El Espíritu infunde el amor de Dios y enseña a amar

 

La Pascua que estamos celebrando es la mayor obra de amor que el Espíritu Santo ha realizado, tanto en el Señor Jesucristo -a quien el amor del Padre no ha dejado abandonado en el sepulcro-, como en su Esposa, la Iglesia, que es la portadora de este amor para todos los hombres. Por eso podemos fijarnos en el don pascual del amor divino que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones, y el amor que este mismo Espíritu nos concede vivir y manifestar en nuestras obras.

 

"La caridad" -nombre del amor en la larga tradición cristiana- como virtud, es la perfección de la vida cristiana y es el alma de la santidad, ya que "Dios es amor" (1Jn 4,8.16) y el amor es el primer don. La caridad contiene a todos los demás dones, es superior a todas las demás virtudes, y las ordena y articula, ya que es la forma de todas ellas. Qué profundo es lo que nos dice San Pablo en su Himno a la caridad (1Co 13,1ss), cuando enumera muchas obras grandes como hablar lenguajes de hombres y de ángeles, penetración y sabiduría sobre los secretos de Dios, fe capaz de mover montañas,  entrega de los bienes y martirios cruentos... pero remarca que "si no tengo amor, no soy nada... si no amara, de nada me serviría". Sin amor -¡tenemos que convencernos de nuevo en esta Pascua!- no soy nada, no valgo nada, no puedo hacer nada.

 

Este amor-caridad, "Dios lo ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha sido dado" (Rom 5,5). Este amor, lo primero que hace, es perdonarnos de todo pecado y hacernos hijos por pura gracia, a semejanza de Dios mismo; a imagen y semejanza suya. Y nos da la presencia de la Trinidad Santísima en nuestro interior, con una "nueva vida" que consiste en "amar como Él nos ha amado" (1Jn 4,11). Con esta fuerza del Espíritu Santo, los hijos de Dios podemos dar fruto. Aquél que ha sido injertado en la Vid verdadera dará "el fruto del Espíritu que es: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, dulzura, templanza" (Ga 5,22-23). Un amor que consiste en "darlo todo y darse uno mismo", como enseña la doctora de la Iglesia Sta. Teresa del Niño Jesús.

 

Roguemos al Espíritu Santo para que nos quiera infundir el don del Amor divino. Él es el Amor del Padre y del Hijo, y conoce muy bien nuestras necesidades y carencias. Que nos conduzca por la escuela del amor humilde y verdadero. Que nos regale un amor bien grande, hecho más de obras que de palabras, como reclama S. Ignacio y nos enseñe a pedir humildemente: "dadme amor y gracia, que esto me basta".

¡Ven Espíritu Santo, y enciende dentro de mí el fuego del amor divino! ¡Disipa mi egoísmo y mi pereza, y hazme templo tuyo! ¡Ayuda a mi pequeño amor, haciéndolo crecer constantemente! En esta Pascua 2008, ¡enséñame a practicar el mandamiento nuevo del amor!

+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell