Evangelizados por la liturgia, enviados a renovar el mundo con misericordia

En diciembre pasado, se acaba de publicar el documento de los Obispos de Cataluña "Evangelizados por la liturgia, enviados a renovar el mundo con misericordia", redactado para recordar el centenario del 1er. Congreso Litúrgico de Montserrat (1915) y también el inicio del Año Santo de la Misericordia. Subraya la importancia de la reforma litúrgica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II, incidiendo especialmente en la finalidad educadora y catequética de la liturgia.

Ha sido muy positiva la reforma litúrgica del Concilio, con su Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia y la centralidad de la Palabra de Dios, vivida e interpretada en la fe de la Iglesia. Las dificultades que han acompañado la aplicación de la reforma litúrgica, por exceso o por defecto, no pueden oscurecer su bondad y validez, porque "contiene riquezas que hay que ir profundizando, como una mayor atención al “arte de celebrar", a la formación bíblica y litúrgica, en el sentido profundo de "la participación plena, consciente y activa" que debe llevar verdaderamente a la vivencia del misterio en la propia vida de los fieles".

El Documento trata de forma relevante la relación entre la liturgia y la vida, la liturgia y la evangelización. Hay un lazo estrecho entre liturgia y vida cristiana, una vida que implica misión en el mundo, anuncio de la alegría de ser cristiano, de dar culto al Dios verdadero y de amarlo con todo el corazón y todas las fuerzas. La Iglesia vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. El Documento también expone cómo el sacramento del amor, que es la Eucaristía, nos empuja a amar y a obrar con misericordia. Si la participación en la Eucaristía y nuestro culto eucarístico son auténticos, harán crecer en nosotros la conciencia de la dignidad de la persona y nos urgirán a trabajar por esta dignidad. Los Obispos afirmamos que "la Iglesia debe ser para todos un ámbito de perdón y también el espacio de la celebración sacramental del perdón y la reconciliación".

En el último capítulo, los obispos hacemos notar algunos retos a tener presentes en la pastoral litúrgica de las Diócesis con sede en Cataluña. Entre estos retos destaca el de favorecer la participación activa de los fieles y la vivencia de la liturgia como base de la espiritualidad del cristiano". La Intensificación de una buena formación litúrgica de los fieles, especialmente de los más jóvenes para quienes la liturgia debe ser también "la fuente y la cumbre" de su vida cristiana. Conviene que la Palabra de Dios tenga una presencia muy grande y valorada, y que cada cristiano conozca los Evangelios y la Biblia y los haga objeto de su estudio, profundización y oración contemplativa. Otros retos son mejorar las homilías, renovar el cultivo y la difusión de la música litúrgica, promover el arte sagrado, favorecer el proceso de iniciación en la vida cristiana a los que no conocen a Jesucristo, motivar a los cristianos para que participen activamente en la misa dominical y, si es posible, en familia; mejorar la comprensión de la penitencia cristiana y del sacramento de la reconciliación y del perdón, y mejorar también la celebración de las exequias cristianas; así como alentar y fortalecer la piedad popular. Muchos retos para proseguir la renovación de la Iglesia, de acuerdo con la doctrina del Vaticano II, y en el espíritu de una Tradición siempre viva.

Ya han pasado las fiestas de Navidad y Epifanía

Han acabado las fiestas de Navidad y Epifanía, ¿cómo las hemos vivido? El ciclo litúrgico recomienza con el tiempo ordinario. Un tiempo para vivir de forma extraordinaria lo que es ordinario, un tiempo para vivir perseverantes. De hecho, "perseverar" no es rutinario, el perseverar del Evangelio es el perseverar que nos hace crecer... Pero ¿por qué no "revisamos" las fiestas? ¿la oración de estos días pasados, los valores que habremos manifestado en temas de conversaciones como lotería, fiestas, comidas, hijos, sociedad e Iglesia? ¿o la proximidad a la familia, a los pobres, a los enfermos...? ¿Nos han ayudado a crecer en fe y amor? ¿Hemos ayudado con lo que hemos podido? ¿Nos hemos acercado a la confesión para mejorar la conversión de vida? ¿Podemos estar contentos? ¿Qué habría que mejorar?

Recuerdo las fiestas navideñas de cuando yo era niño. A pesar del trabajo de mis padres en el comercio, que hacía que estuvieran cansados los días de fiesta, la Navidad de mi infancia son días muy felices. La misa de medianoche (sin cena previa) y el "resopón" sencillo después. Y al día siguiente la familia entera reunida en una comida interminable, con conversaciones adultas que los niños escuchábamos con placer, las canciones de todos (creo que era de las pocas veces que incluso mi padre cantaba con la familia...), las guitarras en la juventud, los primeros comportamientos adultos en público... Días entrañables del pesebre, confeccionado todo por mi hermano mayor, el artista, donde las figuras de los pastores y los reyes avanzaban según los niños decidíamos. Claramente días de fe arraigada en las bellas tradiciones catalanas, que han marcado para siempre los recuerdos de todos.

Y ¿cómo son mis fiestas? Ahora el Obispo vive la Navidad entre las muchas celebraciones de los días previos, con los colaboradores del Obispado, con los ancianos de Andorra y de La Seu d’Urgell, con los privados de libertad en la prisión de La Comella de Andorra, con los que puedo hablar personalmente. También el solemne pontifical de medianoche y del día de Navidad, en la Catedral románica, la comida de Navidad con los ancianos del Hogar de S. José que no tienen familia y han tenido que quedarse, y entre ellos, los curas mayores o enfermos y los seminaristas sin familia cercana, que se alegran de tener al obispo con ellos. Y por la tarde del día de Navidad, solo, trato de encontrar un tiempo mío para rezar, contemplando los bellos textos de la liturgia y saborear la alegría de la Encarnación. Si puedo, escucho música, por ejemplo me gustan mucho A.Corelli y J.S.Bach con su inmenso Oratorio de Navidad -al que retorno cada año- y el placer de revisitar el Poema de Nadal de J.M. de Sagarra. Y me inunda el humilde milagro de la añoranza de los seres queridos -que siempre retornan-, y la gran promesa de la Encarnación que nadie como S. Juan supo plasmar en el Prólogo de su Evangelio. Y siempre intento llamar por teléfono a los sacerdotes mayores del presbiterio, a las familias que tienen algún enfermo grave o que han perdido recientemente a un ser querido. El día siguiente, S. Esteban, lo paso con la familia de hermanos y sobrinos, pero estoy poco por ellos, al faltar mis padres. Me debo a mi Diócesis. Así es mi Navidad. Y la entrada del Año siempre trato de pasarla rezando a mi Capilla; me hartan las fiestas de fin de año... Y espero aprovechar que bajan los compromisos de agenda para visitar el Cottolengo, o enfermos, o personas conocidas que me reclaman y que no puedo atender lo suficiente, como a mí me gustaría... Pensad en todo ello: ¿Cómo han sido vuestras fiestas? ¿Qué enseñanzas sacamos para el nuevo año? ¿Qué deberíamos mejorar? Qué balance hacemos...

Un nuevo año, un don de Dios misericordioso

En medio de las fiestas de Navidad y Epifanía, empezamos un Nuevo Año. Recordamos a los que ya han pasado hacia la vida eterna, y pensamos en los que tenemos cerca, aquellos que dependen en cierto modo de nosotros. Pensamos en los que sufren y que esperan mejorar sus condiciones de vida en este nuevo año. Y en el fondo, encomendamos a Dios todos los días que tenemos por delante. Se nos da poder comenzar un nuevo año de la historia de la humanidad, mejor aún, un nuevo año de nuestra personal historia, lo que llamamos "el camino de la vida". Dios siempre nos acompaña en este camino, no lo hacemos solos. De Él venimos, en Él vivimos y hacia Él nos dirigimos. Mientras tanto nos da la Iglesia, una "familia" de hermanos; y nos sostiene con su gracia para que no caigamos y porque si caemos, nos levantemos. Ya que Él es siempre Padre de Misericordia. Nos llena de sus dones y nos ama en el vivir de cada día. A Él le encomendamos todo este 2016 que estamos apenas iniciando.

Más allá, sin embargo, de los estados de ánimo, os invito a tener una mirada profunda, reflexiva, sobre el tiempo y la vida. Y en torno a estos pensamientos giran una serie de interrogantes sobre cómo vivimos, o mejor sobre cómo vivo y gasto la vida yo: ¿qué hago? ¿qué vale la pena vivir? ¿qué dejaré cuando me marche? ¿amo de verdad? ¿quién soy en el fondo? ¿cómo puedo mejorar aunque sea un poco?

Los creyentes, ante el tiempo y el nuevo año que tenemos por delante, debemos hacernos una pregunta muy personal: ¿qué espera Dios de mí en este tiempo que me regala? Para responderla, no estamos a oscuras. Tenemos a Cristo que, como en el camino de Emaús, nos acompaña y nos habla al corazón. Nos interpela a través de las Escrituras y a través de la vida; a través de los hermanos y de los pobres; a través de los acontecimientos, de las pruebas... Si el tiempo está lleno de la presencia de Dios, el tiempo se convierte en un verdadero don de Dios que hay que acoger, aprovechar, disfrutar y agradecer. Es bonita la oración de los discípulos: "Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída" (Lc 24,29). Hagamos acción de gracias por los dones recibidos, intercesión por lo que necesitaremos en adelante y arrepentimiento por todo lo que quedó por hacer o que hicimos mal hecho en el año pasado, en la vida pasada. Y comprometámonos a vivir en la confianza puesta en el Señor y a dejarnos guiar por el Espíritu Santo.

La llegada de un nuevo año debemos verla como un tiempo propicio que Dios nos envía. Un don de gracia; una oportunidad de crecer  y de dar gloria a Dios. Conviene que sea una oportunidad nueva para madurar en el camino de la fe, para vivir comprometidamente nuestra vida: en el seno de la familia, de la comunidad cristiana, de la vida del pueblo y ciudad. St. Juan Pablo II nos exhortaba al inicio del milenio: "No se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su cumplimiento en la Jerusalén celestial” (NMI 29). Cada uno sabe que está llamado a acoger y a hacer fructificar los "talentos" que Dios ha puesto en sus manos, "viviendo siempre alegres en el Señor" (Fil 4,4), sirviendo a los pobres, siendo misericordiosos como el Padre, practicando las obras de misericordia, con la Eucaristía como alimento para el camino de la vida, hasta el encuentro definitivo con el Señor.