"Pie Iesu... Jesús bondadoso, dales el descanso eterno"

El final del himno latino en verso más famoso de la Edad Media, "Dies Irae", "Día de la ira...", atribuido al franciscano fray Tomás de Celano (1200-1260), acaba con las famosas palabras "Pie Iesu Domine, dona eis requiem", "Jesús bondadoso, dales el reposo". Palabras consoladoras de la espiritualidad cristiana que han inspirado muchas versiones musicales cuando, extraídas del himno que en gregoriano era obligado cantar en todas las misas de difuntos, han revelado el verdadero sentido cristiano de la oración por los difuntos, por los nuestros y los de todo el mundo. Más que destacar el día de la ira y del juicio después de la muerte, en la misa por los difuntos pedimos con fe que Dios -por los méritos de Cristo- les dé el perdón, el descanso eterno y la paz sin fin, después de las luchas y tristezas de este mundo. Que disfruten de la compañía de los ángeles y de los santos, de la presencia feliz de Dios y el gozo eterno. ¡Qué inspirada y humilde, dulce, la composición "Pie Iesu" del Réquiem de Gabriel Fauré! : llena de belleza y de espiritualidad, "como una canción de cuna sobre la muerte" -decía él mismo- , y deseaba que expresara la liberación de los límites de la muerte más que el tenebrismo del final. ¡La música nos ayuda a expresar lo inexpresable de nuestras vivencias! En este caso la liberación, la paz, la esperanza en una nueva vida, eterna, cerca de Dios, cuando continuaremos siendo nosotros, ciertamente, pero transformados.

Noviembre es el mes en que la Iglesia nos pide que tengamos un recuerdo por nuestros difuntos. Ya lo hacemos en cada celebración eucarística, ya que en un momento de la oración más santa (la llamada oración eucarística, o anáfora o canon) intercedemos por todos aquellos que ya han muerto y que reposan en Cristo, para que disfruten de la luz de Dios. Le decimos confiadamente al Padre del cielo: "Acuérdate de nuestros hermanos que murieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los difuntos que descansan en tu misericordia. Admítelos a contemplar la luz de tu rostro" (Pleg. eucar. II). Ya que somos la Iglesia santa, ponemos en manos de Dios sus vidas, pecadoras y débiles, para que Él los perdone, los purifique y les dé el descanso. La vida eterna la asociamos al reposo y la paz. Después de luchas, peligros y sufrimientos, de ser crucificados con Cristo, ahora reposan en las manos de Dios y ningún tormento ya no las podrá arrebatar. Dios será su posesión para siempre (cf. Sal 16). Por eso pedimos a los sacerdotes que ofrezcan la santa misa por ellos, visitamos los cementerios donde están los restos de nuestros predecesores o las cenizas, y ponemos flores, signos claros de vida y de belleza. También les ofrecemos un recuerdo, una oración, tal vez alguna lágrima. Y nos hablamos, porque viven en el Señor, y en tanto que pueden, seguro que interceden por nosotros y nos ayudan. Nosotros rogamos a Dios por ellos, y confiamos en que ellos rezan por nosotros. En la medida en que ya estén con el Señor, podemos confiar en que hay una comunión entre ellos y nosotros. Precisamente en la misa es evocada y vivida la comunión con los santos, cuando en el momento de cantar la aclamación de alabanza en la oración eucarística decimos "Santo, Santo, Santo es el Señor...", unidos con los ángeles y con los justos de todos los tiempos, proclamando la gloria del Padre Santo.

Oremos por los difuntos en este mes de noviembre y siempre, con espíritu misericordioso. Recordemos a nuestros familiares y amigos, pero también todos los difuntos, especialmente los que mueren solos y abandonados, o aquellos que nadie recuerda. Y pidamos por todos ellos "¡que Dios les conceda el lugar del consuelo, de la luz y de la paz!" (Pleg. Eucar. I).