Asumir un compromiso definitivo por los derechos humanos

Hace tres meses, el Papa Francisco dijo solemnemente en Cartagena de Indias (Colombia): "La historia nos pide asumir un compromiso definitivo en defensa de los derechos humanos, aquí, en Cartagena de Indias, lugar que ustedes han elegido como sede nacional de su tutela... Si Colombia quiere una paz estable y duradera, debe dar urgentemente un paso en esta dirección, que es la del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias". Vale en todo el mundo este programa, y ​​hoy podríamos renovar este compromiso, ya que hoy, día 10 de diciembre, se conmemora, precisamente, el Día Internacional de los Derechos Humanos. Fue en ese día de 1948, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas, reunida en París, aprobó y proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se trata de un documento con un Preámbulo y 30 Artículos con los derechos de carácter religioso, civil, político, social, económico y cultural, donde se subrayan los derechos humanos considerados básicos y que se aplican, sin excepción, a todos los seres humanos. Hoy en día ya se han convertido en ley internacional y están incorporados, por ejemplo, a la legislación fundamental española y andorrana, que los tienen como una de sus fuentes de derecho. Se trata de un documento de obligado cumplimiento por todos los estados miembros de la comunidad internacional, pero el gran reto es si se están cumpliendo en la práctica. Para vigilarlo, el año 2006 se creó en el seno de las Naciones Unidas un organismo especial llamado "Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas". La Declaración es el documento traducido a más idiomas del mundo, sólo superado por el libro de la Biblia.

Sin acudir a la evolución y formulación del derecho natural ya desde la Edad Media y Moderna, se puede afirmar que la actual Declaración tiene unos precedentes como la Bill of Rights o carta de derechos que adoptó el Parlamento de Inglaterra (1689), la declaración de derechos de la constitución de los Estados Unidos (Bill of Rights de 1787) y la declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano que adoptó en 1789 la Asamblea Nacional Constituyente francesa. Y resumiendo su adopción y aceptación en la Iglesia podríamos decir que es Juan XXIII quien, en su famosa encíclica "Pacem in Terris", asume la libertad de conciencia y hace posible la aceptación eclesial de los derechos humanos, que luego encontrará su lugar en el magisterio del Concilio Vaticano II, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, hasta llegar a la resumida contundencia del Santo Padre Francisco.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: "El bien común incluye tres elementos esenciales: el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona; la prosperidad o el desarrollo de los bienes espirituales o temporales de la sociedad; la paz y la seguridad del grupo y de sus miembros" (CIC nº 1.925). Y el Papa Juan XXIII enseñaba: “En la época actual se considera que el bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana. De aquí que la misión principal de los hombres de gobierno deba tender a dos cosas: por un lado, reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover tales derechos; por otro, facilitar a cada ciudadano el cumplimiento de sus respectivos deberes. Tutelar el campo intangible de los derechos de la persona humana y hacerle llevadero el cumplimiento de sus deberes debe ser oficio esencial de todo ser público” (Pacem in Terris 60). Os invito a hacer nuestro el programa de acción social basado en el compromiso definitivo en defensa de los derechos humanos, elemento esencial hoy de la Doctrina Social de la Iglesia.

"Consolad, consolad a mi pueblo" (Is 40,1)

1.- ¡El Señor llega! Él viene de nuevo a "consolar a su pueblo", según la profunda expresión del profeta Isaías: "Consolad, consolad a mi pueblo" (Is 40,1), con la que también comienza el famoso Oratorio del Mesías de G.F. Händel (1685-1759). Es Adviento. Dios envía a su Hijo para consolarnos. ¡Y necesitamos tanto el consuelo de Dios! Velemos, esperémosle, abrámosle nuestras vidas para que las llene de consuelo, de perdón, de luz, de paz, y para que nos una a Él para servir, haciendo en todo la voluntad del Padre. "Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20). El Señor viene con el don de la consolación y la misión de consolar a los demás. Para hacer experiencia de la consolación se requiere un corazón abierto, el corazón de los pobres en el espíritu (cf. Mt 5,3), y no el corazón cerrado de los injustos. "La consolación es don y es servicio. Para ser consolado es necesario reconocer estar necesitado... Sólo así el Señor viene, nos consuela y nos da la misión de consolar a otros. Y no es fácil tener el corazón abierto para recibir el don y hacer el servicio, las dos alteridades que hacen posible la consolación", explica el Papa Francisco.

2.- En este domingo en el que empezamos a proclamar un nuevo ciclo de lecturas bíblicas dominicales, valoramos la siembra oportuna, paciente y constante de la Palabra de Dios que el Sembrador Jesús va realizando cada vez que nos reunimos para la fracción del Pan. Por eso los Obispos de Cataluña, a propuesta de la Asociación Bíblica de Cataluña, pedimos que en este domingo de la Palabra se dé mayor relieve a la Liturgia de la Palabra y al libro de los Evangelios del que vamos extrayendo nuestra fuerza y ​​la presencia del Señor, que nos habla atento y fiel, por la fuerza del Espíritu Santo. Los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica son los verdaderos discípulos de Cristo. El Papa Francisco recientemente ha dicho: "Escuchar y poner en práctica la Palabra, esto es la vida cristiana, y nada más. Es bien sencillo. Quizá nosotros lo hemos complicado, con muchas explicaciones que nadie entiende, pero la vida cristiana es esto: escuchar la Palabra de Dios y practicarla". Amemos, pues, la Biblia, leámosla, recémosla, que nos acompañe siempre y que aprendamos fragmentos de memoria para que den sentido y luz a nuestra vida, y estén siempre en nuestro corazón.

3.- También en este tiempo de Adviento fijamos la mirada sobre la Virgen María Inmaculada, aquella joven de Nazaret, humilde y sin pecado, toda pura, toda de Dios, que escuchaba y ponía en práctica lo que venía de parte de Dios. Y que cuando se le pidió que fuera la Madre del Redentor, no dudó en ningún momento, y ofreció su sí, generoso, disponible, lleno de fe y de caridad para con el pueblo santo y con toda la humanidad necesitada de redención. Ahora se lo agradecemos, sabiendo que Ella es "el honor de nuestro pueblo", la fiel esclava del Señor, la que todas las generaciones proclamamos bienaventurada, porque el Señor obra maravillas por Ella, porque ha hecho posible la Encarnación del Hijo de Dios. Teniendo los ojos fijos en la Madre celestial Inmaculada, preparémonos para la fiesta de Navidad, con la oración, la reconciliación sacramental, la penitencia, la lectura de la Palabra de Dios y la caridad solidaria con los pobres y los que nos necesitan. Busquemos la paz y hagamos las paces si tenemos algún rincón oscurecido por las heridas de la vida... Dios llega, con su consuelo. ¡Abrámonos con humildad a su gracia! ¡Feliz Adviento!

¡Hosanna a Cristo, que vence y reina desde la Cruz!

La Iglesia quiere que el final del Año litúrgico que celebramos en este domingo sea un canto de gloria a Jesucristo, el Rey del universo, que recapitule todo el año litúrgico y la vivencia del Misterio pascual de Cristo, el Salvador de toda la humanidad. "¡Hosanna a Jesucristo!", clamamos sus seguidores el domingo de Ramos o de la Pasión. Hosanna significa "¡Ven a ayudarnos!", "¡Danos la salvación!". Era y es una oración de súplica y un clamor de alabanza a Dios. Lo proclamaron los niños de los hebreos y lo seguimos diciendo nosotros: suplicamos y alabamos al Rey del universo y de la historia, el que da la vida en rescate por todos los hombres y mujeres del mundo. Y fue ese grito de alabanza y de victoria el que acompañó y sostuvo la fe de muchos mártires en las persecuciones: ¡Viva Cristo Rey! Cantémoslo también hoy nosotros, con el conocido y antiquísimo canto de las "Laudes Regiae" de la liturgia papal, "Christus vincit...", dedicadas al Señor: "¡Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera, Cristo ayer y hoy, y por siempre!".

Este Jesús que vence, reina e impera, no nos equivoquemos, lo hace desde la Cruz. Con su humillación, ya que "se despojó de sí mismo, se humilló a sí mismo hecho obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz, y por eso Dios lo exaltó" (Fil 2,7.9). Este Jesús Rey nos dice: Ven conmigo, sígueme hasta dar tu vida como Yo, ama mucho, del todo; mi Padre no te abandonará jamás, ni que te llegara una gran cruz como la mía... No te asustes por las cruces que encontrarás. Yo he vencido el mundo. Después de Mi, quien muera con fe y confianza, vivirá; quien ame, no quedará olvidado; quien pida perdón, será siempre escuchado; para todos he ido a preparar una estancia eterna... Así nos quiere atraer Jesús Salvador a lo largo de todo el año, en la Eucaristía y en la vida cotidiana, en el servicio y en los gestos más insignificantes de amor. Todo esto recordamos con agradecimiento y acción de gracias en el domingo último del año litúrgico. Digámosle también nosotros, sin ocultarnos, con amor agradecido: ¡Hosanna, Señor! ¡Gracias por tu muerte redentora! ¡Acuérdate de nosotros, sálvanos y danos vida para siempre!

Todos nuestros sufrimientos Jesús los hace suyos, y los llena de luz y de sentido: sufrir con amor, es vencer. E ir dando la propia vida por amor, es reinar, es vivirla de verdad. Servir será reinar. Quizás estas verdades chocan con la manera de ver las cosas que bastantes tienen, ahogados en una nueva mentalidad pagana, donde cuentan poco las personas y mucho en cambio el tener y el individualismo. ¡Reaccionemos! No podemos plegarnos a una vida sin fe y sin amor, olvidadizos de Dios y del próximo. Necesitamos "acoger el Reino de Dios", "entrar en este Reino", que ya está entre nosotros...

Hoy el Señor nos atrae, de nuevo, hacia una gran lección: la de su amor hasta el extremo. Y un amor que durará siempre, que es eterno y que hará justicia a los pobres y los que en este mundo han sufrido las injusticias. Una lección que sólo se aprende y se va entendiendo, en la medida en que se practica. Nadie como Jesucristo no nos ha amado nunca tanto, sin condiciones, rehaciéndonos de nuestras heridas y pecados, abriendo para nosotros el camino de la esperanza y de la vida. Y sabemos que sólo desde Cristo, el hombre nuevo, se esclarece el misterio de la persona y se ilumina el enigma del dolor y de la muerte (cf. GS 22).

La pobreza está en el corazón del Evangelio

Al finalizar el Año jubilar de la misericordia, el Papa Francisco dispuso que, como signo concreto de aquel Año Santo, se celebrara en toda la Iglesia, la Jornada mundial de los pobres, el domingo anterior a la solemnidad de Cristo Rey. Y hoy la celebramos por primera vez. Debe ser una Jornada que ayude a las comunidades cristianas y a cada bautizado a reflexionar sobre la pobreza que está en el corazón del Evangelio y sobre el hecho de que debemos poner a los pobres en el centro de nuestro interés. Pobres de todos los tipos de pobrezas, porque no es sólo la pobreza material la que daña la persona humana, son también las carencias de amistad y de amor, las manipulaciones de los que menos tienen, su utilización como mercancía. La pobreza "es fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada", dice el Papa Francisco. Si sacáramos la pobreza del Evangelio, no se comprendería nada del mensaje de Jesús, porque Él se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir de las obras de misericordia (Mt 25,31-46).

El fundamento de la "teología de la pobreza" es que Jesucristo que era rico, se hizo pobre, y se abajó por nosotros. La pobreza cristiana no es una ideología. Jesús proclamó "Bienaventurados los pobres en el espíritu" (Mt 5,3) para que comprendiéramos que debemos dejarnos enriquecer por la pobreza de Cristo y no querer ser ricos con otras riquezas que no sean las de Cristo. Cuando ayudemos a los pobres, conviene que les ayudemos de lo nuestro y no de lo superfluo, porque reconocemos que los pobres nos enriquecen, ya que Jesús dijo que Él mismo está en el pobre.

«Hijos míos, no amemos con frases y palabras, sino con obras y de verdad" (1Jn 3,18). Este es el lema que el Papa Francisco nos da para esta Jornada mundial de los pobres de este año, que tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionemos ante la cultura del descarte y del despilfarro, haciendo nuestra la cultura del encuentro. Asimismo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que nos dispongamos a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; y no podemos traicionar el don original destinado a la humanidad sin exclusión. Para los discípulos de Cristo, la pobreza es sobre todo vocación a seguir a Jesús pobre, caminar tras Él y con Él, por el camino que lleva a la felicidad del Reino de los cielos.

El Documento de los Obispos de la CEE de 2015 "Iglesia servidora de los pobres" acaba haciendo unas propuestas esperanzadoras desde la fe: 1. Promover una actitud de continua renovación y conversión; 2. Cultivar una sólida espiritualidad que dé consistencia a nuestro compromiso social; 3. Apoyarse en la fuerza transformadora de la evangelización; 4. Profundizar en la dimensión evangelizadora de la caridad y de la acción social; 5. Promover el desarrollo integral de la persona y afrontar las raíces de las pobrezas; 6. Defender la vida y la familia como bienes sociales fundamentales; 7. Afrontar el reto de una economía inclusiva y de comunión; y 8. Fortalecer la animación comunitaria. Son todo un programa para dar consistencia al amor y el servicio de los pobres.