Alegrémonos con la Virgen María

Durante toda la Pascua, la Iglesia canta a María, que está Asunta y resucitada en el cielo, con una oración sencilla y muy querida del Pueblo de Dios, el "Regina coeli". Imploremos a nuestra Madre con insistencia y devoción en estos días de preparación de Pentecostés, cuando María y los apóstoles recibieron las lenguas de fuego del Espíritu Santo y se inició el camino misionero universal de la Iglesia. También encomendémosle la peregrinación que la Diócesis realizaremos en estos próximos días del 29 al 1 de junio al Santuario de Ntra. Sra. de Lourdes, con los enfermos. Queremos vivir "la perfecta alegría pascual", que Ella recibió y que, a buen seguro, quiere que también nosotros celebremos con humildad llena de entusiasmo, y que perdure en todos nosotros más allá de la Pascua.

Durante todo este mes de mayo, en muchos santuarios y ermitas de nuestra Diócesis le vamos cantando a la Inmaculada Virgen María la alabanza pascual que tan bien se le adecua: "Regina coeli... Alégrate, Reina del cielo, ¡aleluya! Porque el que mereciste llevar en tu seno, ¡aleluya! Ha resucitado, según predijo ¡aleluya! Ruega por nosotros a Dios ¡aleluya!". Es una oración breve y gozosa, llena de luz, cantadora de la Vida del Resucitado al que unimos la alegría única de su Santísima Madre, la primera a quien Él visitó -según la tradición, que S. Ignacio recoge en el libro de los Ejercicios-, para confortarla y unirla para siempre a su gozo. Y seguro que Ella desea que sus hijos e hijas de todo el mundo y de todos los tiempos podamos participar de su alegría. ¡María es fuente y causa de nuestra alegría!

¿Dónde están las fuentes de la alegría? Según el Catecismo de la Iglesia Católica encontraremos gozo en la búsqueda de Dios: "Alegraos los que buscáis al Señor" (Sal 105,3); la alcanzaremos en la fe, que ya es inicio de la vida eterna; en la contemplación de la obra creadora de Dios, que no abandona nunca a su criatura; en las virtudes humanas que dan el gozo para llevar una vida moralmente buena; en la caridad, cuyo fruto es la alegría; y en la vivencia de las Bienaventuranzas que remiten a una perfección que pasa por la Cruz (C.E.C. 30, 163, 301, 1804, 1829 y 2015).

En la fiesta de la Ascensión, preparándonos para el estallido del fuego divino del Espíritu que recibiremos en Pentecostés, ¡sintámonos urgidos a celebrar, con María, nuestra Madre y Protectora, la alegría exigente de la Pascua! Roguémosle en este mes de mayo y siempre, con confianza de hijos. "Los apóstoles eran constantes y unánimes en la oración, junto con María, la Madre de Jesús" (Hch 1,14), y así lo hemos de ser también nosotros. Ella mira y abraza a sus hijos con amor e intercede constantemente por todos, para que tengamos paz y seamos fecundos en el amor y las buenas obras. Pidámosle que acompañe especialmente a los niños y jóvenes que ahora reciben la primera comunión y la confirmación, que ayude a los enfermos, que conforte a los atribulados, que bendiga las familias, que sostenga las vocaciones de especial consagración y que, a todos, nos enseñe a ser audaces en el gozo y en la esperanza, y testigos valientes y coherentes del Evangelio de Jesús.