“Que se confiesen y que se conviertan”

El pasado lunes festejamos los 150 años de las apariciones de la Virgen María Inmaculada en Lourdes, que entre diversos mensajes, pedía a los fieles que hiciesen penitencia. Y en agosto se cumplen los 550 años que la Virgen María visitó nuestra Diócesis de Urgell, en el lugar que hoy llamamos El Miracle (El Milagro) en el Solsonés, para llamarnos a la conversión y a la vivencia del sacramento de la confesión. Bajo la figura de una bella Niña rubia, de larga cabellera, que sostenía una pequeña cruz, el 3 de agosto de 1458, se dirigió con confianza a dos pastorcitos de Riner, los hermanos Jaume y Celdoni. El mensaje de María a Jaume es diáfano: “Di al pueblo que haga procesiones, y que las hagan con devoción, y que se confiesen, y que se conviertan, y que se vuelvan a la parte de Dios, y que si lo hacen, Dios se lo premiará. Diles que si no lo quieren creer, mi hijo se lo hará creer. No hay niño mayor de cuatro años que no trocee a mi hijo”.

Nos conviene recoger dos aspectos de las palabras de la Virgen María, que nos invita a “volver a Dios”, y que nos deberían ayudar en esta Cuaresma, camino de la Pascua 2008. María nos dice: “¡Que se confiesen y que se conviertan!”

1.- ¿Valoramos y practicamos la confesión humilde de los pecados? En cada eucaristía renovamos la imprecación “¡Señor ten piedad!”, pero también deberíamos acudir con regularidad al sacramento de la reconciliación, por el que la persona arrepentida inicia una nueva vida. Es una renovación de la gracia bautismal en nosotros. Sólo Dios puede perdonar los pecados, porque Él es el Amor, y por la confesión en secreto a sus ministros –pecadores como hombres, pero portadores de una gracia para el pueblo de Dios, como sacerdotes- “volvemos” a experimentar este Amor tan grande e inmerecido, que es pura gracia suya. Todos sabemos por experiencia que el pecado es fuente de tristeza, de decaimiento y de esterilidad. Es por la gracia del sacramento de la reconciliación que nos viene restituida la alegría, la fuerza victoriosa en las tentaciones y la fecundidad de las buenas obras. “Lávame de mi pecado… Devuélveme el gozo de la salvación”, reza el salmista (Salmo 50).

2.- El mensaje de María siempre se hace eco de las palabras de su Hijo, puesto que Ella quiere que hagamos todo el que Jesucristo nos diga (cfr. Jn 2,5). Y el núcleo central de la predicación de Jesús en Galilea proclamaba: “Convertíos, que está cerca el Reino de los cielos” (Mt 4,17). La conversión es muy decisiva si queremos acoger el Reino, y por esto desde hace 550 años, Maria nos urge a “volver a la parte de Dios”, es decir, convertirse, “girarse” hacia Dios, que es Amor. Debemos salir de nuestro pecado y acoger el perdón del Padre del cielo, como el hijo pródigo que, al volver, se da cuenta del amor incondicional e infinito del Padre. Para volver a Dios, debemos abandonar los malos caminos, la mediocridad y la pereza, y levantarnos y caminar.

Escuchemos a nuestra Madre del cielo. Busquemos la manera de hacer un buen examen de conciencia y vayamos a encontrar a los sacerdotes, que desean ser espiritualmente útiles a los fieles, para que, reconciliados con Dios y con la Iglesia, seamos miembros vivos de Cristo. ¡Santa Cuaresma!

+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell