El Espíritu reparte los carismas y vocaciones
Es el Espíritu de Cristo Resucitado, que estamos acogiendo con acción de gracias en este tiempo pascual, el que infunde la vocación cristiana en el corazón de los creyentes. Todo es obra del Espíritu, que reparte los carismas y las vocaciones. La vocación más originaria a la santidad -que recibimos por el bautismo, y que nos hermana en dignidad y en honor a todos-, y la vocación a una radicalización más concreta del seguimiento de Jesús. Es así como cada bautizado, por inspiración del Espíritu Santo, va descubriendo los carismas que Él le regala, los hace fructificar, y los aporta al conjunto de la comunión eclesial y al mundo. Son las diversas vocaciones en que se va concretando la gran y única vocación universal a la santidad y a la vida cristiana.
Durante la Pascua debemos agradecer que la Iglesia sea el Cuerpo de Cristo. Y que dentro de la unidad de este Cuerpo, haya diversidad de miembros y de funciones (1Co 12). Todos los miembros están unidos los unos con los otros, particularmente con los que sufren, son pobres y perseguidos. Y ya que la Iglesia es el templo del Espíritu Santo, ocurre que el Espíritu es como el alma del Cuerpo místico, principio de su vida, de la unidad en la diversidad y de la riqueza de sus dones y carismas (Cf. Catecismo nn. 799-810).
En la festividad del Buen Pastor, que es al mismo tiempo la jornada de oración para las vocaciones, tenemos que tomar nueva conciencia, valorar las vocaciones que el Espíritu Santo hace florecer en el seno de la comunidad eclesial y valorar su complementariedad y su riqueza. Rogando por las vocaciones nos vamos dando cuenta de que nuestra vida es vocación, vocación a vivir de la fe, y que debemos vivirla con mayor fidelidad dentro de la Iglesia, nuestra Madre, para que otros, más jóvenes, también lo busquen y lo vivan.
El Papa Benedicto XVI ha escogido para la Jornada Mundial de oración para las Vocaciones que hoy celebramos, el lema «Las vocaciones al servicio de la Iglesia-misión». Jesús resucitado confió a los Apóstoles el mensaje: «Id a todos los pueblos y hacedlos discípulos míos, bautizándolos en el nombre de Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19), y les garantizaba: «Yo estaré con vosotros día tras día hasta al fin del mundo» (Mt 28,20). La Iglesia es misionera en su conjunto y en cada uno de sus miembros. Por el bautismo y la confirmación cada cristiano está llamado a dar testimonio y a anunciar el Evangelio. Al principio de la expansión de la fe, y también más adelante, lo que «urge» a los Apóstoles (cf. 2Co 5,14) es siempre «el amor de Cristo». Tenemos que pedir, pues, que nos sean enviados fieles servidores de la Iglesia, dóciles a la acción del Espíritu Santo, que sean misioneros y sigan los pasos de los primeros apóstoles. El amor de Cristo, de hecho, viene comunicado a los hermanos con ejemplos y palabras; con toda la vida.
¡Ven Espíritu Santo y desvela en mí y en todos la generosidad que nos haga falta para seguir a Cristo del todo y sin regatear ningún sacrificio! ¡Danos las vocaciones al ministerio ordenado, a la vida consagrada, a la vida misionera, a la vida matrimonial y al compromiso por el Reino, en medio de este mundo, que tanto necesita la Iglesia! ¡Que la Pascua sea florida y fecunda en nuevas vocaciones!
+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell