«Aprended de Mí, sed mis discípulos» (Mt 11,29)

El Domingo de Pasión, o de Ramos, nos introduce en la gran Semana Santa de los cristianos. Entremos siguiendo a nuestro Rey, que vence en la Cruz; entremos con coraje, humildemente, con anhelo de ser salvados y de aprender nuevamente la gran lección del Amor más grande, el que da la vida. Jesús dijo «Venid a Mí todos los que estáis cansados… Aprended de Mí, sed mis discípulos, que soy manso y humilde de corazón… ¡Mi yugo es llevadero y mi carga ligera!» (Mt 11,28ss.). Nos ha mirado con compasión y nos ha elegido discípulos suyos, «evangelizadores con espíritu» (cf. Evangelii Gaudium, cap. 5. o ).

«Hosanna a Jesucristo», exclamamos los seguidores de Cristo este domingo que abre la gran semana de los cristianos. Era y es una plegaria de súplica y un grito de alabanza a Dios. Lo decían los niños de los hebreos y lo continuamos haciendo nosotros: suplicamos y alabamos, mientras vamos en procesión con hojas de palma y ramos de olivo. Alabemos al Rey de los mártires, el que se entrega en rescate de todos los hombres y mujeres del mundo.

Hoy Jesús nos dice: «Ven conmigo, sígueme hasta dar tu vida como Yo, ama sin reservas, absolutamente; mi Padre no te abandonará nunca, aunque te llegue una gran cruz como la mía… No tengas miedo de las cruces que encontrarás. Yo he vencido. Después de Mí, quien muera con fe y confianza, vivirá; quien ame, no caerá en el olvido; quien pida perdón, será siempre escuchado… y obtendrá misericordia». Así nos atrae Jesús en estos días Santos de la Semana que inauguramos con el júbilo de los niños que aclaman con sencillez a su Salvador. Digámosle también nosotros, sin vergüenza, en las calles: «¡Hosanna, Señor! Gracias por tu muerte redentora. Acuérdate de nosotros, sálvanos y danos vida eterna.»

La Semana Santa nos aporta un contacto mayor con la familia, la visita a nuestros pueblos y que podamos disfrutar de la primavera después del largo invierno. Que no deje de tener también un sentido profundo, reflexivo y contemplativo. Cristo nos sale nuevamente al encuentro con su Pasión, que hoy leemos entera según San Marcos, y con la memoria sacramental de su Muerte y Resurrección. Se hace suyos todos nuestros sufrimientos, y los llena de luz y de sentido: sufrir con amor es vencer; e ir dando la propia vida por amor es reinar, es vivir de verdad.

Tal vez estas verdades chocan con la manera de ver las cosas que muchos tienen, ahogados en una nueva mentalidad pagana, en la cual cuentan poco las personas y mucho, en cambio, el tener y el individualismo. Que nos haga reaccionar. No podemos abandonarnos a una vida sin fe, sin prestar atención a Dios ni al prójimo. Este Domingo de Ramos y de Pasión, y los días santos de Jueves y de Viernes, con el silencioso Sábado Santo, el Señor nos quiere atraer, de nuevo, hacia una gran lección: la de su amor hasta el extremo. Una lección que sólo se aprende y se va entendiendo en la medida en qué se va practicando. Y todo queda recogido y ofrecido en la Eucaristía, sacramento de la Pascua.

Sin Dios nada valemos, nada podemos hacer. ¡Santa Semana, y que nos sea culminación de la Cuaresma y vivencia de la Pascua!

“Apóstoles para los jóvenes”. Día del Seminario 2018

“Apóstoles para los jóvenes” es el lema de la Campaña del Día del Seminario 2018, en sintonía con la preparación del Sínodo de los Obispos del próximo mes de Octubre sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Todos en la Iglesia estamos urgidos a realizar una verdadera “conversión pastoral” hacia los jóvenes y su cultura, para ser acompañantes de su itinerario personal y comunitario de crecimiento humano y existencial, de planteamiento de la vida como vocación y de confesión de fe en Cristo. Pero a nadie se le escapa que los jóvenes y la pastoral juvenil requieren apóstoles que les dediquen sus vidas y esfuerzos evangelizadores, y si son jóvenes y comparten sus sueños, sus dudas, sus luchas, alegrías y esperanzas, aún mejor. A cada generación Dios Padre de misericordia le envía trabajadores de su Reino. Debemos valorar estas vocaciones, pedirlas con fe y perseverancia, y formarlas para que la Iglesia pueda enviarlas, en nombre del Buen Pastor, con el amor y el apoyo de toda la Iglesia.

Recientemente la Congregación para el Clero y los Seminarios ha elaborado un Plan fundamental para la formación de los seminaristas de todo el mundo, la  “Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis. El Don de la vocación presbiteral” (diciembre 2016), que es la clave de una nueva etapa formativa y configurativa de los “pastores-evangelizadores” de los nuevos tiempos.

El Día del Seminario fija nuestra mirada en la etapa de la formación “inicial” de los futuros sacerdotes, que después tiene su continuidad en la formación “permanente” a lo largo de toda la existencia. El Seminario deberá cuidar con esmero la acogida de los candidatos, que ya no provienen mayoritariamente de los Seminarios Menores sino de vocaciones jóvenes y adultas. Debe discernirse este momento de la entrada en el Seminario acogiendo el Curso Propedéutico o introductorio, necesario a todos para el discernimiento. Y después siguen dos etapas importantes: la del “discipulado”, con los estudios filosóficos, y la “configurativa” con Cristo, con los estudios teológicos, para desembocar en una etapa última en el período de formación inicial, la “síntesis vocacional o etapa pastoral”, con la inmersión en la acción pastoral de la Diócesis.

Debemos valorar con amor eclesial lo que se vive en nuestro Seminario diocesano e interdiocesano, la dedicación de los Rectores y sus Equipos de formadores, la tarea específica y tan importante de los Directores espirituales, así como de los Profesores. Y especialmente tenemos que encomendar y apreciar la formación lenta de crecimiento y de maduración de todos los seminaristas de Cataluña. Actualmente en Urgell tenemos 6 seminaristas mayores. El total de Cataluña es de 86, y este año pasado fueron ordenados 9 presbíteros. Son muchas vidas, muchas respuestas ejemplares a la vocación divina, que todas dan testimonio del poder de la gracia de Dios sobre la debilidad de los hombres, “para que así resalte aún más el poder de la gracia”. Lo constatamos las Diócesis, y sus familias y parroquias de origen. Los jóvenes que se preparan para ser “apóstoles para los jóvenes” y sacerdotes santos, forman una constelación de luz que da esperanza a nuestra fe. Demos gracias en el Día del Seminario por toda la obra buena que Dios ya ha comenzado en nuestros futuros sacerdotes.

Orar más en Cuaresma

En todo momento debemos orar pero durante la Cuaresma deberíamos hacer un esfuerzo para destinar más tiempo e interés. No sólo rezar oraciones, sino encontrar momentos para "hablar con Dios, amándolo", como Moisés hablaba, "cara a cara, como un amigo habla con su amigo" (Ex 33,11). Y, ¿qué es orar? "Es un intercambio de amor", decía el teólogo Romano Guardini; es "pensar en Jesús, amándolo", explicaba el beato Carlos de Foucauld. Orar “es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama", escribía Sta. Teresa de Jesús. Y la definición tan bella de Sta. Teresita del Niño Jesús, que recoge el Catecismo (CEC 2.558): "La oración es un impulso del corazón, es una simple mirada dirigida al cielo, es un grito de reconocimiento y de amor tanto en la prueba como en la alegría". Podemos decir que es la respiración de la fe y del compromiso; la relación personal con Dios desde el seguimiento de Cristo.

He aquí algunas formas sencillas de orar para ser perseverantes:

1.    La Eucaristía.- Vivamos la Eucaristía como la gran oración de Jesús al Padre, por obra del Espíritu Santo, y de la Iglesia al Padre… Y adoremos la Eucaristía, visitemos al Santísimo ”reservado” en el sagrario de nuestras iglesias, donde nos espera para que le recemos, adorándole, escuchándole con fervor.

2.    La Liturgia de las Horas  que es la oración pública y oficial de la Iglesia. En cada miembro ora todo el Cuerpo, para bien de todos y del mundo. Laudes y Vísperas especialmente, que alternan salmos, lecturas, peticiones e himnos.

3.    La oración vocal, con fórmulas ya redactadas. La más importante el Padrenuestro –que nos viene de Jesús-, y también el Avemaría, el rosario, el ángelus, el viacrucis, las jaculatorias. Tienen gran tradición en la Iglesia y han alimentado el pueblo cristiano a lo largo de los siglos. En todas estas oraciones, buscar tener la intención que debe acompañar las palabras.

4.    La lectura espiritual (o lectio divina), que reza rumiando el texto de la Escritura, escuchando a Dios en su Palabra. Leer el texto entero, luego por versículos, meditarlo y pensar lo que me dice ese texto o palabra, pensándola, trasladando el texto hacia mí y yo hacia el texto. Y orar, elevando los afectos al Señor, haciendo que resuene la voz del Espíritu. Terminar con una petición.

5.    Hablar con Dios desde la vida. Ya que Dios está presente en todas partes y en toda situación, la vida es lugar de encuentro. Es la oración de la persona activa, que durante un día vive tantas cosas que hay que tener tiempo de "re-verlas" y "contemplarlas", unidos al Señor.

·         Por la noche, pensar de qué debo dar gracias hoy, de qué debo pedir perdón, por quién debo interceder...

·         Con simplicidad desde el momento en que hago oración hacia atrás, observar; viéndome en las situaciones; mirando a los demás, sin aprobar ni condenar. Viendo a Dios presente en esta vida concreta. Se irán imponiendo acciones de gracias, peticiones, súplicas... Y la conversión que Dios nos pide.

·         Lo mismo, pero fijándome sólo en las personas, en los rostros, viendo en ellos el rostro de Dios. Pensando en cada persona, en sus necesidades, problemas... Adorando a Cristo en cada persona que he tratado.

·         Por la mañana con la agenda o el plan del día delante, ofreciendo lo que vendrá, pensar en las personas con las que me encontraré, la esperanza que necesitaré... Luego, al vivirlo, descubriremos que Dios se nos hace más presente.

Se trata de que no nos cansemos de orar y no caigamos en la rutina.

Tener el coraje de querer cambiar

Al cerrar el año de la misericordia (2016), el Santo Padre Francisco recordó que la puerta de la misericordia de Dios quedaba siempre abierta y decía que "es tiempo de mirar hacia delante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina. Nuestras comunidades continuarán con vitalidad y dinamismo la obra de la nueva evangelización en la medida en que la 'conversión pastoral', que estamos llamados a vivir, se plasme cada día, gracias a la fuerza renovadora de la misericordia" (Carta apostólica Misericordia et misera, 5). Estamos en la Cuaresma y vamos haciendo un camino comunitario eclesial de conversión hacia la Pascua. El Evangelio nos dice que Jesús "sabía lo que hay dentro de cada hombre" (Jn 2,25), y quiere nuestra purificación porque somos templos de Dios. Debemos pedir la gracia de cambiar, de tener el coraje de querer cambiar y convertirnos, porque acogemos la misericordia de Dios y queremos corresponderle con una vida santa.

Es verdad que necesitamos la conversión pero parece que no estamos muy dispuestos a aceptar que realizamos acciones mal hechas, ni tampoco a intentar cambiarlas, y aún menos -¡parece como una locura!- creer que con nuestras acciones mal hechas ofendemos Dios. Cuando reconocemos que somos pecadores, que nos hemos alejado de Dios, y corremos hacia la misericordia del Padre, nos hacemos más libres y crecemos como personas y como hijos de Dios. Porque realmente hacemos cosas mal hechas y ofendemos a los demás; cooperamos al mal del mundo y, por encima de todo, ofendemos a Dios y somos unos grandes desagradecidos con el inmenso Amor que Él nos tiene. Bajo la guía del Espíritu, dejémonos interpelar, en esta Cuaresma, por la Palabra de Dios que nos quiere más responsables de nuestros actos y de nuestras omisiones culpables. La Iglesia nos propone que hagamos penitencia, por eso nos hace comenzar la Cuaresma dejando que nos impongan la ceniza sobre la cabeza, recordándonos: "¡Convertíos y creed en el Evangelio!" (Mc 1,15). ¿Nos atreveremos a hacerlo, confiados en la misericordia de Dios?

Un gran Padre de la Iglesia, S. Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla (347-407), propone cinco caminos de conversión muy eficaces:
  1. Primero, confesar propios pecados. Si uno no es lo suficientemente sincero con Dios y consigo mismo, y se disimula el alcance del mal que hay en él, éste no cambiará nunca, porque no deja que la luz entre en su interior.
  2. El perdón de las ofensas que hemos recibido. Si dominamos el orgullo y la ira, si olvidamos las faltas de quienes nos rodean, atraeremos la misericordia y el perdón del Padre sobre nuestra vida mal hecha.
  3. La oración ferviente y confiada, que brota de un corazón que ama a Dios y lo busca con perseverancia. Siempre deberíamos estar aprendiendo a orar.
  4. También tiene un poder muy grande la limosna, cuyo nombre más actual es solidaridad con los hermanos. Si compartes lo que tienes, si eres solidario con los que sufren, encontrarás el perdón y cambiará tu tiniebla en luz.
  5. Y finalmente el gran predicador propone un quinto camino, que es la humildad. Si somos humildes y nos hacemos pequeños y confiados ante Dios, atraeremos la misericordia del Padre, que nos llena con su gracia y nos hace llegar donde nosotros solos, con nuestras propias fuerzas, nunca habríamos podido llegar.
El Papa Francisco lo sintetiza profundamente: "Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre" (Misericordia te misera, 1).