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A los
presbíteros y diáconos,
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religiosos y religiosas, personas consagradas,
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y laicos y laicas de la
estimada Diócesis de Urgell.
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1. Siete sacerdotes de Urgell, mártires de Cristo
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Los mártires han llevado hasta las últimas consecuencias la vivencia del
Misterio de la Pascua de Jesucristo. Han acompañado al Cordero de Dios en su
Cruz y ahora viven para siempre con Él. Nos ayudan y estimulan con su
ejemplo de fidelidad y de coherencia, nos acompañan en los caminos de dolor
y de persecución, y también interceden para que también nosotros sigamos a
Cristo con radicalidad, sin vacilaciones, y con un amor indefectible. Y por
encima de todo nos animan a ser santos en nuestras propias vocaciones y
responsabilidades. «Los santos son los verdaderos reformadores. Sólo de los
santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo
del mundo»,
ha dicho recientemente el Papa Benedicto XVI a los jóvenes en Colonia.
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El 29 de octubre de 2005 quedará inscrito con letras de oro en la
historia de nuestro Obispado de Urgell, ya que, en la Basílica de San Pedro
del Vaticano serán beatificados siete sacerdotes de nuestra diócesis,
asesinados por profesar su fe católica durante la persecución que tuvo lugar
en Cataluña y España durante los años 1936-1939. Son mártires de Cristo,
detenidos y encarcelados en La Pobla de Segur y fusilados en las puertas del
cementerio de Salàs de Pallars la mañana del 13 de agosto de 1936, fecha que
se convertirá en un día de fiesta y de triunfo en nuestro Obispado.
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Sus nombres inscritos por Dios en el Libro de la Vida son: Rvdo. Josep
Tàpies Sirvant, nacido en 1869 en Ponts, había entregado toda su vida
ministerial a la Parroquia de Nuestra Señora de la Ribera de La Pobla de
Segur y en 1936 era su beneficiado--organista. Rvdo. Pasqual Araguàs
Guàrdia, nacido en Pont de Claverol en 1899, era párroco de Noals
(Huesca). Rdo. Silvestre Arnau Pasqüet, nacido de Gòsol en 1911, ex
alumno del Colegio Pontificio Español de San José de Roma, y el menor de
todos, que entonces era vicario en La Pobla de Segur. Rvdo. Josep Boher
Foix, nacido en 1887 en San Salvador de Toló y párroco de La Pobleta de
Bellveí. Rdo. Francesc Castells Brenuy, nacido en 1886 en La Pobla de
Segur, párroco de Tiurana y ecónomo del Poal. Rdo. Pere Martret Moles,
nacido en 1901 en La Seu de Urgell, era el ecónomo de La Pobla de Segur. Y
Rdo. Josep Joan Perot Juanmartí, nacido en 1877 en Boulonge (Tolosa-Francia),
que siendo joven había residido en Oliana y que en aquel momento era el
párroco de San Joan de Vinyafrescal, muy cerca de la Pobla. Son un grupo de
sacerdotes diocesanos, pastores de parroquia, que dieron su vida por Cristo
y por amor a sus hermanos, regalando el perdón a sus verdugos, viviendo
aquellos trágicos momentos con sentimiento de unión a la Pasión del Señor y
de amor a su Madre celestial, la Virgen de la Ribera, tan querida en La
Pobla de Segur, y a quien se encomendaron al ver que les conducían hacia la
muerte martirial por el mero hecho de ser sacerdotes.
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Os escribo mi primera Carta Pastoral porque deseo ardientemente que se
difunda la vida y el martirio de estos venerables hermanos nuestros y para
que nos animemos a ser también nosotros valientes confesores de la fe que
profesamos. Debemos estimarles, respetar su culto y tenerles por espléndidos
intercesores nuestros. Y por encima de todo, imitemos sus virtudes y
confiada entrega en las manos de Dios. La Iglesia les enaltece como modelos
de vida cristiana sin amargura ni espíritu vengativo hacia nada ni nadie.
Nos conducen a amar más y a desear parecernos a ellos. Nos estimulan a la
práctica del perdón y a la comprensión en los difíciles tiempos de guerra y
de violencia que les tocó vivir. Y son signos de paz y de reconciliación,
también en nuestros tiempos actuales, para que nunca más haya odio ni guerra
ni espíritu de venganza entre hermanos, para que la libertad religiosa
resplandezca como una de las libertades más fundamentales que se debe
cultivar.
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Es preciso que en todo lugar y circunstancia sepamos mantener entre todos el
espíritu de paz, de concordia y de reconciliación. En esta línea nos
expresábamos los Obispos de la Conferencia Episcopal Española en 1999,
cuando preparábamos el gran Jubileo del perdón del año 2000: «También España
se vio arrastrada hacia la guerra civil más destructiva de su
historia. No queremos señalar culpables de esta trágica ruptura de la
convivencia entre los españoles. Más bien deseamos pedir perdón a Dios por
todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, no
importa en qué bando estuvieran de los dos frentes que trazó la guerra. La
sangre de tantos conciudadanos nuestros vertida como consecuencia de odios y
venganzas, nunca se puede justificar, y en el caso de muchos hermanos y
hermanas que fue vertida como ofrenda martirial de la fe, sigue clamando al
Cielo para pedir la reconciliación y la paz. Que esta petición de perdón nos
traiga de Dios la paz, la luz y la fuerza necesarias para saber rechazar la
violencia y la muerte como medio de resolución de las diferencias políticas
y sociales».
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Como tantos otros mártires de Cataluña, de Europa y del mundo, estos
presbíteros de nuestros tierras murieron ofreciendo su vida a Cristo.
Debemos recordar que el convulso siglo XX, que ha terminado hace tan sólo
unos años y que, en muchos aspectos, ha sido un período de indignidad y de
barbarie, ha sido también denominado el «siglo de los mártires» (Andrea
Riccardi),
porque ha sido un siglo en el cual millones de cristianos y cristianas de
todas las confesiones, viviendo e inspirándose en el Evangelio, han tenido
que sufrir mucho y han dado un espléndido testimonio de su fe en
circunstancias extraordinariamente hostiles. Algunos han sido objeto de
persecución por parte de estados totalitarios, otros han sido deportados en
campos de concentración y de extermino, muchos han sufrido vejaciones, han
sido humillados y torturados, por el mero hecho de ser cristianos y algunos
han dado testimonio de su fe en situaciones de guerra o de anarquía
revolucionaria.
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Nuestros mártires de Urgell, al igual que todos los grandes mártires de la
historia, no habían cometido delito alguno, ni habían sido inculpados en
ningún proceso judicial, tampoco habían generado odio en su entorno, sino
todo lo contrario, fueron testigos del Amor más grande, de la entrega sin
límites, de una generosa caridad al servicio de Dios y de los hermanos más
débiles y necesitados. Precisamente por manifestar, sin temor, su fidelidad
a Cristo fueron perseguidos, ultrajados y asesinados.
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2. Su testimonio es camino de búsqueda para nosotros
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«Mártir»
significa «testimonio». El testimonio de los mártires siempre
constituye un buen motivo para ahondar en nuestra fe y en la fortaleza de
nuestras convicciones.
El mártir es la viva encarnación de las virtudes teologales, de la fe, la
esperanza y la caridad, y cuando nos acercamos a ellos con devoción y
respeto, nos sentimos interrogados, sobrecogidos interiormente. El mártir es
un estímulo para el pensamiento y la búsqueda fiel de la verdad, pero sobre
todo, debe convertirse en un referente de nuestra acción en el mundo, ahora
y aquí.
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Ciertamente, los tiempos cambian y las circunstancias que estos hombres de
Dios vivieron son, por fortuna, muy distintas de las nuestras, pero su
testimonio nos estimula a pensar de qué modo expresamos nuestras creencias
en la sociedad en que vivimos. Es posible que, en el momento presente, no se
nos exija una dosis de abnegación y de entrega tan altas, pero es muy
probable que requiera de un tipo de testimonio que no siempre estamos
dispuestos a manifestar de un modo suficientemente convincente.
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Los expertos afirman que los ciudadanos de nuestro mundo tienden a vivir su
fe en la más estricta privacidad y que, a grandes rasgos, se abstienen de
manifestarla públicamente, y de convertirse en comunicadores de la Buena
Nueva del Reino de Dios. Da la impresión que sólo se acepta un estatuto de
privacidad para la fe de los creyentes. Entre nosotros, los cristianos, se
pueden dar actitudes vergonzantes o dimisionarias, resistencias exteriores e
interiores que debilitan extraordinariamente la riqueza y la belleza del
testimonio cristiano. Estamos llamados a proclamar el mensaje renovador del
Evangelio, a transmitir la alegría de la Pascua de Cristo resucitado y a dar
sentido a todo lo que hacemos y decimos.
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El valor de aquellos mártires nos estimula a buscar la verdad y a creer en
la verdad. Las circunstancias históricas que vivieron han cambiado mucho
desde entonces, y como cristianos del siglo XXI, tenemos que hacernos
presentes en el mundo con un lenguaje adecuado y receptivo a nuestro tiempo
y debemos encontrar espacios de comunión con las personas no creyentes y con
las de otras confesiones, pero la fuerza y la verdad del Evangelio subsisten
inalteradas a lo largo de la historia y nos deben mover a comunicarlo con
autenticidad.
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Debemos ser capaces de transmitir a los hombres y mujeres de hoy, a nuestros
contemporáneos, la grandeza del amor, el deseo de paz, la fuerza del perdón,
la solidaridad para con los más débiles y el poder de la oración que late en
el Evangelio, pues al obrar de ese modo, la Iglesia, como pueblo de Dios,
sigue siendo una bella imagen de su único fundamento, Jesucristo. Él es el
Señor al que servimos, deseamos comunicar por qué le amamos y por qué
sabemos que sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
En este sentido, pues, los mártires constituyen una fuente de inspiración a
la que debemos encomendarnos.
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Los santos y de los mártires son luces en la historia, estrellas que nos
guían en el largo éxodo hacia la casa del Padre, nos impulsan a revisar cómo
vivimos lo que creemos y cómo anunciamos el Evangelio en una sociedad que
presenta, por un lado, obstáculos, pero por otro, también debe subrayarse,
extraordinarias posibi-lidades que no siempre somos capaces de entrever. Con
frecuencia, las imágenes negativas de nuestra sociedad, los diagnósticos
apocalípticos son un pretexto y también una excusa para dimitir de nuestra
responsabilidad en la nueva evangelización de Europa. El Papa Benedicto XVI
nos ha dicho recientemente en Colonia, en su encuentro con los Obispos
alemanes acaecida en agosto de 2005: «En toda Europa, así como en Francia,
España y otros lugares, deberíamos reflexionar seriamente sobre la forma
como podemos realizar hoy una verdadera evangelización, no sólo una nueva
evangelización, sino que con frecuencia es una auténtica primera
evangelización. Las personas no conocen a Dios, ni conocen a Jesucristo.
Existe un nuevo paganismo y no basta con que tratemos de conservar la
comunidad creyente, aunque esto sea algo importante. Se impone la pregunta
“¿Qué es, realmente, la vida?”».
Tenemos que ser portadores de esta esperanza, que en ocasiones se traduce en
una cuestión bien formulada, en un debate que hace ir hacia adelante, en un
buen ejemplo de servicio, de perdón o de amor, que queda grabado en el
corazón del hermano, y que le hace pensar, que le dirige hacia delante, que
le abre a la verdad, que le encamina hacia Dios. Una nueva y primera
evangelización es hoy una gran propuesta colmada de amor hacia quienes aún
no han encontrado la verdad, pero la buscan, o quizás ya ni la buscan, pero
sabemos que la necesitan y nosotros se la ofrecemos con amor. Porque el ser
humano está hecho para Dios, es «capaz de Dios» como dice el Catecismo de la
Iglesia Católica, y sin verdad se destruye y muere.
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Se debe reconocer que hay un conjunto de factores que obsta-culizan
gravemente este anuncio explícito de Cristo a los hombres y mujeres de
nuestro mundo, factores que han sido estudiados por los expertos en la
materia, pero también es cierto que en el corazón del hombre contemporáneo
subyacen unos deseos que enlazan con el mensaje liberador del Evangelio: el
deseo de una vida feliz, el deseo de un mundo más pacífico, el deseo de ser
amado y acogido, el deseo de justicia social, el deseo de sentido, el deseo
de silencio y de serenidad, y el deseo de una vida unitaria y armónica. En
este mundo disperso, saturado de mensajes y extraordinariamente acelerados,
estos deseos permanecen en el corazón humano y constituyen una clara
expresión de que en él pervive una cierta nostalgia de Dios y del sentido
profundo de una vida auténticamente humana.
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Hemos aprendido que determinadas formas de anunciar el Evangelio resultan
contraproducentes y que, a veces, movidos por un intenso celo religioso el
anuncio del Evangelio ha tenido efectos negativos en los hombres y mujeres
de otros tiempos y ha generado, también en la actualidad, una cierta
desconfianza, e inclusive un explícito rechazo, cuando el poder o la
manipulación han oscurecido nuestra caridad. Podemos y debemos pedir perdón
por las culpas cuando no hemos sido fieles a Dios, y así lo hizo el
recordado Juan Pablo II en la preparación y durante el jubileo del año 2000,
al solicitar solemnemente perdón por las propias culpas y las de nuestros
hermanos cristianos.
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El distanciamiento respecto la comunidad eclesial de tantos hombres y
mujeres de buena voluntad y las manifestaciones de laicismo excluyente e
injusto que se detectan en nuestra sociedad pueden tener su raíz en una
manera inadecuada de transmitir lo que creemos. Con todo, no podemos dejar
de anunciar la verdad, la bondad y la belleza de la Palabra de Dios, si
realmente creemos, como así es, que es la Palabra de Vida y el camino de
felicidad para todos los hombres, la única Palabra donde los hombres
encontramos sentido, ya que somos oyentes de esta Palabra. «Nos hiciste para
ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que repose en Ti», decía
San Agustín.
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Los mártires nos conmueven y nos exigen pensar cómo tenemos que anunciar
esta Palabra en este mundo tan complejo que nos ha tocado vivir, evitando
caer en actitudes sectarias o en simples proselitismos de antaño, pero
también en actitudes pasivas y resignadas, de derrota desesperanzada.
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3. La fuerza del débil
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Al reflexionar en torno a los mártires, y en concreto, en torno a estos
sacerdotes mártires de nuestro obispado, podríamos equivocarnos y considerar
que eran hombres excepcionales, robustos como las piedras, dotados de un
carácter heroico. No eran seres de otra estirpe, sino hombres fortalecidos
por la sabiduría del Espíritu Santo. Nunca debemos olvidar que eran hombres
como nosotros y es muy posible que vivieran horas de temor en el fiel
seguimiento de la Palabra de Dios.
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La admiración por el mártir nos puede conducir a verlo como un superhombre
y, sin embargo, debemos tener en cuenta que el mártir es, en esencia, un
hombre como nosotros, un ser libre que podía haber apostatado, o huido, o
haber respondido con violencia, o que podía haber retrocedido frente a las
contrariedades. Precisamente porque, a pesar de poder traicionar sus
convicciones, no se echó atrás, el mártir se convierte en un referente para
todos nosotros. Era un hombre de carne y hueso, pero colmado de fe y
entregado totalmente a Cristo. Fue la gracia de Dios la que le dio fuerza en
aquellas circunstancias.
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El mártir no sólo debe despertar en nosotros un sentimiento de admiración,
sino, sobre todo, el deseo de imitación. El Santo Padre Juan Pablo II, en su
Exhortación apostólica postsinodal, La Iglesia en Europa afirma que
los mártires son un elocuente y grandioso signo que debemos contemplar e
imitar. Ellos manifiestan la vitalidad de la Iglesia; son para ella y para
la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la
luz de Cristo.
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Al imitarle, imitamos a Cristo, primer mártir que dio su vida por todos
nosotros, que murió en una cruz para dar a luz en nosotros al Hombre Nuevo,
amigo de Dios y heredero de la vida eterna. Jesús no desea ser admirado,
sino ser imitado y cada cristiano debe discernir cómo tiene que ser su
seguimiento personal a Jesús en el seno de la comunión eclesial.
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La imitación es singular en cada persona, porque cada ser humano dispone de
unos talentos y tiene sus posibilidades. Jesús nos llama a imitarle, pero a
imitarle desde nuestra naturaleza, desde lo que somos más genuinamente cada
uno de nosotros. La pluralidad de carismas y de vocaciones en el corazón de
la Iglesia constituye una expresión de la riqueza de formas de imitar a
Cristo en la vida práctica. Esta sinfonía de carismas y de vocaciones nos
enriquece y se debe potenciar y desarrollar en la unidad plena de caridad
que hay en el Pueblo de Dios.
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Nuestros mártires, impulsados por la fuerza del Espíritu, padecieron
contrariedades de todo tipo, sacrificios, humillaciones y, al final, fueron
asesinados. No eran hombres dotados de una extraordinaria fortaleza física
ni intelectual, sino hombres que se dejaron fortalecer por Aquél que lo
puede todo. Su debilidad les hizo fuertes. Podemos leer en la Carta a los
Hebreos: «Hallaremos fuerza en su debilidad».
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De entrada, puede parecer una paradoja que en la debilidad se halle la
fortaleza, pero se debe adivinar el sentido más profundo de estas palabras
de san Pablo. En nuestra cultura, partimos de un concepto de fortaleza de
tipo físico o de robustez de carácter, y de este modo nos referimos al poder
político, económico y militar, pero esta idea nada tiene que ver con la
invencible fortaleza del mártir.
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En la tradición cristiana, el ser humano es concebido como un vaso de
arcilla, como un ser frágil y quebradizo, que, por sí mismo, nada puede.
Necesita de los otros para convertirse en lo que está llamado a ser,
necesita entrar en comunión con sus hermanos para llegar a desarrollar una
vida plena. Como imagen del Dios trinitario, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
la persona humana es, por vocación, un ser comunitario, que se abre a los
otros y tan sólo en esta apertura puede llegar a su plenitud.
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Solamente cuando uno se reconoce como un ser débil, se hace receptivo a la
fuerza del Espíritu y no opone resistencia a ella. Cuando se toma conciencia
de la propia debilidad, uno se da realmente cuenta de su naturaleza más
íntima, y como consecuencia de ello está dispuesto a ponerse en las manos de
Dios para llegar a ser, libremente, un instrumento de su Voluntad. Los
mártires sienten una fuerza que no proviene de ellos, sino del Espíritu
Santo que sopla en su interioridad y que obra maravillas a través de sus
vidas. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, lo dice
magistralmente: «Lo que place al Buen Dios es verme amar mi pequeñez y mi
pobreza, es la ciega esperanza que yo tengo en su misericordia... He aquí mi
tesoro [...] Comprended que para amar a Jesús, para ser su víctima de amor,
cuanto más débil es uno, sin deseos, ni virtudes, más cerca se está de las
operaciones de este Amor consumidor y transformador... El mero deseo de ser
víctima es suficiente, pero hay que consentir en permanecer pobre y sin
fuerza y esto es lo difícil».
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La débil fuerza del mártir nos cautiva. Dice el apóstol san Pablo a los
Corintios: «Cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte».
Se refiere a la fuerza de los cristianos, a la fuerza que recibimos del
Señor Jesús. Es la fuerza de los humildes. Esta fuerza constituye la raíz
del valor que tan a menudo está ausente en nuestras comunidades, comunidades
que deberían hacerse eco decididamente de las palabras del apóstol Pablo:
«Me siento capaz de todo gracias a Aquél que me hace fuerte».
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Constatamos, con claridad, que los cristianos y la Iglesia han dejado de
tener esa presencia pública que tiempo atrás tenían y se detecta también una
cierta reducción de su poder de influencia. Algunos sienten nostalgia de
aquel tiempo y viven esta circunstancia como un signo de derrota. Pero esta
pérdida de poder mundano, a pesar de las dificultades que también acarrea,
puede ser una ocasión providencial para descubrir esa debilidad que nos hace
seres necesitados y receptivos de la fuerza del Espíritu Santo; puede ser un
signo de Dios para reencontrar nuestro lugar en la sociedad, el lugar de los
que desinteresadamente desean amar y colaborar en hallar la auténtica verdad
y fraternidad.
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Para poder descubrir esta fuerza del Espíritu Santo que actúa
pode-ro-samente en nuestro interior y en la comunidad eclesial, debemos
esperar y permanecer en silencio, escuchar la Palabra de Dios, orar con
constancia, vivir intensamente la liturgia de la Iglesia como ámbito de
encuentro con Dios, participar de la vida sacramental y, sobre todo,
desposeernos de nosotros mismos y ponernos a disposición de Aquél que nos ha
dado la vida. Penitencia y Eucaristía, sacramentos del vivir cotidiano del
cristiano, nos ayudarán. Y por encima de todo, la Eucaristía dominical
vivida en nuestras parroquias desde la sencillez y la admiración por el
misterio de amor que se nos da. Precisamente en la Eucaristía se revela la
presencia entregada de Cristo en su humanidad y su divinidad ocultas tras
los velos de las apariencias del pan y el vino, en ella hallamos nuestra
fuerza, como los mártires cristianos necesitaban y anhelaban la Eucaristía.
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4. Los mártires, testigos del Amor más grande
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Estos sacerdotes mártires beatificados en Roma son nuestros hermanos,
hombres de Dios, ejemplares presbíteros que vivieron discreta y
genero-samente el don de la fe y se comprometieron hasta el final de sus
días con su ministerio sacerdotal. Su vida y su muerte nos incitan a creer y
son, para todos nosotros, fieles cristianos, hombres y mujeres de buena
voluntad, un estímulo, un signo de interrogación de nuestra fe y del grado
de firmeza de nuestras convicciones.
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El mártir no es, simplemente, un referente en el marco de la comunidad
cristiana, sino que también lo es desde una óptica meramente humana. Desde
una perspectiva puramente laica, el mártir es un hombre de firmes
convicciones, fiel y leal a sus creencias, un hombre con autoridad moral,
autoridad que se le reconoce por la coherencia entre su pensamiento y sus
obras. Esta autoridad enciende la sincera admiración y valoración en quienes
no participan de nuestra fe. No tiene poder, pero tiene autoridad, porque
ésta se reconoce cuando hay autenticidad, y por muy extraños que sean los
vericuetos de la cultura actual, el hombre y la mujer de hoy también
reconocen la autenticidad allí donde se manifiesta.
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Mi amado predecesor, el Arzobispo Joan Martí Alanis, en el Prefacio
de nuestro «Martirologi de l’Església d’Urgelll 1936-1939» espléndida
e indispensable obra del Rvdo. Jesús Castells Serra, dice de los mártires
que «la muerte cruenta que sufrieron les asimila a Cristo. Fueron víctimas
del odio. Mostraron, en la suprema situación, que no estaban vacíos por
dentro. Como una almendra rota, dejaron al descubierto la plenitud de sus
valores humanos y de la fe. Supieron permanecer fielmente en el lugar de sus
responsabilidades, supieron morir pacientemente, supieron perdonar, se
sintieron unidos a Cristo, sacerdote y víctima, manifestando, frente a los
hechos, una conciencia martirial».
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En esta cultura de la debilidad y de la dispersión que nos ha tocado vivir,
la figura del mártir resulta extraordinariamente sorprendente, porque da
testimonio de unas convicciones tan profundamente arraigadas en su corazón,
que es capaz de dar su vida por Dios. Podría denominarse la viva expresión
de un pensamiento fuerte y que, por ello mismo, contrasta en un
contexto de relativismo y de pensamiento débil donde se tienden a disolver
las grandes convicciones en vaguedades y opiniones. Su presencia también es
objeto de sorpresa, porque contrariamente a la fragmentación y a la
dispersión social en la que nos hallamos, el mártir es un hombre íntegro,
pues en él se da una unidad de pensamiento y de acción, y esta integridad
nos maravilla y suscita el seguimiento a Cristo, ya que el mártir muestra
como Él ha sido y es su fuerza, el único motivo por que el vale la pena
perderlo todo, inclusive la propia vida, antes que perderlo a Él.
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Contrariamente a lo que podría parecer desde una perspectiva lejana a la fe,
el mártir no es excéntrico, ni un irresponsable, ni un intolerante, sino que
vive y expresa de forma patente una fidelidad sincera que se sitúa más allá
de los convencionalismos y del juego de intereses calculados. No actúa
conforme a sus intereses personales, ni está preocupado por su imagen
social, ni tampoco lo está por las consecuencias de su radicalidad en el
seguimiento a Cristo. Goza de una paz que aflora de muy adentro, del
desvelamiento de Dios en lo más profundo de su intimidad. Vive conforme al
Espíritu y da testimonio de la verdad de Cristo. Sorprende la serenidad de
estos testimonios, pues en circunstancias tan adversas, no pierden ni la
fortaleza ni la serenidad. Los primeros mártires cristianos en tiempo de las
persecuciones romanas son ejemplos clarividentes de ello, y también lo son
estos siete sacerdotes de Urgell. Frente al simulacro de tribunal del Comité
que les pretendía acusar injustamente, no pierden ni la serenidad ni la
entereza. No se avergüenzan de la sotana, por ejemplo, como signo de
identidad que les comprometía. Defienden el templo y el sagrario. Antes de
subir hacia la puerta del cementerio de Salàs se quitan los zapatos, para
imitar a Cristo subiendo descalzo al Calvario, o regalan todo lo que tienen
a sus verdugos, o se acuerdan de las necesidades del hogar más próximo.
Pero, por encima de todo, se encomiendan a Dios para que haga su Voluntad,
convencidos de que Dios les acogerá como lo hizo con su Hijo Jesús, o con
los mártires de tiempos antiguos. Se despiden con júbilo y esperanza en la
Virgen de la Ribera desde el camión que les conduce a una muerte segura y
mueren proclamando la Realeza de Cristo, más poderosa que ningún poder
humano y ninguna fuerza maligna.
De este modo, vencen al mal, a copia de bien y de amor.
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5. Nos maravilla la serenidad de los mártires
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Los mártires dan que pensar profundamente y nos resulta difícil imaginar
cómo tiene que ser esa paz interior que Cristo comunica en sus almas, que en
circunstancias tan hostiles no pierden ni la serenidad, ni el horizonte de
su vida. Nosotros sentimos que desfallecemos con facilidad, que, en
determinados contextos practicamos un cristianismo vergonzante, que sentimos
temor a confesar abiertamente nuestras convicciones, porque nos abruma la
voz de la mayoría, pero el auténtico testimonio sabe que él es de
Dios y que está en Dios; y quien vive, con convicción, sabiendo que
se halla «en manos de Dios» sabe que, pase lo que pase, nada malo le puede
suceder, porque Dios todo lo puede y le ama. «Nada temo, ni cuando paso
por barrancos tenebrosos, porque os tengo cerca de mí».
El que vive plenamente esta convicción en su interior no teme ni el
sufrimiento, ni la muerte y es capaz de relativizar todo lo que es relativo
y entregarse a lo que es absoluto.
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El mártir es un signo visible del Amor más grande, un testimonio que se ha
comprometido en el seguimiento a Cristo hasta dar su propia vida para
testimoniar la verdad del Evangelio. En este sentido, el mártir sigue
el ejemplo de Cristo, que dio su vida por los hermanos como signo del Amor
más grande. Esta disposición a dar la propia vida, lo más grande que
tenemos, constituye una prueba radical y absoluta de un amor que sabe darse
a todos en virtud de una convicción que es la fe. El mártir no muere para sí
mismo, sino porque desea testimoniar, a quien le persigue, la fe en
Jesucristo resucitado como verdad última del sentido de su existencia y de
toda existencia, y une su muerte a la muerte redentora de Cristo. El amor a
la cruz que salva y perdona todos los desamores.
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El mártir es un signo de contradicción. Podemos eludir la interrogación que
nos provoca, pero también podemos asumirlo seriamente y examinarnos a
nosotros mismos. No podemos dar respuestas artificiales a esta pregunta, ni
podemos frivolizar la vida de quienes han muerto por Cristo. Son hombres y
mujeres como nosotros que, seducidos por el Espíritu, han sabido convertir
su vida en algo más que un puro mecanismo para subsistir.
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El mártir no busca el sufrimiento, ni se complace en el dolor. A los
cristianos no nos gusta sufrir por sufrir, ni como se ha afirmado algunas
veces, nos recreamos en ello, sino todo lo contrario; nos hemos comprometido
en curar la herida del mundo, en aliviar el sufrimiento de tantos hombres y
mujeres, de tantas personas que sufren solitariamente y que necesitan
consuelo, ya en este mundo. Nos referimos a los enfermos, a los indigentes,
a ancianos solos, a los que están privados de libertad, a los pobres, a los
jóvenes esclavos de la droga, a los moribundos, a todos los que sufren... El
mártir sufre como consecuencia de su amor por los demás, y por la defensa de
la verdad, y siempre en unión con Jesucristo Nuestro Señor, que dio su vida
por amor. Así pues, el sufrimiento del mártir no es algo buscado por sí
mismo, sino que es aceptado y consentido como consecuencia del amor y
siempre en comunión con Cristo Redentor.
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Quien ama, sufre por los demás, por su salud, por su realización personal,
por su plenitud. Las madres y padres, los abuelos, saben muy bien que el
amor hacia los hijos y nietos siempre va asociado al sacrificio y al
sufrimiento. Jesús también sufre en el calvario y en la cruz, pero Jesús no
busca el sufrimiento como tal, lo acepta y lo asume por el Amor que profesa
hacia el Padre y los hermanos. Se trata de un sufrimiento que le conduce a
la muerte, y una muerte en cruz.
Y ofrece este sufrimiento como una forma de unirse al Amor de Cristo que
salva al mundo.
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El mártir es un signo visible de Cristo en la historia, y precisamente por
ello, un motivo de esperanza. Afirmaba el Santo Padre Juan Pablo II que «el
martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza».
Los cristianos creemos que el sufrimiento de Cristo no fue en balde, que su
sufrimiento no fue la última escena de la historia; creemos que, por obra
del Espíritu Santo, Jesús resucitó de entre los muertos, tal y como
afirmamos en el Credo que recitamos todos los domingos en la
celebración eucarística. Creemos, por lo tanto, que la fuerza del Espíritu
puede dar vida a quien estaba muerto, y no para retornar después de un
cierto tiempo a la muerte, sino para vivir para siempre, con la vida de
Dios, eterna y gloriosa.
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En el Evangelio se afirma que los discípulos de Jesucristo deberán
sufrir.
El martirio es un lenguaje expresivo, da testimonio de que se está dispuesto
a dar la vida por la Verdad del Evangelio y a expresar el Amor más grande
que incluye la práctica del perdón y el deseo de reconciliación con el
perseguidor.
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Los mártires constituyen un ejemplo para la comunidad de fe de todos los
tiempos, tanto de orden local, como de ámbito universal. El martirio es el
gran criterio de verdad para discernir el carácter genuino de la fe. Por
ello la Iglesia reconoce y honra a sus mártires y les enaltece como signos
visibles del seguimiento a Cristo.
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También en el Concilio Vaticano II se reconoce el papel del mártir en la
vida de la Iglesia: «El martirio, por consiguiente, con el que el discípulo
llega a hacerse semejante al Maestro que aceptó libremente la muerte por la
salvación del mundo, asemejándose a Él en el derramamiento de sangre, es
considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la
caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados
para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de
la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia».
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Y se añade: «A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre
y a su Hijo encarnado, con la continua renovación y purificación propias
bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el
testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez
las dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan preclaro
testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda
la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia
y al amor, sobre todo respecto del necesitado».
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6. Las virtudes de los mártires
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Los mártires destacan entre el común de los mortales por sus virtudes. Las
virtudes son hábitos de vida que nos perfeccionan, que no hacen más amables
y más parecidos a nuestro Creador, a nuestra Fuente Originaria, Dios. Las
virtudes nos perfeccionan en el plano personal, pero también en el plano
social y comunitario. Una persona virtuosa es amada por sí misma, pero
también es un gran júbilo vivir en un pueblo o ciudad donde las personas
practican y manifiestan las virtudes de la justicia, la fortaleza, la
templanza y la prudencia. Las virtudes enriquecen a un pueblo y le hacen
amable, es decir, digno de ser amado.
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El ser humano, en tanto que imagen y semblanza de Dios, no está acabado,
sino en camino y mediante su vida moral puede perfeccionarse y aproximarse a
su origen. Las virtudes de los mártires se manifiestan a través del ejemplo,
son horizontes de máximos que, en un contexto como el nuestro que puede
calificarse de minimalista desde el punto moral, nos evocan la posibilidad
de una vida más plena, más auténtica, más fielmente humana. Entre las
virtudes del mártir destacamos la paciencia y la mansedumbre, el compromiso
para con la verdad, la fidelidad y la credibilidad, el perdón y la
reconciliación.
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6.1 La paciencia y la mansedumbre
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La paciencia y la mansedumbre constituyen dos virtudes esenciales de los
mártires. El mártir es paciente en muchos
sentidos. Sabe que Dios está con él y ello le permite soportar las
hostilidades del entorno. Es paciente con el enemigo e inclusive está
dispuesto a perdonarlo. Es paciente porque es capaz de sufrir la adversidad
sin rebelarse porque acepta el destino de su propia libertad.
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La paciencia del mártir nos maravilla, porque vivimos en un tiempo donde
esta virtud es muy olvidada. La impaciencia es una actitud muy habitual en
nuestras vidas y se detecta tanto en la vida privada, como en la vida
pública. La persona paciente sabe ponerse en la piel del otro, acepta el
ritmo de los demás sin hacerles correr más de lo que pueden; deja que el
otro se exprese, aunque lo que dice ya lo haya repetido muchas veces. La
paciencia de los mártires constituye un estímulo para acrecentar nuestra
propia paciencia y nuestra capacidad de afrontar las adversidades que,
irremisiblemente, conlleva el vivir. No en vano, san Pablo valora la
paciencia como primera característica del amor cristiano, «el amor es
paciente...».
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El mártir también goza de la virtud de la mansedumbre. Es dócil a la llamada
de Dios, receptivo a su presencia en el corazón, en la interioridad de su
persona. Se dispone a colmarse de la fuerza del Espíritu y no opone
resistencia alguna. Conforma, como Santa María, la Virgen Inmaculada, su
voluntad a la Voluntad de Dios y es receptivo a la llamada que experimenta
dentro de su ser. También disfruta de la mansedumbre en el trato con los
demás. Es un espíritu atento y sereno que comunica paz a quienes le rodean y
les calma en sus atribulaciones, a pesar de que él padezca de más graves.
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La mansedumbre del mártir no debe confundirse jamás con la cobardía ni con
la pusilanimidad. El mártir lucha contra la indignidad, la miseria y la
exclusión, no está dispuesto a pactar con la mentira, se compromete en
instaurar un orden nuevo, una civilización del amor en la tierra que
es la finalidad primordial de toda la Doctrina Social de la Iglesia y de
todo el vivir cristiano.
La mansedumbre contrasta con la agresividad y la violencia que, con tanta
frecuencia se hacen presentes en nuestro mundo, e inspira otro estilo de
vida que enlaza con los deseos más profundos del ser humano.
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6.2 El compromiso con la verdad
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Los mártires son testimonios de la Verdad de Dios, de esa Verdad que está
más allá de nuestras pequeñas verdades. El mártir da testimonio de la
Verdad y, de este modo, da testimonio de Cristo, porque Cristo es «la
Verdad», no es una teoría abstracta, ni un axioma filosófico, sino la
persona de Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que se ha
encarnado para nuestra salvación.
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En el Catecismo de la Iglesia Católica se puede leer que «El martirio
es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que
llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y
resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de
la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de
fortaleza».
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En este sentido, el venerable Dr. Josep Torras y Bages, santo Obispo de Vic,
conocido también como el Obispo de Cataluña, escribe «el mártir cumple
admirablemente su misión en la colectividad. Da testimonio de la verdad de
Cristo y lo rubrica con su sangre. Su influjo continúa orientando a los
hombres más allá de la muerte».
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Por ello, el ejemplo de los mártires, en tiempos de desvinculación y de
relativización, nos da la fuerza para vivir de otro modo, para buscar la
verdad y vivir conformes a ella. En el corazón de cada persona existe un
anhelo de verdad y el mártir nos estimula a dar sentido a este deseo y a no
permanecer indiferentes frente a la impostura y la falsedad. Caminamos hacia
la Verdad, no la poseemos en su totalidad, porque nuestro conocimiento de
Cristo siempre puede llegar a ser más pleno y perfecto. Tenemos que
reconocer que la búsqueda de la verdad no siempre se lleva a cabo con
transparencia o de forma consecuente. Nos desviamos de ella o la
oscurecemos, a veces inclusive voluntariamente, porque causa temor, mucho
temor, hallar la verdad y tener que ser coherentes con sus exigencias, pero
incluso cuando la esquivamos, también nos influye, ya que necesitamos
fundamentar nuestra existencia sobre la verdad y nunca podremos saciados, ni
instalarnos indefinidamente en la vacilación, la incertidumbre o la mentira.
De ese modo, siempre permaneceríamos bajo la amenaza del miedo y de la
angustia.
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El hombre siempre busca la verdad y el mártir es la estrella más clara y
diáfana, más radicalmente convincente, que guía hacia Cristo, la Verdad
plena. Juan Pablo II ha proclamado: «El mártir, en efecto, es el testigo más
auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el
encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá
arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo
harán apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro
con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado,
escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos
fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no
tienen necesidad de largas argumentaciones para convencer, puesto que habla
a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado
desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran
confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que
también quisiéramos tener la fuerza de expresar».
Los mártires son para nosotros una luz muy fina y poderosa, que nos
compromete a buscar la verdad.
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6.3 La fidelidad y la credibilidad
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El mártir es un hombre de convicciones y la solidez y la radicalidad de
estas convicciones se manifiestan a lo largo del tiempo, en la práctica de
la virtud de la fidelidad. La fidelidad es un valor genuinamente cristiano
que nos impele a vivir consecuentemente nuestros actos libres, nos da
facultad para permanecer leales a nuestros compromisos y se puede definir
como el amor que perdura en el tiempo.
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Cuando los cristianos seguimos el testimonio de los mártires, debemos ser
fieles a Dios, a la Iglesia y a los hermanos, espe-cialmente a los más
pobres. Decía san Pablo que «lo que se exige a los administradores es que
sean fieles».
Esta fidelidad significa que tenemos que confiar en Dios, tener una fe ciega
en su gracia y también en momentos de debilidad o inquietud espiritual no
podemos perder el lazo invisible que nos une a lo que amamos y a quienes
amamos.
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Esta fidelidad durante las circunstancias hostiles es la que, de hecho, da
credibilidad al creyente, y de un modo aún más radical al sacerdote que ha
sido llamado a guiar como pastor al pueblo de Dios.
La fidelidad en los buenos momentos no constituye ningún merito, pues es
presumible, esperable, pero la fidelidad a una persona, a un proyecto, a una
llamada, cuando las circunstancias son muy adversas es lo que, de verdad, da
credibilidad y conmueve a los demás. Nuestros mártires de Urgell fueron
fieles en los momentos de prueba. Quizás hubieran podido huir, o peor aún,
fingir que apostataban, y así seguramente les hubieran liberado. Pero fueron
fieles, coherentes y estuvieron unidos entre sí. El Rvdo. Josep Tàpies, le
decía al menor de todos ellos, Rdo. Silvestre Arnau, recién ordenado
sacerdote y que era vicario de La Pobla: «Ya tienes la palma del martirio en
tus manos, no la dejes escapar»
y al referirse a su sotana, signo claro de su identidad de persona
consagrada y a la vez peligroso en aquel momento (que no quiso quitársela ni
tan siquiera en el momento de ser fusilado) dijo: «Allí donde yo voy, va
también la sotana».
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Y es que la credibilidad no depende sólo y únicamente de la coherencia
interna de un discurso, de la articulación racional de las tesis que se
defienden, sino fundamentalmente de la persona que lo defiende. Lo que da
credibilidad a alguien es el testimonio vivo de su vida. En este sentido,
tiene credibilidad quien vive coherentemente, quien es fiel a sus
convicciones y de ese modo se manifiesta en el mundo.
Por eso, la gente de La Pobla muy pronto empezó a decir que habían matado a
unos santos.
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Sólo un amor así, fiel hasta sus últimas consecuencias, humilde pero
coherente, es digno de fe. Irradia luz y nos acerca al misterio que se
oculta detrás de esta fidelidad: ¿Cómo pudieron mantenerse fieles? Y sólo
hay una respuesta posible: ¡Porque les sostenía Jesucristo con su fortaleza!
El temor radica, precisamente, en desconfiar que seremos ayudados, o en
confiar solamente en nosotros mismos.
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6.4 El perdón y la reconciliación
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La grandeza moral del mártir radica en su capacidad para perdonar y
reconciliarse con quienes le persiguen, ultrajan, y finalmente, le matan. No
existe resentimiento, ni espíritu vengativo en el corazón del mártir, porque
todo su ser está colmado de Dios y de su paz. Como Jesús en la cruz, el
mártir también perdona a sus enemigos porque «no saben lo que hacen».
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Los cristianos estamos llamados a ejercer el perdón, a perdonar
incondicionalmente, «setenta veces siete»,
como dice Jesús en el Evangelio, esto es, siempre e incondicionalmente. A
pesar de que la práctica del perdón es difícil, y en ocasiones, puede
presentarse como una tarea sobrehumana, casi heroica, debemos intentarlo.
Tenemos que saber pedir perdón a quienes hemos ofendido, y también debemos
saber conceder el perdón a quienes nos han ofendido. La paz verdadera en el
mundo depende de la práctica de la justicia, pero también de la virtud del
perdón. En este sentido, el mártir es un testimonio de futuro, un signo que
nos abre el horizonte de un mundo más pacífico, donde la paz incluya la
justicia y la reconciliación.
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El mártir derrama amor y este amor que le alimenta por dentro, se manifiesta
en su vida, en sus gestos y en sus palabras. El cristianismo es la religión
del amor sacrificado y anunciarlo a los hombres y mujeres de hoy implica
proponerles el amor como fundamento de la existencia, como razón última por
la que vale la pena existir, y eso sólo es posible desde la práctica del
amor. Sólo a través del amor podremos transmitir la verdad del Evangelio.
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Los mártires perdonan a los enemigos y rezan por ellos. Jesús dijo: «Me da
lástima esta gente».
Gente de a pie, laicos y religiosos, sacerdotes como los de nuestro
obispado, todos ellos mártires, hemos compartido esta compasión en el
decurso del siglo XX y nos indican el buen camino del servicio a todos,
especialmente a los más pobres y débiles, con una opción preferencial para
ellos, mostrando así que la Iglesia está viva precisamente porque nos ama,
perdona y es samaritana hacia todos los que la necesitan.
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7. Se nos llama a vivir como testigos
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El mártir da su vida por fidelidad a Dios y a sus hermanos. El testigo no
siempre culmina su vida con el martirio, pero en la medida que va viviendo
conforme a la Palabra de Dios, da testimonio de Cristo en todos los ámbitos
de su vida. Los cristianos de hoy estamos llamados a vivir como testigos y
esto significa que no podemos fragmentar la fe, ni dividirla como si se
tratara de un objeto o de un patrimonio.
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La fe es un don, un acto libre, una vocación que viene de Dios y que, como
tal, tiene que expresarse en toda la vida del testigo, tanto en el ámbito
laboral como en el ocio, en el ámbito familiar y privado y también en el
público. Este testimonio íntegro es el que da credibilidad en la vida
exterior.
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El Espíritu Santo es la fuerza que impulsa al mártir y le da capacidad de
ser testigo. Por ello lo esencial es dejarse conducir por el Espíritu,
desposeerse de uno mismo y vivir para Dios y conforme a su Voluntad. En la
vida del testigo se produce un descentramiento. Ya no vive según sus propios
intereses, sino vive abierto a los demás y en esta apertura a los demás se
abre a Dios, porque sólo al amar a los demás, puede amar a Dios.
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A menudo, da la impresión que una cierta moral de derrota se haya apoderado
de los ámbitos eclesiales, de las parroquias, de los cristianos en general.
La drástica disminución de las vocaciones que asedia al viejo continente,
que afecta nuestra diócesis y también las órdenes y congregaciones
religiosas; el envejecimiento de nuestras comunidades parroquiales; el grave
descenso en la participación de la vida litúrgica y sacramental, y el
divorcio cada vez más creciente ya detectado por Pablo VI entre la fe y la
cultura, nos podría conducir a un profundo desánimo y a un cierto
escepticismo de tipo nostálgico.
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El desaliento interno y la dificultad de hallar el lugar adecuado en las
sociedades modernas nos conducen, con frecuencia, al cansancio y a una
sensación de impotencia, la misma que debería sentir David contra Goliat.
Pero no estamos solos, Dios siempre está con nosotros, y en nosotros. Frente
a las persecuciones, Jesús recomienda a sus enviados: «Cuando os entreguen,
no os preocupéis de cómo hablaréis, ni de qué diréis. Dios mismo os sugerirá
en ese momento lo que tenéis que decir».
Él nos envía el Espíritu Santo que nos ayuda a resistir y soportar los
envites del mal y las tentaciones de desaliento, porque Él es la fuerza
divina y siempre sabe qué es lo que nos conviene. Su promesa nos ayuda:
seremos sal y luz, una red y una pequeña semilla como un grano de mostaza,
pero estamos hechos para dar acogida a todo el mundo, para revelar y hacer
presente el amor de Dios a todos. No se nos ha prometido ser muchos, sino
ser siempre instrumentos de Dios, sostenidos por su poder eterno, más fuerte
que la muerte. «Ni muerte, ni vida, [...] ni cualquier otra criatura podrá
separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro.»
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El amor providente del Padre celestial vela por cada uno de nosotros, por la
Iglesia y por la humanidad. Tenemos que ser receptivos a la Voz de Dios y
debemos reconocer los latidos del amor, de generosidad y de verdad que hay
en la sociedad actual; debemos ser suficientemente críticos para con
nosotros mismos y con nuestro insuficiente testimonio que, como dice el
Concilio Vaticano II, puede haber deformado el rostro de Cristo que deseamos
anunciar. Debemos tener el valor de creer, de ser testigos de Cristo, de
anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, de insertar un mensaje de
esperanza en nuestras sociedades tan saturadas de mensajes fragmentados y de
malas noticias.
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8. El valor de ser cristiano en un mundo muy secularizado
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La situación actual, marcada por una cultura secular que se expresa sobre
todo desde los medios de comunicación y que utilizan los partidos políticos
como sus propios altavoces, en el ámbito cultural y legislativo catalán,
español y occidental en general, nos debe conducir al valor martirial para
anunciar el Evangelio de la familia y de la vida, el Evangelio de la
justicia y de la caridad, el Evangelio de la auténtica humanización, a
nuestros hermanos. Anunciar la buena noticia desde la propuesta respetuosa,
pero valiente: «Las ideas se proponen, no se imponen» nos dijo el Papa Juan
Pablo II en Madrid en mayo de 2003.
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No podemos ser insulsos ni cobardes. «Vosotros sois la sal de la tierra;
pero si la sal se desvirtúa, ¿Con qué se salará? [...] Vosotros sois la luz
del mundo»
nos interpela Jesús. Los cristianos recibimos del mismo Señor un mensaje de
esperanza y de verdad que no podemos «esconder debajo de la mesa», sino que
tenemos que proclamar nuestro vivir con la palabra y los hechos. Nuestros
contemporáneos y especialmente las nuevas generaciones necesitan que
volvamos a anunciar el gozo de la fe.
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Propongamos la verdad de múltiples modos, volvamos a anunciar, hagamos
sentir nuestra voz con respeto para quienes no piensan como nosotros, pero
tratando de conseguir que las autoridades legislen de acuerdo con la verdad
de las realidades humanas y no con manipulaciones. Si conviene practicaremos
la objeción de conciencia y estaremos siempre dispuestos a «dar razón de
nuestra esperanza»
y de los valores evangélicos que tienen su fundamento en la persona de
Jesucristo Resucitado. Éste es el camino del buen estilo para estar
presentes en la sociedad como cristianos, y con espíritu de servicio.
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En el Concilio Vaticano II se valora positivamente que el Estado sea
aconfesional, que defienda el derecho a la libertad religiosa y que se rija
por leyes democráticas y de participación ciudadana. Aún así, debemos
encontrar un correcto encaje de las confesiones religiosas y, en particular,
del cristianismo en este Estado, sin sucumbir en laicismos antirreligiosos y
sectarios, ni tampoco en las tentaciones de un Estado confesional.
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El anuncio del Evangelio que estamos llamados a proclamar no está sólo al
servicio del crecimiento en la fe y en la vida cristiana, sino también del
progreso de la sociedad por las sendas de la concordia y la paz. Cristo
salva a toda persona, espíritu y cuerpo, y le revela su destino espiritual y
eterno, pero también el sentido de su vida temporal y terrestre. Cuando su
mensaje es acogido, la sociedad se hace más responsable, más atenta a las
exigencias del bien común y más solidaria hacia las personas más pobres y
necesitadas.
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Así se expresaba hace pocos meses el Papa Benedicto XVI: «La comunidad
política y la Iglesia son independientes y autónomos, cada una en su propio
terreno. Ambas, no obstante, aunque por título diferente, están al servicio
de la vocación personal y social del hombre (GS 76). [...] Por tanto, es
legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades
temporales se rigen según sus propias normas, pero sin excluir estas
referencias éticas que basan su fundamento último en la religión. La
autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las
exigencias superiores y complejas que se derivan de una visión integral del
hombre y de su eterno destino».
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¿Pero no observáis con preocupación la irrupción de un laicismo reactivo,
con tendencias anticlericales, que ya creíamos superado y que, en ocasiones,
pretende eliminar de nuestra herencia cultural elementos de tipo religioso
que están plenamente arraigados en ella y que forman parte de nuestro
patrimonio como pueblo? Esta irrupción laicista beligerante por parte de
algunos sectores políticos y sociales de nuestra sociedad, avalada por
algunos intelectuales y propagada con ánimo de confundir por parte de
algunos medios de comunicación, no deja de ser preocupante y se deberán
tomar medidas sabias y, a la vez, profundamente evangélicas.
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Este laicismo emergente que se debería investigar a fondo y diferenciarlo
claramente de la laicidad como ámbito neutro, no debería generar una
respuesta visceral entre los cristianos, sino una actitud serena y firme
simultáneamente. No podemos caer en la lógica de la acción-reacción tan
incitada por los medios de comunicación social de masas. Tenemos que dar un
testimonio humilde, público y valiente de lo que sabemos y creemos desde
nuestra más profunda interioridad. Y debemos defender la presencia pública
de las creencias religiosas. Lejos de convertirnos en un grupo de poder y de
influencia mediática y social, las comunidades y, en especial, las
asociaciones seglares de cristianos, tienen que ser testimonios visibles del
Cristo en el mundo, también en la esfera del ámbito audiovisual. No debemos
perder de vista que lo que nos da credibilidad es la coherencia cristiana y
no el número o el poder de la audiencia. Tenemos que repensar muy seriamente
las formas de encarnación en los medios de comunicación de masas donde
ciertamente los cristianos tenemos que estar presentes, dado el protagonismo
social que tienen, pero se debe dilucidar cómo tiene que ser esta presencia
para que no sea contraproducente. Y esto mismo es lo que debemos promover en
el mundo educativo en el que tenemos que ejercer una clara presencia de la
pluralidad religiosa real a través de personas creyentes. Un debate intenso
que muy probablemente nos ocupará tiempo y energías. Debemos tener una
presencia de servicio, tolerante y dialogante, pero firme y decidida,
crítica con lo que nos desean imponer y sobre todo denunciadora de cualquier
tipo de manipulación.
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9. Portadores de esperanza
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Nuestras comunidades de fe están asediadas por dos peligros: la caída en el
escepticismo y el refugio en la endogamia, la cerrazón en sí mismas. No
podemos desfallecer en nuestra tarea de dar testimonio de la fe y debemos
hacerlo desde la humildad que es madre de todas las virtudes. Tampoco
podemos quedarnos satisfechos o complacidos dentro de las comunidades, sino
que estamos llamados a salir afuera, a abrir las puertas de par en par y a
comunicar lo que creemos a los hombres y mujeres de hoy.
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Los mártires son hombres y mujeres comunes, anónimos, que han sufrido con
amor y que, empujados por el Amor más grande, por aquel Amor que mueve
montañas, dan testimonio de su compromiso a favor de las personas. No les
mueve el heroísmo, ni el azar, ni el interés propio, sino la voluntad de no
pensar en sí mismos y sobre todo de continuar amando y sirviendo a quienes
les necesitan.
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Vivimos en un mundo donde de un modo paulatino se vincula más la convicción
con el fundamentalismo y esto constituye un gran error. El mártir no es un
fundamentalista, sino que se rige por lo que podríamos denominar la ética
de las convicciones. El mártir vive en el amor, impulsado por el
Espíritu Santo y es este amor a Dios y a los demás, precisamente, lo que le
conduce al martirio, lo que le causa la muerte. El mártir, como cualquier
persona, ama la vida, no busca la muerte, no desprecia esta vida ni las
cosas buenas que Dios nos ha dado, pero sabe que la vida –esta vida
terrenal– no es un fin en sí misma, y que sólo la vida vivida intensamente
desde el amor y que aspira a ser para siempre, es digna de fe. «El
martirio es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor
de la caridad».
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La confianza es el secreto del auténtico amor a Dios y al prójimo.
Ayudémonos a mantener viva la llama de la esperanza, esta humilde virtud que
une la fe y la caridad en un solo lazo luminoso y que nos hace vivir cada
día con nuevo aliento y una nueva energía. Todos lo necesitamos, pero
especialmente quienes sufren más o viven en la oscuridad.
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Dios en Cristo nos abre una esperanza muy grande, inmensa, de salvación y de
vida, una vida que nunca morirá. Ya nada podemos temer. Tenemos que aprender
a esperarlo todo de Dios, tal y como nos enseñan los mártires, porque nunca
sabemos esperar lo suficiente. Ni tampoco confiar. Nosotros desearíamos
hacerlo todo, sin necesitar a nadie; quizás ni tan solo de Dios... Debemos
aprender a confiar más en Dios y en las personas que tenemos a nuestro
alrededor; a fomentar más lo que nos une y a no subrayar lo que nos separa;
a valorar los esfuerzos que seguramente están haciendo; a agradecer lo que
nos dan, con naturalidad, y ternura; debemos, en fin, aprender a gozar de la
vida que Dios nos regala gracias a su pura gracia.
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En contextos como el nuestro, donde existe el peligro que un cierto desánimo
derrotista se apodere de muchos, es necesario mantener viva la memoria de
los mártires y también discernir los signos de los tiempos y apuntar a los
ámbitos donde el cristiano tiene que ser decisivo con su intervención
portadora de esperanza. Este esperanzado testimonio cristiano será muy
relevante durante el recién estrenado siglo XXI en algunos ámbitos de la
vida, como la defensa de la dignidad y la libertad humanas, la defensa de la
justicia social, la promoción de una cultura de la vida y del amor, la lucha
por la paz en el mundo y la defensa de la creación como obra de Dios.
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9.1 La defensa de la dignidad y la libertad humanas
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El mártir muere en defensa de la dignidad del ser humano, criatura hecha a
imagen y semejanza de Dios, cumbre de la creación, forjada para amar y ser
amada por si misma.
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«El mártir –dice el venerable obispo de Vic Josep Torras y Bages– es la
cumbre de la santidad. Los mártires son testigos hasta la muerte de la
distinción entre el bien y el mal, y entre la luz y las tinieblas. Son los
héroes de la dignidad humana. Adheridos a la Verdad Suprema, mantienen la
diferencia entre la verdad y el error».
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Afortunada la expresión: «héroes de la dignidad humana». Los cristianos,
como testigos de Cristo, debemos implicarnos en todos los campos para
defender la dignidad humana de posibles abusos e instrumentalizaciones.
Tenemos la convicción que la persona es el ser más perfecto que existe en la
creación y que su dignidad es intangible. Ser cristiano implica
comprometerse en promover la dignidad humana en todos los campos, pero velar
especialmente por los más vulnerables, por los que se hallan en situaciones
más frágiles que, fácilmente, podrían ser susceptibles de abusos. Lo que en
la actualidad vemos que se desea proponer para la familia y la protección de
toda vida, desde su concepción hasta la muerte natural, reclama seguramente
de un nuevo martirio de testimonio valiente en defensa de la dignidad de la
persona humana, especialmente la de los más pobres y desprotegidos.
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El mártir muere en defensa de la libertad, de su libertad como creyente. Es
un fiel testigo de sus convicciones, el defensor de una libertad en
contextos hostiles, hasta tal punto que se deja matar. El compromiso
cristiano nos conduce también a defender la libertad de toda persona, una
libertad responsable y circunscrita, respetuosa con los derechos
fundamentales de todo ser humano.
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Como testigos del Cristo liberador, estamos llamados a liberar a los hombres
y mujeres de nuestro mundo de las estructuras de pecado que les mantienen
subyugados y debemos denunciar abiertamente estas formas de alineación.
Creemos que la persona posee el gran tesoro de la libertad, pero ésta es un
reto difícil que exige una educación.
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Los mártires, según Juan Pablo II, «sirven al “Evangelio de la esperanza”,
porque con su martirio expresan en sumo grado el amor y el servicio al
hombre, en cuanto demuestran que la obediencia a la ley evangélica genera
una vida moral y una convivencia social que honra y promueve la dignidad y
la libertad de cada persona».
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9.2 La defensa de la justicia social
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Vivimos en un mundo radicalmente injusto donde el abismo entre el Norte y
del Sur crece día a día. Como cristianos del siglo XXI, no podemos quedarnos
de brazos cruzados ante esta injusticia planetaria y tenemos que hacer todos
los esfuerzos posibles para conseguir que haya una globalización más justa.
Conocemos esta situación a través de los medios de comunicación. Sabemos que
existen hombres y mujeres que no pueden vivir, porque no disponen de las
mínimas condiciones de vida digna. Como tantas comunidades y tantos
misioneros de todo el mundo, debemos ser luz de esperanza en los lugares
donde hay sufrimiento y tenemos que sensibilizar a nuestros hermanos de los
países más ricos de esta inmensa herida que subsiste en nuestro mundo. Los
mártires son también un ejemplo de justicia y de trabajo a favor de los más
necesitados y los más vulnerables. En el siglo pasado hemos visto sufrir y
morir a muchos creyentes por causa de su defensa de los pobres, de la
justicia y del servicio desinteresado de la caridad, desde el arzobispo
Óscar A. Romero de San Salvador, hasta los 44 seminaristas de Buta, diócesis
de Burura en Ruanda, masacrados juntos porque prefirieron la muerte antes
que tener que dividirse entre hutus i tutsis, o las religiosas de Bérgamo,
contagiadas con el virus ébola, y fallecidas en el Congo por no abandonar a
los enfermos que tenían que cuidar. Todos ellos y tantas víctimas de los
gulags soviéticos y chinos, de los nazis y de tantos conflictos en África y
América, entre otros, que murieron demostrando que para un cristiano, la
vida no constituye un valor absoluto, si para protegerla hay que renunciar a
las propias convicciones o abandonar el camino de justicia y de amor que
habían optado.
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Es probable que coincidamos en algún punto del camino y nos encontremos con
hermanos que no comparten nuestra fe, pero que son también testigos de
esperanza por su compromiso y su generosa entrega al servicio del prójimo.
Seamos todos más solidarios y emplacémonos a renunciar al mal sin descanso,
recordando la norma de san Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes
bien, vence al mal a fuerza de bien».
Esforcémonos para que la solidaridad –el nuevo nombre de la caridad, según
Juan Pablo II–
sea entre nosotros una realidad viva y expansiva.
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9.3 La promoción de una cultura de la vida y del amor
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Los mártires dan testimonio de su creencia en la Vida eterna y, por ello, no
anulan de ninguna modo la dimensión terrenal de su compromiso por la vida y
el amor, sino que, desde esta fe en la resurrección, tratan de practicar aún
más los deberes de la justicia aquí en la tierra. Los cristianos de hoy,
imitando su testimonio, tenemos que potenciar la cultura de la vida y la
civilización del amor, todo lo que implique el crecimiento de las personas,
el respeto a su dignidad. El mártir nos ayuda en todo lo que representa la
promoción de una cultura de la vida. Los cristianos debemos trabajar para
transformar la cultura de la muerte en cultura de la vida; para sustituir la
obsesión por el tener y el consumir por el deseo de ser y de amar.
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Pensamos que la vida es un don maravilloso que se debe proteger desde el
primer momento de la concepción hasta el último instante de su proceso
natural y que, por ello mismo, debemos favorecer unas condiciones para que
esta vida pueda ser vivida de forma digna y con la máxima calidad. Pensamos
que lo que hace que la vida sea vivida es el amor que podemos dar a los
demás y que podemos recibir de ellos. Y esto implica claras exigencias para
todo cristiano. Así se expresaba Juan Pablo II: «En las múltiples
situaciones en que están en juego exigencias morales fundamentales e
irrenunciables, el testimonio cristiano debe ser considerado como un deber
fundamental que puede llegar incluso al sacrificio de la vida, al martirio,
en nombre de la caridad y de la dignidad humana».
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En cuestiones tan importantes como las que estamos tocando no sería válido
diferenciar las esferas política y religiosa, lo que podríamos denominar
público y privado en un cristiano. Existe un lugar para la laicidad bien
entendida, que distingue bien los ámbitos y las competencias y respeta la
autonomía de las realidades temporales. Pero en la práctica del amor siempre
debemos ir más allá y dejarnos iluminar por la luz que nos dan los mártires
que reflejan la de Cristo, rey de los Mártires, que en la Cruz nos enseña a
ser coherentes con nuestros principios hasta dar, incluso, la vida, si fuese
necesario.
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También durante el último siglo se ha vivido el martirio de muchos
cristianos comprometidos con los temas de la vida, o que han preferido dar
su vida antes que reservársela para ellos. El testimonio de santa Juan Mª
Baretta de Milán es desgarrador, porque ella, médico, desestima la
quimioterapia que le hubiera podido curar de un cáncer, pero que habría
matado a su hija en gestación. Fue impresionante asistir en San Pedro del
Vaticano a la ceremonia de su canonización, unida a la de nuestro sacerdote
de Tremp, el padre Josep Manyanet y a la que asistió el viudo de la nueva
santa junto a su hija, la que había sido salvada gracias al sacrificio de su
madre. ¡Cómo nos estimulan estos santos a ser más valientes y a no
conformarnos con la moral del «todo vale» o «nadie lo sabrá»!... Dios nos ve
en nuestra lucha y estalla la alegría en el cielo por nuestro amor
sacrificado.
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9.4 La lucha por la paz en el mundo
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La paz es el gran reto pendiente para el siglo XXI. Vivimos en un mundo
esencialmente conflictivo, inmerso en tensiones y guerras que se podrían
evitar. También es cierto que paralelamente a estos hechos, ha crecido la
conciencia pacifista y el deseo de paz en el mundo, deseo que es expresado
de mil modos en nuestra sociedad. Los cristianos, siguiendo el ejemplo de
los mártires, tenemos que ser instrumentos de pacificación en el mundo,
debemos introducir pautas de reconciliación y esto sólo será posible si,
como dice Pablo VI, trabajamos por la justicia y además estamos dispuestos a
practicar el perdón y a desarrollar una pedagogía de la reconciliación.
Tenemos que confiar en la fuerza del Espíritu Santo que es capaz de
pacificar a todos los espíritus.
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Cuando el nuevo beato mártir Rvdo. Josep Boher dice a quienes le iban a
matar, «os perdono en nombre de todos», ponía el fundamento más grande para
la paz, que es el perdón al enemigo, y cumplía más que sobradamente el
mandamiento de Cristo:
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«No hagáis frente al que os hace mal... Amad a vuestros enemigos... Vosotros
sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
La paz se construye en el día a día al buscar el orden querido por Dios y
sólo se dará cuando cada uno reconozca su propia responsabilidad para
promoverla. Ser pacíficos constituye todo un ideal de vida que tiene que
vivificar las relaciones de familia, sociales, laborales y sociopolíticas.
En época de gravísimos atentados terroristas nos damos cuenta que la vida
humana ha perdido todo su valor, ha pasado a ser un medio para presionar,
atemorizar y hacer fracasar la concordia entre las personas y los pueblos.
Debemos trabajar por la paz y la justicia, tenemos que buscar la
pacificación interior, construyamos puentes de diálogo y de perdón, tenemos
que acoger las razones de los demás y buscar el desarme personal y social
que nos haga vivir en la justicia, en el respeto por los derechos de las
personas, en la libertad religiosa y en la promoción y defensa de un
auténtico e integral humanismo. Los mártires nos indican el camino luminoso
hacia la auténtica paz. Ellos vencen porque oponen su pacífica reacción
frente a la violencia de quienes les agraden y matan. Pero ellos son los
ganadores. Siempre vence la paz. «Dichosos los que construyen la paz, porque
serán llamados hijos de Dios».
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9.5 La defensa de la creación como obra de Dios
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Finalmente, vivimos en un planeta gravemente amenazado en cuanto a su
equilibrio medioambiental. Los expertos en la materia y las grandes
conferencias mundiales sobre el estado del planeta celebradas en los últimos
decenios, nos han advertido de la fragilidad de la naturaleza y de la
necesidad de conservarla y de introducir políticas medioambientales. Para
ello, se requiere de «un cambio efectivo de mentalidad que lleve a adoptar
nuevos estilos de vida».
Los cristianos amamos la naturaleza, porque es creación de Dios, y en tanto
que creación, es el lugar donde se manifiesta la belleza y la unidad de
Dios. El mundo se presenta a la mirada del hombre como huella de Dios.
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Siguiendo el ejemplo de san Francisco de Asís nos sentimos llamados a vivir
fraternalmente en el mundo y a cuidar de todas las criaturas que hay en él.
Sabemos que el ser humano es la máxima expresión de la creación y por eso
tiene la gran responsabilidad de señorear la creación y de velar para que
las generaciones futuras puedan disfrutar de este mundo tan bello que Dios,
en un acto de Amor infinito, creó de la nada, para que pudiéramos vivir. La
belleza puede ser uno de los itinerarios hacia Dios, un lugar de encuentro y
manifestación de Dios en el corazón del hombre.
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El futuro aún no está escrito. La fuerza del Espíritu nos impela a
santificar al mundo y a transformarlo en un ámbito de acogida, en un espacio
en el que sea posible vivir dignamente. Contrariamente a lo que se podría
pensar, el Evangelio es fuerza de futuro y el mundo que ahora se abre
ante nuestros ojos, también reconocerá su grandeza.
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Todos estamos comprometidos en la tarea de transfigurar el mundo. Cada
cristiano, desde su carisma personal, desde la vocación que experimenta en
lo más profundo de su ser, está llamado a ser «sal y luz» en el mundo.
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10. La sangre de nuestros mártires será semilla fecunda
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Nuestra diócesis de Urgell en comunión con toda la Iglesia católica, tiene
plena confianza en que la radical entrega de nuestros hermanos Rvdo. Josep
Tàpies y seis compañeros mártires no ha sido, ni es, ni será estéril. La
sangre de los mártires siempre ha sido fecunda para las comunidades
cristianas. Así lo esperamos y así lo necesitamos. Se lo debemos confiar
humildemente en nuestras oraciones ya que ellos, desde el cielo, nos
acompañan y no nos olvidan.
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La fecundidad vendrá de muchos modos. Les acompañaremos martirialmente en
nuestras circunstancias personales: «No todos –dice el Concilio Vaticano II–
tendrán el honor de dar su sangre física, de ser asesinados por la fe, pero
Dios pide a todos los que creen en Él el espíritu del martirio, es decir,
todos tenemos que estar dispuestos a morir por nuestra fe. Por más que el
Señor no nos concediera este honor tenemos que estar dispuestos para que,
cuando llegue la hora de rendir cuentas, podamos decir: Señor, yo estaba
dispuesto a dar mi vida por Ti. Y la he dado, porque dar la vida no sólo es
cuando matan a alguien; dar la vida, tener espíritu de martirio, es dar en
el deber, en el silencio de la vida cotidiana, caminar dando la vida, como
la madre que, sin temor, con la sensibilidad del martirio materno, da a luz,
amamanta, hace crecer y rodea a su hijo con afecto. Eso es dar la vida». Así
se expresaba el obispo mártir Óscar Arnulfo Romero.
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¿Qué es lo que quiere de nosotros? ¿Qué radicalidades necesita hoy la
vivencia del Evangelio para que la siembra sea fecunda y el mundo crea, para
que provoque cuestiones de sentido profundo y podamos anunciar nuestra fe
con alegría?
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Mientras tengamos tiempo, vivámoslo como un tiempo propicio que Dios nos
envía. Un don de gracia. Una oportunidad de crecimiento y de ofrecer gloria
a Dios. Debe ser una oportunidad nueva para crecer en el camino de la fe,
para vivir nuestra vida con compromiso: en el seno de la familia, del
trabajo, de la parroquia y comunidad cristiana, de la vida en la población y
la sociedad que nos corresponda vivir.
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Juan Pablo II nos exhortaba: «No se trata de “inventar” un nuevo programa.
El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la
Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que
conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar
con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste (NMI
29). La realización de este programa de un nuevo vigor de la vida cristiana
pasa por la Eucaristía».
Cada uno sabe que está llamado a tomar y hacer fructificar los «talentos»
que Dios le ha puesto en sus manos, viviendo el don del banquete pascual,
con el alimento de la doble mesa de la Palabra y la Eucaristía, como fuerza
para el camino de la vida, hasta el encuentro definitivo con Dios.
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La fuerza para dar testimonio valiente de la fe nos vendrá de la Eucaristía.
Hemos de amar a la Eucaristía y ponerla en el centro de nuestra vivencia del
domingo. «¡Sin Eucaristía no hay domingo!» así lo hemos reflexionado
profundamente en todas las parroquias de nuestra diócesis de Urgell. Y es la
Eucaristía la que da origen a la parroquia, que a su vez tiene en la
celebración eucarística su centro y su razón de ser. De ella mana la misión
y a ella retornamos con adoración. Ella nos da el Espíritu Santo que nos
sostendrá en todos los combates de la vida.
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«Nosotros celebramos la Eucaristía con la conciencia de que su precio fue la
muerte del Hijo, el sacrificio de su vida, que en ella permanece presente
[...] Pero también sabemos que de esta muerte surge la vida, ya que Jesús la
transformó en un gesto de oblación, en un acto de amor, transformándola
profundamente: el amor ha vencido a la muerte. En la santa Eucaristía, desde
la cruz, nos atrae a todos hacia Él (Juan 12, 32) y nos convierte en
sarmientos de la cepa, que es Él mismo. Si nos mantenemos unidos a Él,
entonces ya no daremos el vinagre de la autosuficiencia, del descontento de
Dios y su creación, sino el buen vino de la alegría en Dios y del amor al
prójimo».
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Y finalmente, recordemos que «nunca estamos solos», como nos proclamó con
fuerza el Papa Benedicto XVI en su primera homilía en la plaza de San Pedro.
Cristo nos acompaña a través de su Espíritu Santo. Acojamos con humildad y
reverencia el Espíritu de Cristo y dejémonos llevar por su soplo de libertad
y su fuego de ardiente caridad. Todos debemos ser más espirituales. Cuidar
la vida espiritual es dejarse guiar por el Espíritu. Aquel don del Padre y
del Hijo que habita en nuestro interior y que silenciosamente nos guía hacia
la plenitud de la verdad y nos va transformando en amigos de Dios e imágenes
de Cristo. Él nos da las palabras ardientes y nos hace valientes en los
combates de la Fe. Por el bautismo y la confirmación se ha hecho compañero
invisible pero real de nuestra vida para siempre. Ya nunca estaremos solos,
porque Él nos acompaña. Y la Eucaristía nos la sigue regalando para que
llene de gozo toda nuestra vida. Dejémonos llevar por el Espíritu, que todo
lo renueva, y salgamos con renovadas fuerzas a anunciar a todos los pueblos
la verdad de Cristo, Salvador del mundo.
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Conclusión
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Estimados presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, laicos y laicas,
hombres y mujeres de buena voluntad, no temamos, seamos receptivos a la
fuerza del Espíritu Santo que trabaja dentro de nosotros.
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La beatificación de los presbíteros mártires de Urgell en Roma el 29 de
octubre de 2005 nos ayuda a recuperar y a conservar la memoria de los
cristianos sacrificados martirialmente en nuestro Obispado y en otras partes
de Cataluña y del mundo. Juan Pablo II así nos lo recordaba: «A finales del
segundo milenio, la Iglesia se ha vuelto a convertir en la Iglesia de los
mártires».
Él mismo quiso que las Iglesias locales hiciéramos todo lo posible para
conservar la memoria viva de quienes han sufrido el martirio, los nuevos
mártires, que nos ayudan con su ejemplo de amor y de fidelidad a Jesús
crucificado.
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Su beatificación huye de toda polémica y aún más de cualquier tipo de
utilización interesada o partidista. Josep Tàpies y sus compañeros
sacerdotes mártires fueron unos hombres pacíficos, perseguidos y que
sufrieron la muerte por el mero hecho de ser sacerdotes católicos. Fueron
vencidos, en apariencia, pero demostraron una inusual fortaleza espiritual y
moral. Para salvar sus vidas o asegurarse la supervivencia, no renunciaron a
su fe ni a sus propias convicciones, sirviendo hasta el final a quienes
tenían confiados como pastores en la Iglesia di