Limosna, para imitar a Jesucristo

 

En esta Cuaresma, el Santo Padre nos ha dirigido un Mensaje para orientar nuestro crecimiento espiritual, que ha titulado “Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros” (2Co 8,9), y en él nos pide una mirada atenta a los más pobres, en las distintas pobrezas que atentan contra su dignidad, destacando el valor de la limosna hecha por amor. Ya el Miércoles de Ceniza pudimos escuchar el consejo de Jesús pidiendo que el discípulo ore, ayune y haga limosna, porque “el Padre que ve en lo secreto, te lo recompensará” (Mt 6,18).

 

Si la Cuaresma es momento de descubrir la misericordia de Dios es para que también nosotros seamos más misericordiosos. “Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Y sobre los compromisos concretos, el Papa recalca este año la bondad de la limosna, que representa una manera palpable de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarnos de la seducción de las riquezas y del peligro de quedar enganchados a los bienes terrenales.

 

Ya más en concreto, la limosna nos educa a salir al encuentro del prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás aquello que la bondad divina nos hace poseer. Debemos convencernos de nuevo, de que no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino que tan sólo somos administradores de estos bienes. Los bienes materiales tienen un valor social según el principio de su destino universal (Catecismo nº 2404). Ya nos advierte S. Juan: “Si alguien que posee bienes en este mundo ve a su hermano que está necesitado y le cierra las entrañas, ¿cómo puede habitar en él el amor de Dios?” (1Jo 3 ,17). Esta llamada a compartir solidariamente los propios bienes, debe resonar más plenamente todavía en países como el nuestro, de clara mayoría cristiana, porque socorrer a los pobres es un deber de justicia antes que de caridad, y con las limosnas podemos subvenir a las urgencias de tantos lugares del mundo que necesitan de nuestra comunión efectiva.

 

También el Papa en su Mensaje cuaresmal recuerda que es característica esencial de la limosna cristiana que sea secreta, sin llamar la atención ni esperar reconocimientos humanos, y hecha para la gloria de Dios y el bien de los hermanos. Así mismo no es pura filantropía, sino expresión concreta de la caridad, virtud teologal que presupone la conversión interior al amor a Dios y a los hermanos, para imitar a Cristo, y a sabiendas de que “hace más feliz dar que recibir” (Ac 20,35).

 

Cada vez que compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado, por amor a Dios, experimentamos que es en el amor donde reside la plenitud de la vida, y recuperamos más de lo que hemos dado, en bendición, paz, satisfacción interior y alegría. La limosna concede incluso el perdón de los pecados, ya que dice S. Pedro, “tened un amor intenso entre vosotros, porque el amor cubre una multitud de pecados” (1Pe 4,8). También nos educa a la generosidad del amor, y al amor más grande, aquel que llega hasta darse totalmente uno mismo. Lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de entrega, según las posibilidades y las condiciones de cada uno, y que reconoce en los pobres la presencia del mismo Jesucristo.

+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell

+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell