Domingo XVI del tiempo ordinario

Hermanos muy amados en el Señor:

Aquel hombre había sembrado buena semilla en su campo. ¿ Cómo fue, pues, que luego apareciera la cizaña en medio del trigo? La parábola de San Mateo nos da escuetamente la respuesta: Mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.

¿Cómo se explica que aquellos padres, habiendo sido diligentes en dar una buena educación a sus hijos, ven aparecer más tarde en ellos, actitudes negativas y tienen que asistir, impotentes, al espectáculo de verles emprender caminos peligrosos; unos caminos que ellos, lejos de haberles enseñado, siempre han rechazado con firmeza? ¿Por qué será que nosotros mismos, a pesar de haber sido bien encaminados y orientados hacia el bien, sentimos el atractivo del mal que nos seduce desde nuestro interior y, no raras veces, hemos de confesar comportamientos que no responden a nuestro ideal?

¿Nos veremos forzados a reconocer, tal vez, que nuestra vida en este mundo está a la intemperie y que estamos continuamente a merced del enemigo? Nuestro enemigo es conocido con el nombre de el maligno: es decir el mal que está en el mundo y que se infiltra insensiblemente en nuestros sentidos, en la mente y en la voluntad. Seducidos por la sirena del mal, vemos aparecer en nosotros un comportamiento híbrido, mezcla de bien y de mal: bien, porque, en el fondo, somos buenos como toda obra de Dios y por la influencia de la educación recibida; mal, por la presión del mundo tentador. Por esta razón, el bien no se halla nunca en persona alguna en estado puro, sino mezclado de impurezas, como en el campo de que habla la parábola evangélica.

Hemos de constatar un hecho importante: para favorecer el bien y ayudar a su crecimiento positivo, es preciso estar en vela y atentos; mantener un esfuerzo constante en la buena dirección. Para que el mal se introduzca en nosotros y prospere, en cambio, es suficiente mantenerse inactivos, aburridos o adormilados. La virtud requiere fuerza y dedicación personal, se presenta como una conquista a llevar a cabo, como una victoria sobre nosotros mismos y nuestro entorno. El vicio, por el contrario, se presenta como una oferta de placer que, aparentemente, no nos exige más que el consentimiento. La virtud es construcción; el vicio demolición. Para practicar la virtud, es preciso pensar, levantarse y ponerse a trabajar; para el vicio, en cambio, basta con arrellanarse y abandonarse, con lo que el resultado es siempre negativo y, en última instancia, amargo.

Así que -con pena lo decimos- el bien y el mal se entremezclan en nosotros y no es posible deslindarlos a la perfección; por lo que sería una injusticia clasificar a las personas según buenas y malas, aunque en cada una sea diferente el peso de una u otro concepto.

Por lo demás, felices nosotros porque Dios nos trata siempre con delicada consideración, conforme a lo del libro de la Sabiduría: Tu (...) juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia. (...) Así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

Y, felices todavía nosotros, puesto que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inenarrables. Por todo ello, seamos lo más humanos posible con todos y llénese nuestro corazón de esperanza, sabiendo que siempre tenemos ocasión de librarnos del mal por la conversión y el perdón de Dios. De este modo seremos justificados: libres de mal y resplandecientes como el sol en el Reino del Padre.