Los retos de las migraciones

Para conmemorar el Día Mundial de los Refugiados, en junio, los Obispos de la Subcomisión para las Migraciones y movilidad humana de la CEE aportaron una reflexión que no debería caer en el olvido. Es importante focalizar la atención sobre este colectivo de población de 82,4 millones de personas en todo el mundo, según el Alto Comisionado de NN.UU. para los Refugiados (ACNUR). En 10 años se ha duplicado el número de personas desplazadas por las guerras y las crisis en el mundo, y es uno de los colectivos más afectados por las consecuencias del coronavirus.

En cada continente millones de familias y personas se ven obligadas a huir, entre otros tantos peligros, del hambre, la guerra, la pobreza y la explotación, con el anhelo de buscar un lugar seguro donde poder construir una vida mejor para ellos y para sus seres queridos. Me impresionaron mucho las imágenes del campamento de refugiados más grande del mundo. Es el campo de los refugiados rohinyá (en inglés rohingya) uno de las más olvidados. Cerca de un millón de personas pertenecientes a esta etnia musulmana se han visto obligadas a huir de su país de origen, Myanmar, y viven en condiciones inhumanas en los campamentos de refugiados de Cox Bazar, en Bangladesh, el país vecino. Fueron breve noticia mundial hace pocas semanas, porque a ellos no les había llegado aún ninguna vacuna del Covid-19.

Por esto es bueno acoger con apertura de mente y de corazón, con nuestra oración y ayuda solidaria, los retos que el Papa Francisco plantea ante las migraciones. Muchos vienen a Europa. Debemos acoger las justas demandas de estas personas que llaman a nuestras puertas, y a quienes en este momento se intenta acompañar desde las parroquias, Caritas y otras entidades, sobre todo cuando lamentablemente quedan fuera de los dispositivos de acogida y viviendo con graves incertidumbres legales.

Las vías eficaces, solidarias y creativas que el Papa propone para atender a quienes escapan de las graves crisis humanitarias (Fratelli tutti 130) son:
  • “Incrementar y simplificar la concesión de visados,
  • adoptar programas de patrocinio privado y comunitario,
  • abrir corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables,
  • ofrecer un alojamiento adecuado y decoroso,
  • garantizar la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos,
  • asegurar asistencia consular,
  • derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad,
  • acceso equitativo a la justicia,
  • posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital,
  • darles la posibilidad de movimiento y la posibilidad de trabajar,
  • proteger a los menores de edad y asegurarles el acceso a la educación,
  • prever programas de custodia temporal o de acogida,
  • garantizar la libertad religiosa,
  • promover la inserción social,
  • favorecer la reagrupación familiar y preparar a las comunidades para los procesos integrativos.”
No olvidemos la misericordia: “Fui forastero y me hospedasteis” (Mt 25,35).