Yo soy el Alfa y la Omega
Quien nos ha creado y nos guía desde los inicios –el alfa, la primera letra del alfabeto griego- es Aquel a quien miramos con fe y esperanza al finalizar el año
-la omega, la última letra-, el Señor Resucitado, a quien alabamos como Rey del universo. A Él se encomendaron nuestros mártires en la hora de la muerte, gritando con valentía y amor: “¡Viva Cristo Rey!”. Esta fiesta ya nos hace experimentar que Él reinará y vencerá a pesar de todas las contrariedades, persecuciones y aparentes fracasos. Su Cruz fue victoriosa sobre todo lo que es tenebroso y maligno. Y su Resurrección nos es camino de victoria a todos los que le seguimos, pues es “el alfa y la omega, el que es, el que era y el que viene” (Apoc 1,8).
En nuestros tiempos y en esta vieja y rica Europa, podría parecer como si la actitud religiosa hubiese de ser barrida por la razón de la modernidad, y que los jóvenes ya no tendrían que encontrar ningún interés en la vivencia de lo religioso. Pero no es así. Me han sido sugerentes en este sentido las recientes declaraciones de un hombre bien informado John Micklethwait, que se define creyente y católico, director del semanario “The Economist”, uno de las personas más influyentes del planeta. Decía hace poco: ¿Por qué la religión no se muere? – No sólo no muere, sino que está más viva que nunca. Y el tipo de religión que sobrevive es la que uno escoge. Antes era un asunto de nacimiento. Ahora se elige la religión que se quiere tener, y así es mucho más fácil que lleve sus puntos de vista religiosos al terreno político. Se creyó que la modernidad había matado la religión, pero es justamente lo contrario. Todas las pruebas nos dicen que la modernidad ha ayudado a la religión” (El Mundo 3.11.07 pg. 11). ¿Y si el desprecio y las incomprensiones que revela cierto laicismo endurecido nos estuviesen ayudando a una gran purificación?
Igualmente, parecería que Jesús de Nazaret ya no tendría que interesar a nadie después de veinte siglos de cristianismo, y después de tantas debilidades y pecados de los cristianos, como se complace en poner de relieve un atávico anticristianismo. Es verdad que algunos lo abandonan y buscan inspiración mística en ellos mismos –que se sitúan en el lugar de Dios-, o en las religiones de Oriente –no acogiendo el gran reto de la encarnación-, y que otros ya creen superada toda sacramentalidad que haría presente el misterio salvador de Cristo a través de la Iglesia. Pero en cambio Jesús está muy vivo. Lo demuestra el gran interés mundial por el libro “Jesús de Nazaret” del Papa Benedicto XVI –recientemente aparecido en catalán y en castellano-, o con anterioridad el “Jesús, un perfil biográfico” de Armand Puig, o tantas otras publicaciones sobre su persona tan atractiva. Jesús continúa apasionando. Y cuando sus parábolas, sus grandes mandamientos, su desconcertante huella histórica son presentadas con hondura a niños y a jóvenes, continúan captando, atrayendo, y haciendo cambiar la vida. ¡Cuán grande y bueno es conocerle, seguirle y amarle cada día más y mejor!.
Agradezcamos el conocimiento que el Espiritu Santo nos ha querido revelar de Jesucristo, nuestro Rey. Agradezcamos las personas y las obras que nos lo han hecho amar. Agradezcamos cada una de sus maravillosas palabras. Agradezcamos que quiera hablar con nosotros en la oración, y que quiera habitar en nuestro interior por la Eucaristía. Agradezcamos que nos haya hecho colaboradores suyos para establecer el Reino del Padre. Agradezcamos que no nos deje nunca descansar, pensando que ya lo sabemos todo sobre Él…
+Joan Enric Vives, obispo de Urgell