¡Ven Espíritu Santo!

¡Cristo ha resucitado!
Y quiere que celebremos la Pascua granada de los frutos del Espíritu.
En la Vigilia Pascual celebramos que el Espíritu Santo nos es dado
y llena nuestros corazones,
porque confesamos que el Señor ha resucitado del sepulcro,
y ha redimido al mundo con su pasión y su cruz.
¡Todo es obra del Espíritu, y la Pascua así nos lo revela!

Agradezcamos al Espíritu Santo su presencia humilde dentro de nosotros,
el trabajo silente en el corazón de las personas y de la creación entera,
que nos dé la fe y el amor,
que nos defienda siempre del pecado y del Mal,
que sea nuestra más firme esperanza de vida eterna,
y nos llene del Amor y la Alegría que vienen de Dios.

Es Pascua granada que nos exige dar frutos buenos.
El Espíritu Santo nos enseñará a orar,
sostendrá siempre nuestra oración.
y dará la fe verdadera en Dios Padre y en su Hijo Jesús.
El Espíritu convierte nuestro corazón hacia el bien más grande,
ilumina las tinieblas de nuestro interior,
nos revela la verdad de las Sagradas Escrituras.
Él nos fortalece en las pruebas difíciles y en los momentos de cruz,
y nos hace vivir en la confianza de los niños.
Él renueva nuestros criterios y nuestra mentalidad,
nos guía para que mantengamos nuestros compromisos,
y nos otorga sus siete dones sagrados.

¡Ven Espíritu Santo, y llénanos de la alegría pascual!
Inspíranos el mejor amor y servicio a los hermanos.
Restablece nuestra semejanza con Dios.
Haznos templos tuyos, adoradores auténticos en espíritu y en verdad.
Reúnenos en la comunión y la unidad de la Iglesia.
Haznos agradecidos por los carismas y responsables de la vocación recibida.
Envíanos a cuántos nos necesitan y esperan.

Queridos hermanos: ¡que viváis una Santa Pascua de Pentecostés!
¡Y que la alegría del tiempo pascual se extienda a lo largo de todo el año!

Alegrémonos con la Virgen María

Durante toda la Pascua, la Iglesia canta a María, que está Asunta y resucitada en el cielo, con una oración sencilla y muy querida del Pueblo de Dios, el "Regina coeli". Imploremos a nuestra Madre con insistencia y devoción en estos días de preparación de Pentecostés, cuando María y los apóstoles recibieron las lenguas de fuego del Espíritu Santo y se inició el camino misionero universal de la Iglesia. También encomendémosle la peregrinación que la Diócesis realizaremos en estos próximos días del 29 al 1 de junio al Santuario de Ntra. Sra. de Lourdes, con los enfermos. Queremos vivir "la perfecta alegría pascual", que Ella recibió y que, a buen seguro, quiere que también nosotros celebremos con humildad llena de entusiasmo, y que perdure en todos nosotros más allá de la Pascua.

Durante todo este mes de mayo, en muchos santuarios y ermitas de nuestra Diócesis le vamos cantando a la Inmaculada Virgen María la alabanza pascual que tan bien se le adecua: "Regina coeli... Alégrate, Reina del cielo, ¡aleluya! Porque el que mereciste llevar en tu seno, ¡aleluya! Ha resucitado, según predijo ¡aleluya! Ruega por nosotros a Dios ¡aleluya!". Es una oración breve y gozosa, llena de luz, cantadora de la Vida del Resucitado al que unimos la alegría única de su Santísima Madre, la primera a quien Él visitó -según la tradición, que S. Ignacio recoge en el libro de los Ejercicios-, para confortarla y unirla para siempre a su gozo. Y seguro que Ella desea que sus hijos e hijas de todo el mundo y de todos los tiempos podamos participar de su alegría. ¡María es fuente y causa de nuestra alegría!

¿Dónde están las fuentes de la alegría? Según el Catecismo de la Iglesia Católica encontraremos gozo en la búsqueda de Dios: "Alegraos los que buscáis al Señor" (Sal 105,3); la alcanzaremos en la fe, que ya es inicio de la vida eterna; en la contemplación de la obra creadora de Dios, que no abandona nunca a su criatura; en las virtudes humanas que dan el gozo para llevar una vida moralmente buena; en la caridad, cuyo fruto es la alegría; y en la vivencia de las Bienaventuranzas que remiten a una perfección que pasa por la Cruz (C.E.C. 30, 163, 301, 1804, 1829 y 2015).

En la fiesta de la Ascensión, preparándonos para el estallido del fuego divino del Espíritu que recibiremos en Pentecostés, ¡sintámonos urgidos a celebrar, con María, nuestra Madre y Protectora, la alegría exigente de la Pascua! Roguémosle en este mes de mayo y siempre, con confianza de hijos. "Los apóstoles eran constantes y unánimes en la oración, junto con María, la Madre de Jesús" (Hch 1,14), y así lo hemos de ser también nosotros. Ella mira y abraza a sus hijos con amor e intercede constantemente por todos, para que tengamos paz y seamos fecundos en el amor y las buenas obras. Pidámosle que acompañe especialmente a los niños y jóvenes que ahora reciben la primera comunión y la confirmación, que ayude a los enfermos, que conforte a los atribulados, que bendiga las familias, que sostenga las vocaciones de especial consagración y que, a todos, nos enseñe a ser audaces en el gozo y en la esperanza, y testigos valientes y coherentes del Evangelio de Jesús.

200 años de los Hermanos Maristas

En este 2017 se están celebrando los 200 años de la fundación del Instituto religioso de los "Hermanos Maristas de las Escuelas", o "Pequeños Hermanos de María", más conocidos como Hermanos Maristas, fundados el 2 de enero de 1817 en La Valla (Francia) por un joven sacerdote, san Marcelino Champagnat. Había nacido el 20 de mayo de 1789, al inicio de la Revolución francesa, en Rosey, en las montañas del Loira, cerca de Lyon, y murió en Saint-Chamond el 6 de junio de 1840. Ya sacerdote de Lyon (1816), viendo el abandono material y espiritual de los jóvenes, fundó una Congregación dedicada a la instrucción y la catequesis de la juventud pobre. El deseo de Marcelino era formar educadores y catequistas con un espíritu práctico para poder atender su misión: educar a niños y jóvenes y anunciarles el Evangelio. Y todo bajo la protección de María, la Buena Madre, como la llamaba con ternura, y de la que los Maristas se sienten "pequeños hermanos".

Hace pocos días lo celebraron gozosamente en el Monasterio de Les Avellanes, dentro de nuestra Diócesis, donde está la residencia de los hermanos mayores, y el cementerio de la provincia religiosa, además de un hermoso lugar de retiro y de reuniones. El lema elegido para las celebraciones del bicentenario es bien sugerente: "Un nuevo comienzo". Quiere sintetizar el programa de renovación que supone mirar con agradecimiento el pasado, discernir el presente y abrirse con esperanza al futuro. En el Mensaje que el Papa Francisco ha remitido a los Maristas les dice: "Pertenecéis a una gran familia, rica de testigos, que han sabido dar sus vidas por amor a Dios y al prójimo con ese espíritu de hermandad que caracteriza la Congregación y que convierte al otro en «hermano querido; que lo es muchísimo para mí» (Epístola a Filemón 16). Estos dos siglos de existencia se han transformado a la vez en una gran historia de entrega a favor de los niños y jóvenes que habéis acogido a lo ancho de los cinco continentes y habéis formado para que fueran buenos ciudadanos y, sobre todo, buenos cristianos. Estas obras de bien son expresión de la bondad y misericordia de Dios que, a pesar de nuestras limitaciones y torpezas, nunca se olvida de sus hijos". Y el Papa los alienta a examinarse a la luz del Espíritu y discernir cómo ser hoy innovadores en el ámbito educativo y formativo, y estar totalmente entregados a la educación de los corazones, cuidando los religiosos su propio campo interior, sus reservas humanas y espirituales, para poder salir a sembrar y cuidar el terreno que les han confiado, para ser así sencillos instrumentos en las manos de Dios.

Los Maristas quieren estar abiertos con esperanza al futuro, caminar con espíritu renovado, guiados por el lema de su Instituto religioso que ya es todo un proyecto de vida: «Todo a Jesús por María; todo a María para Jesús». Se trata de confiar en María y dejarse guiar por Ella en su humildad y servicio, en su prontitud y entrega silenciosas, y transmitir con el ejemplo estas actitudes. Desde nuestra Diócesis de Urgell pedimos a la Inmaculada Virgen María que acompañe a nuestros queridos Hermanos Maristas en la fidelidad a su vocación, para que contribuyan a crear una humanidad siempre y continuamente renovada, donde quienes son vulnerables o descartados puedan experimentar que son valorados y queridos. Estimulados por el ejemplo de los Hermanos Maristas, y en este mes de María que estamos celebrando, todos debemos renovar nuestro "sí" mariano a la voluntad de Dios, con la certeza de que Él, como Padre bueno, no defraudará nuestra esperanza.

Centenario de las apariciones de la Virgen María en Fátima

El día 13 de mayo de 1917, al amanecer del siglo XX, en la aridez de Cueva de Iría (Portugal) tuvo lugar la primera visita de la Señora "venida del Cielo", como Maestra que introduce a los pequeños videntes Jacinta, Francisco y Lucía en el conocimiento íntimo del Amor trinitario y los conduce a saborear el mismo Dios, como el hecho más bello de la existencia humana. Llegaba un siglo de persecuciones, grandes guerras y mucha muerte y dolor. La Virgen Inmaculada prometía la misericordia divina, recordando la buena nueva del Evangelio, a un mundo destrozado por los conflictos y ansioso de una palabra de esperanza. El Ángel, antes, había invitado a los tres niños a la adoración, para acoger los designios de la misericordia del Altísimo, y les enseñó a orar así: "Dios mío, yo creo, yo adoro, yo espero y yo te amo »; y les proponía: «¿queréis ofreceros a Dios?». Los pequeños pastores que vieron María, quedaron llenos de una presencia que se grabó indeleblemente en lo más íntimo de ellos, y los consagró como testigos proféticos de la misericordia de Dios que, desde el fin de la historia, ilumina el difícil drama de la libertad humana.

Fátima es revelación de la confianza que, por fin, el Corazón Inmaculado de María, lleno de gracia, triunfará. Un Corazón Inmaculado que se ofrece como «refugio y camino que conduce hasta Dios». La Señora del Rosario de Fátima convoca insistentemente los videntes a la oración, para que se arraiguen en la intimidad con Dios. Los trazos concretos de la oración pedida en Fátima son los del rosario, que es mostrado como camino para la paz desde la valentía de los humildes. Al final, «todo es gracia y misericordia», y tres frágiles niños de una aldea remota de la Sierra de Aire promoverán, por toda la tierra, la confianza en la luz del corazón misericordioso de Dios. Así lo decía el Papa Benedicto XVI el 2010 en Fátima: «Ellos vivieron una experiencia de gracia que les enamoró de Dios, en Jesús, hasta el punto de que Jacinta exclamaba: "Me gusta mucho decirle a Jesús que le amo. Cuando se lo digo muchas veces, parece que tengo un fuego en el pecho, pero no me quema". Y Francisco decía: "Lo que más me gustó de todo, fue ver a nuestro Señor en aquella luz que nuestra Madre puso en nuestro pecho. Amo muchísimo a Dios"».

De los llamados "secretos" de Fátima, permanece válida la exhortación a la oración como camino para la salvación de las almas y, en el mismo sentido, la llamada a la penitencia y la conversión. Decía el Cardenal Ratzinger en el 2000: "Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del «secreto», que con razón se ha hecho famosa: «mi Corazón Inmaculado triunfará». ¿Qué significa esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de esta manera ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: «sufriréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo" (Jn 16,33)”. El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.