Salvados en esperanza

 

En el inicio del pasado Adviento, el Santo Padre hizo pública su segunda encí­clica, “Spe salvi”, inspirada en un texto de  San Pablo a  la  carta a los Romanos: “Salvados en esperanza” (Rm 8,24), y  que estructura en ocho capítulos. Fe es esperar, nos dice sobre todo el Papa, y  establece una gran conexión entre la  fe y  la esperanza, afirmando que la  actual crisis de  fe, es crisis de  esperanza. La  persona necesita una esperanza que lo ayude a  afrontar el presente. Benedicto XVI aborda un tema clásico del cristianismo, pero lo confronta con las respuestas que la  filosofía y  la política han dado a  la  necesidad humana de  esperanza, y  ofrece el mejor remedio para combatir el vacío de  sentido que parece caracterizar una parte de nuestro mundo contemporáneo. “Quien no conoce a Dios, aunque tenga muchas esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la  gran esperanza que sostiene toda la  vida. La  verdadera, la  gran esperanza del hombre que resiste pese a  todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y  que nos continúa amando “hasta el extremo”, “hasta el cumplimiento total” (Spe salve 27).

 

La encíclica contiene numerosas citas bí­blicas, patrísticas, filosóficas y  incluso literarias. Las referencias al Magisterio son pocas y  todas del Catecismo de  la  Iglesia, el cual sobre la  esperanza dice: “la  virtud de  la  esperanza responde a   la   aspiración a   la  felicidad puesta por Dios en el corazón de  cada hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino del cielo; protege del descorazonamiento; sostiene en todo desamparo; ensancha el corazón con la  espera de  la  felicidad eterna. El impulso de  la  esperanza preserva del egoísmo y  conduce a   la  bienaventuranza  de  la  caritad” (CEC 1818).

 

Y  da 3 lugares (de hecho 4) de  aprendizaje y  de ejercicio de  la  esperanza:

1    La  oración, puesto que Dios siempre escucha, y  con la  oración nos ensancha el corazón y  nos purifica. Quien reza nunca está totalmente solo (nn. 32-34).

2    El actuar y  el sufrir. Ciertamente el Reino de  Dios es siempre don inmerecido y  respuesta a  la  esperanza, pero no es indiferente nuestra acción ni para Dios ni para la  historia humana. Podemos abrirnos nosotros y  abrir el mundo para que entre Dios. Y, luchando contra el sufrimiento, también podemos aceptarlo, ofrecerlo, unidos a  Cristo, y  “ como-sufriendo” con Él por los demás (nn. 35-40).

3    El Juicio que es el esplendor de  la  esperanza, porque es verdadera justicia y  revocación y  reparación del padecimiento pasado. Infliyen la  vida diaria como criterio para ordenar la  vida presente, como una llamada a  la  conciencia y, al mismo tiempo, como una esperanza en la  justicia de  Dios, que el Papa cree que es el argumento más esencial y  más fuerte en favor de  la  fe en  la  vida eterna (nn. 41-48).

 

La  conclusión es que el hombre necesita a Dios, de lo contrario, queda sin esperanza. No podrá ser redimido por una estructura externa. No es la  ciencia la  que redime al hombre, sino que la  humanidad es redimida por el amor; por el amor incondicional de  Dios.

 

+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell