40 años de la encíclica “Populorum Progressio” de Pablo VI
Se acerca Navidad, la gran fiesta por el Nacimiento de Jesús. Pero inevitablemente, nos llega también la inflación de los regalos, la comida, las vacaciones y fiestas. Algunos viven la Navidad como si fuera un estallido del consumismo, y esta tentación también nos afecta a los cristianos. Muchos gastarán olvidándose de los pobres, y es una verdad incuestionable que los países ricos serán un escaparate de lujo que ofende la dura suerte de los países pobres y subdesarrollados. El 20% de la población que vive en los países más pobres consume sólo el 13% del total mundial, mientras que el 20% que vivimos en los países más ricos consumimos el 86% del total. Y al consumo se añade el tema ecológico, puesto que el hombre cautivo por el deseo de tener y de disfrutar, más que de ser y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su misma vida.
Parece oportuno, pues, volver sobre el mensaje profundo e interpelador que el recordado Papa Pablo VI nos daba, ahora se han cumplido los 40 años, con su encíclica “Populorum progressio”, que ofreció a la reflexión de las conciencias de todos, católicos y hombres y mujeres de buena voluntad, para establecer una mayor justicia entre los pueblos. Pablo VI “abogado de los pueblos pobres”, a los cuatro años de su pontificado y habiendo finalizado hacía año y medio el Concilio Vaticano II, quería por encima de todo dirigir un llamamiento solemne por una acción concreta a favor del desarrollo integral del hombre y del desarrollo solidario de la humanidad. La Iglesia “experta en humanidad” (PP 13), indica el objetivo del desarrollo solidario del mundo para que todos seamos más responsables. Por esto conviene promover la solidaridad en lo interno de cada sociedad y en las relaciones internacionales. Es un deber de justicia.
“El desarrollo es el nuevo nombre de la paz” (PP 87), afirma el Papa. Evoca con fuerza el imperativo moral, individual y colectivo, de trabajar sin cesar por el desarrollo de los pueblos, de todos los pueblos. El desarrollo económico es ciertamente necesario, pero resulta muy insuficiente. Porque no puede ser sólo un crecimiento económico sin dirección ni moralidad. Hace falta añadir el progreso válido y la participación de todas las categorías de ciudadanos, y que representen y promuevan los verdaderos valores humanos, individuales y sociales. “El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico desarrollo debe ser integral, que significa atento a la promoción de todo hombre y de todo el hombre” (PP 14), sin olvidar ni subestimar su dimensión trascendente. Para romper el círculo vicioso de la pobreza (bajo rendimiento- acumulación insuficiente- débil crecimiento- y de nuevo bajo rendimiento) son indispensables la cooperación y las ayudas internacionales. Es un deber gravísimo ayudar a los países pobres en vías de desarrollo (PP 48), buscar maneras de condonar su deuda externa, que los ahoga irremisiblemente, fomentar medidas de alfabetización y de educación de base, y colaborar por que estos países más pobres practiquen la transparencia de sus gobiernos y se mantengan alejados de la corrupción. Igualmente, que ellos mismos deben poder ser los actores libres y responsables de todo este crecimiento.
No nos olvidemos de preparar la Navidad con acciones de solidaridad, ¡con los de cerca y con los de lejos! Pablo VI nos continúa recordando lo que todavía nos queda por hacer.
+Joan Enric Vives, obispo de Urgell