El Espíritu crea y sostiene nuestra esperanza
Durante el tiempo pascual estamos dando gracias por todo lo que el Espíritu de Cristo Resucitado obra en nosotros. Hoy centramos nuestro agradecimiento en que nos viene regalada la esperanza verdadera, que nos hace superar las frustraciones y los desalientos de la vida. Se cumple por el Espíritu Santo aquello mismo que el Resucitado hizo renacer en el corazón de los dos discípulos de Emaús cuando se marchaban de Jerusalén decepcionados y desesperanzados. Y Cristo les devolvió la esperanza, el gozo, la paz, el amor, la fortaleza para correr a anunciar lo que habían visto y oído… “Nuestro corazón ardía en nuestro interior mientras nos hablaba por el camino y nos abría el sentido de las Escrituras” (Lc 24,32), dirán después de que le reconocieran.
El Papa Benedicto XVI nos ha regalado una bella reflexión sobre la esperanza a su encíclica “Spe salvi” (“Salvados en esperanza” Rm 8,24). Podemos decir que es gracias al Espíritu, que nos infunde el conocimiento de Dios y el anhelo de la vida eterna, que vivimos la auténtica esperanza. Dice el Papa: “Es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento» (cf. Jn 13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente «vida». Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza que encontramos en el rito del Bautismo: de la fe se espera la «vida eterna», la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud” (n. 27).
Es precisamente el Espíritu Santo quien nos infunde las virtudes teologales, y por lo tanto crea y sostiene nuestra esperanza. Las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, “son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano... adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina” (Catecismo, nn. 1812-1813).
La garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente -y que, no obstante, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser, la vida auténtica-, la encontramos en ciertos “lugares” de aprendizaje y de ejercicio práctico de la esperanza (cf. Spe salvi, nn. 32-48). Y es el Espíritu Santo quien nos ayuda en este aprendizaje: tanto de la oración que ensancha el corazón y lo purifica; como en el actuar y el sufrir unidos a Cristo y “con-sufriendo” con Él por la salvación del mundo; así como en el juicio, cuando a sabiendas de que seremos juzgados, se nos ofrece un criterio inmejorable para ordenar bien la vida presente, encaminándola hacia el futuro de vida eterna en Dios. A la luz de la gran esperanza que nos da el Espíritu Santo, vivamos también las esperanzas pequeñas de cada día, y venceremos al desaliento y al pesimismo.
Roguemos que el Espíritu Santo nos mantenga siempre esperanzados y humildemente confiados en Jesús, que nunca nos abandonará. ¡Ven Espíritu Santo, haz crecer y fructificar con alegría pascual mi débil esperanza; hazme perseverante y fiel, para que ningún desaliento no me separe nunca de Ti, y para que siembre esperanza a mi alrededor!
+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell