Cuaresma y armonía con la creación redimida

El Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2019 muestra el camino de conversión en un aspecto nuclear: la relación que la misma creación tiene con la humanidad que por el pecado tiende a destruirla y que por la gracia de la Pascua de Resurrección, camina ya hacia el cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap 21,1). La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama a vivir un itinerario de preparación, el camino cuaresmal, conscientes de que ser imagen de Cristo es un don inmenso de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja guiar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, esto beneficia también la creación, cooperando en su redención, dice el Papa. Por ello, la creación desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que aquellos que gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su madurez completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura nuestra vida -mente, alma y cuerpo-, alabamos a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacemos partícipes de ello también a todas las criaturas. En este mundo, la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte. Ciertamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las otras criaturas. Violamos los límites que nuestra condición humana y la naturaleza, nos piden respetar. El Papa Francisco afirma que si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del "todo y al instante", del "tener cada vez más, en lugar de ser", acaba por imponerse. Y el hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir. La ley de Dios, la ley del amor, acaba cediendo a la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que se encuentra dentro del corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) y que se manifiesta como acaparamiento, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio interés, lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente.

Con todo, existe la fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón. «Si alguno está en Cristo es una criatura nueva; lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2Co 5,17). En efecto, también la creación puede "celebrar la Pascua": abrirse al cielo nuevo y la tierra nueva. Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual. La creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada hecha a los cristianos para que encarnen más intensamente y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social; en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús. Hagámonos prójimo de nuestros hermanos, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.