Adoradores de Dios
Gracias a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II tenemos el gran tesoro de la vida litúrgica y sacramental a nuestro alcance, con elementos que vienen de la gran tradición de la Iglesia y de las verdaderas fuentes de la vida espiritual. Gracias a la reforma litúrgica leemos siempre y de forma mucho más amplia que antes la Palabra de Dios, que proclamamos en nuestras lenguas y podemos captar mejor en su significado. Valoremos la Palabra de Dios, que alimenta la fe y que también es presencia real de Dios que nos habla: escuchémosla con fe, meditémosla, agradezcamos el silencio entre lecturas, que nos puede ayudar, respondamos con la oración interior, los cantos, la atención corporal y la participación.
A la vez, también parece conveniente que tras unos largos años de aplicación de la reforma del gran Papa Pablo VI revisemos aquellos aspectos que hace falta volver a fortalecer, o a rescatar del olvido. Más aún, cuando nuestra sociedad tan ruidosa y siempre en movimiento tiene el peligro (especialmente los niños) de no prestarle suficiente atención. Ellos acabarán haciendo lo que vean que hacemos nosotros. Entre estas actitudes está la actitud de adoración que la sagrada liturgia –especialmente la Eucaristía- debe fomentar. Estamos en el templo, ante Dios, participamos de un momento “de cielo” cuando comemos la Eucaristía, y es Dios mismo quien baja a la tierra... ¿Cómo podríamos quedar indiferentes, fríos o despistados? ¿Qué puede ayudarnos a crear un clima comunitario de fervor, de vivencia atenta de lo que estamos viviendo y recibiendo...? Quizás vibramos poco, no seguimos la acción litúrgica que está aconteciendo allí mismo... Todos, pero en especial los padres, catequistas y sacerdotes, tenemos una gran responsabilidad. Debemos ser “maestros” y “testigos” de adoración devota de Dios, especialmente al participar en la santa misa o al pasar ante el sagrario, el altar o el mismo templo.
El Santo Padre lo destacó en su reciente homilía del Corpus. Decía Benedicto XVI que un elemento constitutivo del Corpus es “arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y de hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terrenal, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregarle a su Hijo Unigénito (Cfr. Jn 3,16)”.
Es por todo ellos que os propongo que aprovechemos los momentos de silencio y de adoración que ya están previstos en la reforma litúrgica de la misa: al inicio de la celebración, al acusarnos interiormente de los pecados, después de las lecturas, pero sobre todo en la consagración, y yendo y viniendo de comulgar. Si no podemos arrodillarnos, ¿por qué no hacemos al menos una inclinación de nuestro cuerpo en la elevación del Pan y del Cáliz, tal como ya lo hacen los sacerdotes concelebrantes? ¿Por qué no revisamos cómo vamos a comulgar, cómo tomamos la Sagrada forma con respeto, en la boca o en la mano, como un pobre recibe un inmenso regalo? ¿Por qué no regresamos con gravedad y devoción a nuestro lugar en el templo –sin saludos frívolos- y nos quedamos arrodillados, o sentados, pero siempre adorando profundamente a Jesucristo que ha venido a nuestras almas, con los ojos cerrados y rezando agradecidamente? Son detalles pequeños, quizás, pero es que el amor a Dios debe ponerse también en las cosas pequeñas.
+Joan-Enric Vives, Obispo de Urgell