviene destacar que el 14% de los que se han suicidado del 2001 al 2004 tenían una edad entre los 12 y los 20 años. Ninguna estrategia preventiva del suicidio podrá ser suficiente para combatir este problema mental y espiritual que necesita una comprensión y unos esfuerzos integrados que implican numerosos ámbitos y servicios. Una psicóloga explicaba que los jóvenes que han tenido el pensamiento de quitarse la vida son mucho más numerosos que los que han llevado a la práctica el suicidio, y que generalmente las tentativas de suicidio ocurren en contextos problemáticos: fracasos escolares, dificultades relacionales y familiares, etc.

 

Una religiosa de Mauricio que sigue de manera particular a los jóvenes en dificultad, afirmaba que en una ocasión había estado escuchando a una joven que había querido suicidarse. Tras haberla escuchado, entendió que tenía que afrontar una situación difícil y que no lo conseguía. La única salida era desaparecer. Solamente el acompañamiento y la proximidad a estas personas puede hacerles comprender que son queridos y hacerles recobrar la alegría de vivir. En este punto se pueden encontrar soluciones a los problemas que llevan a desear el suicidio. Porque la causa profunda de esta oleada de suicidios es cultural y sobre todo espiritual: lo transcendente ya no forma parte del horizonte de muchas personas. "Ya no existe una dimensión espiritual fuerte y coherente", decía esta religiosa. "Las personas no se encomiendan a Dios. Nuestra vida está demasiado centrada en el trabajo y en el día a día rutinario de ir a trabajar y volver para dormir". Dios parece que desaparezca de la vida de las personas y que se convierta en un desconocido. Según la religiosa son, paradójicamente, los presos que envían mensajes a través de una radio local, quienes hacen referencia a Dios con regularidad. "Para ellos es una manera de cultivar la esperanza”. Haría falta mayor sensibilización y educación de las personas en peligro y generalmente de toda la población; consolidación de la campaña sobre los valores morales; promoción de mejores relaciones en el ámbito familiar; limitación del acceso a ciertos fármacos que pueden ser utilizados para suicidarse, entre otros.

 

En el mes de los difuntos, encomendemos a quienes se han quitado la propia vida, a los que se han desesperado por causas que no entenderemos jamás del todo, y a sus apenados familiares. También deberíamos reflexionar sobre el por qué de su vacío vital y su desesperación, sin que esto quiera significar aceptación de su voluntad autodestructiva. Quizás se podría haber encontrado un mejor diagnóstico de una posible enfermedad mental, un acompañamiento en su desesperación o baja aceptación, con cariño y apoyo de los más próximos, y sobre todo con aprecio por la vida, unida a la fe en Dios que siempre nos sostiene. Entonces quizás habrían podido superar aquel mal pensamiento de muerte. Ahora hay mucho sufrimiento en sus familias. Hagamos silencio, oremos y amemos, a semblanza de Dios Padre misericordioso.
 

+Joan Enric Vives, obispo de Urgell