El Espíritu realiza la Eucaristía y engendra la comunión

 

“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”, exclama el salmista (Sl 126,3). Y en la Pascua es conveniente agradecer con alegría al Espíritu Santo lo que Él va realizando sin ruido, suavemente, sin que caigamos mucho en la cuenta, y quizás sin que se lo agradezcamos suficientemente. Es el Espíritu quien nos regala el gran don de la Eucaristía y hace que la Iglesia viva unida y en comunión fraterna. El Hijo y el Espíritu Santo tienen una misión conjunta, son distintos pero inseparables, y es el Espíritu quien nos une a Cristo y nos hace vivir en Él (cfr. Catecismo nn. 689-690).

 

En la plegaria eucarística, con la segunda “anáfora”, ora el sacerdote diciendo: “Te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Nuestro Señor”. Y tras la consagración continúa: “Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo”. Son dos grandes intervenciones del Espíritu que transforma la materia –Él, que ya actuó en el inicio del mundo y sostiene toda la creación-, y transforma las personas, recreando la humanidad dividida y pecadora en una Iglesia santa y unida –cómo actuó en Pentecostés-, que manifiesta e infunde la caridad de Cristo en medio del mundo.

Aquel Espíritu creador que aleteaba sobre las aguas, en el inicio del mundo, que nos habló por las Escrituras Santas, puesto que Él es su autor principal (Catecismo n . 304), que llenó a la Virgen María de gracia y la cubrió como una sombra para que engendrara al Hijo de Dios, es el mismo Espíritu que bajó en plenitud sobre Jesús en el  Jordán, y lo ungió (Cristo quiere decir el Ungido por el Espíritu), lo sostuvo en la Cruz y lo resucitó de entre los muertos. Este mismo Espíritu que se infunde por el sacramento del orden a los sacerdotes, éstos lo hacen descender sobre las ofrendas y Él las consagra para que Jesús se haga realmente presente, y lo podamos comer para tener vida eterna. Y continúa actuando por que la Iglesia sea llena de gracia y conducida a la unidad y la caridad.

 

Pentecostés significó la unión de las lenguas, que antes se habían dispersado y desunido por culpa del orgullo y las vanidades humanas. Aquello que estaba desunido, el Espíritu lo hace converger en una unidad nueva, que se hace visible y actuante en la Iglesia una y santa. Cada celebración eucarística, cada acto de comunión entre los cristianos, hace viva y presente una unión de amor y de reconciliación, que proviene de Dios mismo. ¡Amemos la unidad, pidámosla, suframos por ella!. No nos resignemos nunca a las divisiones, las críticas, las enemistades. La pluralidad, que es buena porque manifiesta la grandeza inmensa de Dios y de su amor, necesita que, por amor, converja en la unidad, el servicio, la entrega a los miembros más débiles. Jesús rezó por esta unidad, que tanto significa para los cristianos: “Que todos sean uno, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17,21).

 

¡Ven Espíritu Santo, Espíritu de amor! ¡Danos un gran amor a la Eucaristía que nos configura a Cristo, el Pan vivo que podemos comer por gracia tuya! ¡Ayúdanos a vivir en comunión y a superar las divisiones! ¡Une a todos los cristianos en un solo cuerpo y en un solo espíritu, para que irradie el amor de Dios a todos y en todas partes!

 

+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell