Pronto san Gil y la Virgen de Nuria

El próximo viernes celebraremos San Gil, patrón de los pastores y el que según la historia modelada por rasgos magnificentes, esculpió la imagen de la Virgen de Nuria, que el pasado julio cumplía los 50 años de su solemne coronación, es decir, exaltada y puesta a la veneración de toda la Diócesis como Patrona nuestra que es. Acerquémonos espiritualmente como peregrinos a la montaña de Núria, en la capilla de S. Gil y el Santuario de María para presentarle el año transcurrido, las necesidades del presente, personales y familiares, y para pedir un futuro lleno de paz y de bendiciones divinas para el país y para la Diócesis.

Sólo somos felices cuando amamos y somos amados. Vivir el amor concreto, que San Gil testimonió hacia los pastores y que la Virgen María vivió plenamente desde su Corazón Inmaculado, nos compromete mucho. Es bueno dar un poco de nosotros, aún es mejor dar mucho, pero la cima de la caridad es darlo todo, darse del todo. Y eso hacían S. Gil y la Virgen María yendo a la montaña a ayudar a Isabel. El don que Ella había recibido ya desde el Nacimiento, su Inmaculada Concepción, más que un privilegio, es para Ella un deber que la compromete al servicio de los demás. María, mujer de fe y feliz porque ha creído, proclama tras el Magnificat, su bellísimo cántico de alabanza, que, llena de esperanza, canta en nombre de todos los pobres del mundo. Dios cumple sus promesas y no defraudará jamás a los que en Él confían. Vivir en este mismo gozo y extenderlo a todas partes es como un programa o plan de vida para todos nosotros. Es que el bien no hace ruido. El auténtico amor es discreto y paciente, llena la cotidianidad del vivir con actitud de servicio constante. "El amor es paciente, es bondadoso, el amor no tiene envidia, no es presumido ni orgulloso, no se irrita ni se venga; no se alegra de la injusticia sino que goza con la verdad... Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará nunca", proclama S. Pablo inspiradísimo a los Corintios (1Cor 13). Subir como peregrinos espirituales a Nuria debe significar un compromiso de vida y de amor.

En el Santuario de Núria encontraremos respuesta a nuestros interrogantes y estímulo a nuestra vida cristiana. San Gil aportó la cruz, la campana y la olla, símbolos de la fe, la llamada de Dios y la solidaridad con los hermanos. Y María, Madre de Núria, desde estas soledades de la montaña, atrae hacia la vida, el servicio, la generosidad de las familias y los hijos pedidos humildemente, de rodillas, con la cabeza en la olla, según la tradición. En los tiempos que vivimos de materialismo triste y de secularismo distraído de Dios y de la dignidad de las personas, Nuria nos atrae hacia el amor a la vida, toda vida, que sea respetada desde su concepción hasta su muerte natural. La vida es un don sagrado, del que nadie se puede hacer dueño ni en los casos más extremos de dificultad para una madre, ni en la proximidad de la muerte, por débiles que nos comprendamos. Seamos "magnánimos", viviendo esta virtud de la grandeza de alma, ayudando a los que más lo necesitan, los dependientes y los más desvalidos. Y aquí no hay sólo una obligación de la fe válida para los cristianos, sino que es un imperativo ético natural que obliga a toda persona humana. Qué alegría y qué sabiduría los pueblos que quieren vivir y legislar con criterios de vida y no de muerte. Seamos hombres y mujeres libres, con una libertad para el bien y para la dignidad de las personas; una libertad que, aunque sabemos debilitada por el pecado, nos lleve hacia donde hay autenticidad humana y verdad, y no nos quedamos en comodidades y soluciones simples para los problemas personales o sociales complejos.

Que S. Gil y Ntra. Sra. de Nuria, nos ayuden siempre en nuestras necesidades e intercedan por que construyamos entre todos una sociedad más justa y unida por la reconciliación y la paz social, un país que ame y respete siempre la vida, especialmente la de los más débiles y la de los totalmente indefensos como son los que todavía dependen del vientre materno, un país que mantenga viva y sin complejos su historia fecundada por la savia de la fe cristiana.