Erradicar las pobrezas y escuchar a Dios

 

El Santo Padre Benedicto XVI durante esta Cuaresma nos insiste a los cristianos a que vivamos una conversión concreta en campos muy importantes: pobreza y silencio. En su Mensaje magisterial para la Cuaresma titulado “Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros”, pone a los pobres en el centro de la vida y la ascesis cuaresmal de todos los cristianos, haciéndolos así referente y orientación para nuestro vivir y caminar hacia la Pascua. ¿Y si los tomáramos también como gran referencia para nuestros compromisos de vida y para el trabajo social de futuro, para el discernimiento de nuestro voto responsable del próximo domingo, y para después de las elecciones? De hecho, para un cristiano, el amor a Dios y al prójimo, especialmente a los pobres, y la consecuente lucha contra todas las modalidades de pobrezas tendría que ser siempre objetivo prioritario de toda la actividad privada y pública. Decía Jesús: “todo aquello que hacíais a uno de estos hermanos mios más pequeños, a mí me lo hacíais” (Mt 25,40).

 

Cuando queremos trabajar para los pobres, debemos tener en cuenta algunas pobrezas más actuales, que los Obispos acabamos de indicar. Es bueno tener como referente a los inmigrantes que necesitan especialmente atención y ayuda. Y, junto con los inmigrantes, quienes no tienen trabajo, los ancianos que están solos, los jóvenes que pueden caer en las redes de los explotadores de la droga o de la prostitución, las mujeres humilladas y amenazadas por la violencia doméstica, los niños objeto de explotación y de abusos, y quienes no tienen casa ni familia donde acogerse. Debemos trabajar también para superar las injustas distancias y diferencias entre las personas, las comunidades y países, tratando de resolver los problemas más urgentes, como son el trabajo, la vivienda accesible, o el goce equitativo de la naturaleza, compartiendo dones tan indispensables para la vida como el agua, el alimento y las materias primas, y teniendo extrema atención del patrimonio común de la creación. En el orden internacional, es preciso atender a la justa colaboración al desarrollo integral de los pueblos, con gestos concretos de solidaridad real. Estas son nuevas y graves pobrezas, muy actuales y decisivas, que se añaden a otras cuestiones que también merecerían ser tomadas como pobrezas: la defensa de la vida humana en todas sus etapas, porque no hay ser más pobre e indefenso que el pequeño en el vientre de la madre o los ancianos en fase terminal. Igualmente la promoción de la verdadera familia, con ayudas y apoyo, porque en ella confiamos cuando tenemos necesidades debido al paro, la enfermedad o la soledad. También los niños y jóvenes a quienes se ha de enriquecer con valores educativos, personales y comunitarios, sin olvidar una sana educación para ser buenos ciudadanos y una ayuda para ser personas abiertas a Dios y a los valores cristianos.

 

Hablando a los presbíteros de Roma, el Papa también ha pedido que la Cuaresma sea un tiempo de ayuno de palabras y de imágenes, para valorar el silencio: “Necesitamos un espacio sin el bombardeo permanente de imágenes, crear espacios de silencio sin imágenes, para reabrir nuestro corazón a la imagen verdadera y a la Palabra verdadera”. Hagámosle caso. ¡Callemos para poder escuchar la voz de Dios que nos habla, para escuchar el clamor de los pobres y oprimidos que llega hasta Él y que nos pide una respuesta comprometida (cfr. Ex 3,7-8)! Imitemos al joven Samuel que oraba diciendo: “¡Habla, Señor, que tu siervo te escucha!” (1S 3,11).

 

+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell