María, la Madre Asunta, nos viene al encuentro

El próximo martes día 15 celebraremos con mucha alegría la gran solemnidad de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al cielo. El misterio de la resurrección de su Hijo, que será la nuestra, ya se ha realizado plenamente en Aquella que Dios creó Inmaculada. Y por eso la Asunta es gloriosa promesa de lo que Dios quiere hacer en todos y cada uno de los hombres y las mujeres. Fiesta grande de esperanza en toda la Iglesia y fiesta mayor en muchísimos de nuestros pueblos, porque a todos protege nuestra Madre del Cielo. La fiesta de Santa María nos lleva a dar gracias por tantos y tantos Santuarios de la Virgen que existen en nuestra Diócesis, todos ellos muy queridos: Nuria y Meritxell, las patronas, y también las otras advocaciones fervorosas de Les Peces, Boscalt, la Trobada, Segars, Bell-lloc, Mijaran, Montgarri, les Neus, Ribera, Valldeflors, Àneu, de la Posa, de Fa, Bellvís, Caregue, Ares, Salgar, Bellvià, del Puig, de l’Horta, Guardiola, Montalegre, les Esplugues, del Pla, Refet, Almatà i Miracle, Les Avellanes, les Sogues, Socors, Sagristia, Urgell, Remei, Canòlich, Bastanist, Talló, y tantas otras advocaciones muy queridas. En todas partes brilla la protección de la Virgen, que quiere mostrar su aprecio por sus hijos, por todos los hombres y mujeres de esta tierra, y especialmente los más humildes, los pobres y todos los que sufren en el cuerpo y en el espíritu.

Sea en agosto con la Asunción, sea en septiembre con la Natividad de la Virgen María, nuestra Madre del cielo sigue atrayendo multitudes de peregrinos, con sus intenciones y sus propias necesidades. Ella nos empuja a una conversión de corazón y a una mejora en nuestra fe y nuestro amor. Hay que valorar mucho todo el esfuerzo y la entrega de quienes a lo largo del año preparan peregrinaciones, mantienen los santuarios, las ermitas y los altares ordenados y acogedores. Muchos voluntarios y mayoralas realizan durante el año una hermosa tarea de servicio y de acogida espiritual, cuidando de las capillas dedicadas a la Virgen. Ella se lo tendrá en cuenta y los recordará ante Dios, como dulcemente se lo reclama la oración famosa de S. Bernardo (s. XII): "Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que nadie que haya implorado tu asistencia y reclamado tu auxilio, haya sido abandonado de vos. Animado con esta confianza, a vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes; y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No guardo, oh Virgen, mis súplicas; escuchadlas y acoge-las favorablemente. Amén. "

La Virgen Asunta nos anima a "buscar lo que es de arriba, donde está Cristo... a poner el corazón en las cosas de arriba, no en las de la tierra" (Col 3,1-2). María siempre nos dirige hacia su Hijo y nos acerca suavemente a "la verdad" revelada en Cristo. Verdad sobre Dios, sobre uno mismo, sobre lo que tiene más valor, y que es lo único necesario...

Elevemos oraciones a María en estas fiestas de su Asunción, acerquémonos a alguno de sus santuarios con devoción filial, prendamos alguna vela en honor de nuestra Madre, que nos recuerde que Ella es nuestra luz en el camino de la vida, y sobre todo, amemos como Ella, con compromiso y humildad.

Tomarse tiempo y hacer vacaciones con sentido cristiano

En agosto estamos en el pico más alto del verano, de las vacaciones, y se vacían las grandes ciudades. Los estudiantes ya hace semanas que las han comenzado pero ahora vienen días en que podrán estar más con las familias y reencontrar sus orígenes. Las familias mayoritariamente se ven más y se reencuentran. En nuestra Diócesis de Urgell es cuando más vienen los visitantes del verano, y cuando volvemos a encontrar los amigos y familiares que viven lejos. Vienen a pasar unos días en los pueblos de los que se marcharon, y somos felices de revivir amistades trabadas desde la infancia.

Debemos tener presentes, también, los que cerca de nosotros no pueden hacer vacaciones, o por exigencias del trabajo, o porque no pueden hacer gastos, o porque están enfermos o han de cuidar de algún anciano o algún niño.

Los cristianos estamos llamados a dar sentido a todo lo que vivimos. Nunca podemos dejar de ser sal y luz para el mundo; también durante las vacaciones. Es así como el tiempo libre puede convertirse en un tiempo -aunque sea breve- para reponernos, para ordenarse de nuevo, para disfrutar de conocimientos y de lugares, tiempo para descansar, orar y leer un poco más, y para acercarnos a la maravilla de la naturaleza, sin prisas, admirándola. Y sobre todo las vacaciones son tiempo para acercarse más a Dios y a nuestras familias. Días para renovarse de cara a Dios. Y días para volver a encontrar nuestros orígenes, los amigos y la familia, y redescubrir nuestra profunda vocación a amar y ser amados; días para ir más a fondo.

No hay tiempo vacío o sin sentido para el creyente ni para el que ama. Os ofrezco un decálogo de las vacaciones por si os ayuda:
  1. En las vacaciones, me propongo disfrutar más viviendo, que haciendo muchas cosas.
  2. Descansar ahora, para poder servir mejor después. Hay que saber trabajar pero también hay que saber descansar, detenerse, reflexionar.
  3. No nos dejemos robar la paz por angustias o cosas que aún no han pasado, o que no tienen solución, o que simplemente nos dan miedo.
  4. Cada día hay que abrir una ventana a la esperanza y la alegría.
  5. Dedicar mucho tiempo a lo que realmente valga la pena.
  6. Seré feliz valorando las cosas sencillas de cada día y la compañía de los que me rodean.
  7. Dar más espacio a escuchar o simplemente a estar con los que amo y que me aman.
  8. Contemplar con admiración las maravillas que conlleva la vida, la naturaleza, las relaciones de amistad.
  9. Cuando llegue la noche daré gracias al Creador, y trataré de concluir el día en la reconciliación y la paz conmigo mismo y con todos.
  10. Y me dormiré confiado en Dios, abandonado a su amor providente, que nunca nos deja de su mano.
Deseo que podáis disfrutar aunque sea de unos pocos días de vacaciones y de cambio de ritmo, para que nuestro vivir entregado de cristianos se beneficie.

50 años de la Renovación Carismática Católica

Hace 50 años, el fin de semana del 17 al 19 de febrero de 1967, una veintena de estudiantes católicos norteamericanos, en la Universidad de Duquesne, tuvieron una convivencia cerca de Pittsburgh (EE.UU.). Allí rezaron para pedir el bautismo en el Espíritu, una acción potente del Espíritu Santo que transformase sus vidas. Al principio, no pareció pasar gran cosa. Hicieron un descanso, empezaron a preparar una fiesta, pero poco después se encontraron con que cada uno por su cuenta acudía a la capilla y allí no podían dejar de rezar. Alababan a Dios en voz alta, con entusiasmo; otros sentían un gozo que les llevaba a bailar; otros lloraban de alegría. Algunos cayeron como fulminados ante el Sagrario de la capilla, en un sentimiento de adoración abrumador. Se lo contaron a otros y se fue contagiando de campus en campus, de ciudad en ciudad. Cada semana necesitaban juntarse y rezar, en voz alta y con mucha música. Se extendió por Estados Unidos y por el mundo. Les llamaban "pentecostales católicos" o "católicos carismáticos". Así nació la Renovación Carismática Católica (RCC), que actualmente cuenta con unos 100 millones de católicos. Han sufrido prevenciones en contra y desinterés por parte de los que priorizan lo social, pero también por los que desconfían de su música, sus maneras exuberantes y desinhibidas. El mismo P. Jorge Bergoglio explicó que siendo cura joven “le daban mucha rabia; le parecía que todos tenían algo mal en la cabeza. Pasaron los años y se dio cuenta de cuán equivocado estaba: pues es ¡una gracia!".

Después de 50 años, la Renovación ha generado una multitud de conversiones y de vocaciones. Tienen el grupo semanal donde se reza, se canta, se alaba, se agradece a Dios su bondad, se le piden cosas; rezan unos por otros; se comenta algo de la Biblia, se da alguna charla corta. Luego los retiros de 2 ò 3 días, o una semana, sobre sanación, liberación, vocación, liderazgo, alabanza, biblia, formación… También los encuentros de oración "especial": misas de sanación o de liberación, oraciones para pedir curaciones, milagros, oraciones de rechazo del mal, de sanación física o espiritual o emocional. También pueden ser "especiales" los encuentros de adoración y alabanza, a veces con el Santísimo expuesto. Y los "seminarios de vida en el Espíritu". La oración en lenguas rara vez es xenoglosia (hablar milagrosamente lenguas extranjeras que no se han aprendido) sino que casi siempre se trata de oración de glosolalia: emitir sonidos articulados, bien pronunciados, con fervor, reverencia, voluntad de oración, que S. Pablo llama "orar en lenguas" o "gemidos inefables". Se consideran un don de Dios, no algo forzado o provocado. Muchos consideran la oración en lenguas la puerta a otros carismas: la palabra de conocimiento (saber cosas útiles reveladas por el Espíritu Santo), el don de consejo, la profecía (que no es hablar del futuro sino exhortar y edificar con palabras o imágenes que inspira el Espíritu). Siempre se insiste en que es Dios quien actúa a través de los hermanos, y que estos dones se ejercen, sobre todo, en el contexto del grupo que ora, para beneficio de la comunidad y edificación de la Iglesia.

Los carismáticos, como toda la Iglesia, cantan con insistencia: "¡Maranathá. Ven, Señor Jesús!". 50 años después, la Renovación Carismática ha crecido y está plenamente integrada en la Iglesia. Seamos o no de la Renovación, siempre será necesario pedir, una y otra vez, que el Espíritu Santo venga con su fuerza y su poder, nos defienda, y nos haga fieles seguidores de Cristo.

Caminar con los jóvenes: salir, ver y llamar

El Sínodo sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” tiene a mi modo de ver un aspecto fundamental para la pastoral de la Iglesia respecto a ellos y que nos atañe a todos: se trata de saber acompañar a los jóvenes, “caminar con ellos”. Y el Documento preparatorio del Sínodo explica que acompañar a los jóvenes exige salir de los propios esquemas preconfeccionados, encontrándolos allí donde están, adecuándose a sus tiempos y a sus ritmos; tomarlos en serio en su dificultad para descifrar la realidad en la que viven y para transformar un anuncio recibido en gestos y palabras, en el esfuerzo cotidiano por construir la propia historia y en la búsqueda más o menos consciente de un sentido para sus vidas.

Es necesario realizar un camino, que a veces también pasa a través de vías imprevisibles y alejadas. El Papa Francisco recuerda que «la pastoral vocacional es aprender el estilo de Jesús, que pasa por los lugares de la vida cotidiana, se detiene sin prisa y, mirando a los hermanos con misericordia, les lleva a encontrarse con Dios Padre». Hay que valorizar la creatividad de cada comunidad para construir propuestas capaces de captar la originalidad de cada joven y secundar su desarrollo. En muchos casos se tratará también de aprender a dar espacio real a la novedad, sin sofocarla. «Ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades» (EG 33).

Tres verbos, que en los Evangelios connotan el modo en el que Jesús encuentra a las personas de su tiempo, nos ayudan a estructurar este estilo pastoral amplio con los jóvenes: salir, ver y llamar.

Salir.- Abandonar las rigideces que hacen que sea menos creíble el anuncio de la alegría del Evangelio, sin encasillar ni presentarse la Iglesia de forma anacrónica. Salir es signo de libertad interior respecto a las actividades y a las preocupaciones habituales, a fin de permitir a los jóvenes ser protagonistas. La comunidad cristiana será atractiva cuanto más la experimenten acogedora.

Ver.- Mirar, salir hacia el mundo de los jóvenes requiere la disponibilidad para pasar tiempo con ellos, escuchar sus historias, sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y angustias, compartiéndolas. Esta es la vía para inculturar el Evangelio y evangelizar toda cultura, también la juvenil. Esta es la mirada de todo auténtico pastor, la verdadera mirada del discernimiento, que no quiere apoderarse de la conciencia ajena ni predeterminar el camino de la gracia de Dios a partir de los propios esquemas.

Llamar.- La mirada de amor de Jesús se transforma en una llamada a una novedad que se debe acoger, explorar y construir. Llamar quiere decir despertar el deseo, mover a las personas de lo que las tiene bloqueadas o de las comodidades en las que descansan. Llamar quiere decir hacer preguntas para las que no hay respuestas predeterminadas. Esto, y no la prescripción de normas que se deben respetar, es lo que estimula a las personas a ponerse en camino y encontrar la alegría del Evangelio.

El Sínodo recoge el gran reto del acercamiento a los jóvenes por parte de todos: familias, escuelas, parroquias, política, empresa, sociedad…