El Espíritu llenó a María de gracia y nos la dio por Madre en el Cenáculo
Es el Espíritu Santo que Dios Padre, por Jesucristo Resucitado, ha derramado con profusión, quien hace “santos” a los hombres y mujeres. Ciertamente que sólo Dios es Santo. Pero aquellos que viven llevados por el Espíritu, son también “santos” por pura misericordia, y sus obras manifiestan su apertura a la gracia divina que los ha salvado. Entre todos los santos y santas de Dios, la primera y la más bendecida, la llena de gracia, la Inmaculada y ya Asunta al cielo, es la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, que en el corazón del misterio pascual, al pie de la Cruz, nos fue dada como Madre a todos los discípulos (cf. Jn 19,27).
Este domingo es la fiesta solemne y gozosa de la Patrona de Cataluña, la Virgen de Montserrat, que celebramos en la Pascua. Y el tiempo pascual es muy adecuado para admirar la obra del Espíritu en la Iglesia, y en la Madre de la Iglesia, Santa María del Cenáculo. Os invito a no dejar de agradecer al Espíritu Santo que la alegrara con la Resurrección de Jesucristo, la llenara de gracia y de amor en Pentecostés, y desde el Cenáculo nos la diera por Madre y protectora de todos los catalanes y de las Diócesis con sede en Cataluña.
San Ignacio de Loyola, al hacer meditar la Resurrección en el libro de los Ejercicios, explica que la primera aparición del Señor fue a su amada Madre: “Primero apareció a María, lo cual aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho, al decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento” (EE 299), indicando que todo el mundo puede comprender que “la primera” a quien el Hijo quería llenar de alegría pascual, no podía ser otra que su Santísima Madre. Ella es, pues, maestra en la acogida de la alegría pascual, por un don del Espíritu Santo, y la primera discípula del Hijo.
Durante la Pascua rezamos a nuestra Madre celestial con el ”Regina coeli laetare”, el himno mariano pascual, tan inspirado y que los eruditos atribuyen a San Gregorio el Grande (590-604), y en su oración conclusiva se pide que por la intercesión de la Madre de Jesucristo resucitado “alcancemos el gozo de la vida eterna”. Aquí está todo lo que debemos pedir en la Pascua, y Maria es nuestra intercesora desde la santa montaña de Montserrat: “II·lumineu la catalana terra, guieu-nos cap al cel!”.
Cuando el Espíritu en Pentecostés desciende sobre la Iglesia primera, los encuentra reunidos en el Cenáculo, con constantes y unánimes en la oración, ”junto con María, la Madre de Jesús”, y otros discípulos (cf. Hch 1,14), y es el Espíritu quien los llena de su fuego y los envía a predicar con valentía la Buena Nueva de la resurrección. María continúa enseñándonos a rezar y a estar abiertos y disponibles al Espíritu.
¡Ven Espíritu Santo! ¡Que tu bondad, que nos regaló la llena de gracia, la Madre Inmaculada de Jesucristo Resucitado, nos haga santos en medio de la vida ordinaria, para dar a Dios la gloria que se merece! ¡Virgen de Montserrat, ruega por nosotros!
+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell