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Al servicio de nuestro pueblo

[1] La conmemoración de los veinticinco años del documento del episcopado catalán Raíces cristianas de Cataluña es una ocasión especialmente idónea para reafirmar la validez y la actualidad de su mensaje, y al mismo tiempo renovar nuestro compromiso y el de toda la Iglesia católica en Cataluña y hacia nuestro pueblo.
Fue una propuesta valiente y oportuna, con unas reflexiones ofrecidas «a los cristianos de nuestras diócesis en primer lugar, como puntos de orientación, y a todo nuestro pueblo como contribución, desde nuestro ministerio episcopal, al bien común del país». También hoy, como entonces, debemos «revisar si somos lo suficientemente generosos y creativos para alcanzar una presencia activa y comunicativa de nuestra fe, en todo el tejido social, cultural e institucional de la sociedad catalana».
Por medio de aquel documento, los obispos quisieron transmitir esencialmente un triple anuncio. En primer lugar, la afirmación y el reconocimiento de los elementos que identifican a Cataluña; en segundo lugar, la constatación de la fecunda presencia de la fe cristiana y de la Iglesia a lo largo de toda la historia catalana, contribuyendo decisivamente a la configuración de su realidad; en tercer lugar, la formulación del compromiso de la Iglesia a seguir sirviendo a la sociedad catalana, reconociendo los cambios profundos, sociales y culturales, que se habían producido en los últimos años. Es sobre todo este último mensaje lo que hoy adquiere nueva actualidad ya que comprobamos cómo aquellas transformaciones se han ido profundizando y también, han aparecido factores nuevos que hay que tener en cuenta, especialmente un nuevo clima cultural en el que Dios desaparece del horizonte del hombre, que así intenta ser el centro de todo.
[2] No nos proponemos, ni mucho menos, examinar exhaustivamente las luces y las sombras que han planeado sobre nuestro país durante este último cuarto de siglo, pero sí identificar aquellos cambios sustanciales que configuran una situación nueva y que exigen, también nuevas formas de evangelización y de crecimiento de la presencia y la acción pastoral de la Iglesia en nuestras tierras. En este sentido, valorando la herencia cristiana que nos ha configurado, será necesario abrirse de nuevo al encuentro de la persona y el mensaje de Jesucristo.
La Providencia ha querido que este señalado aniversario coincidiera pocas semanas después con la estancia entre nosotros del sucesor del apóstol Pedro, el papa Benedicto XVI, los días 6 y 7 de noviembre de 2010, cuando ha venido a Barcelona para dedicar la basílica de la Sagrada Familia y visitar la Obra Benèfico Social del Nen Déu.
Nuestros corazones tienen muy presente todavía, con agradecimiento, aquella jornada memorable que, en palabras del propio estimado visitante, representaba «la cumbre y la desembocadura de una historia de esta tierra catalana que, sobre todo desde finales del siglo XIX, dio una pléyade de santos y de fundadores, de mártires y de poetas cristianos».2 Hacía referencia, así, a aquellas raíces cristianas que habían ocupado la atención de los obispos hace 25 años. La basílica de la Sagrada Familia y la Obra del Nen Déu son, en efecto, frutos de personas que quisieron arraigarse en la fe cristiana para orientar sus vidas al servicio de Dios y del prójimo. ¡Damos muchas gracias a Dios por ello!
[3] Esta feliz coincidencia -y el rico magisterio que Benedicto XVI pronunció entre nosotros, utilizando con normalidad nuestra lengua- nos conduce hacia la mejor manera de conmemorar las bodas de plata del documento Raíces cristianas de Cataluña. Habiendo sido confirmados en la fe por el Santo Padre, nos proponemos y queremos proponer a todo el pueblo cristiano que peregrina en Cataluña servir a nuestra sociedad, guiados por la luz del Evangelio, con un nuevo impulso y ánimo, multiplicando «los gestos concretos de solidaridad efectiva y constante, manifestando así que la caridad es el distintivo de nuestra condición cristiana».3 Una realidad que es una oportunidad para una nueva propuesta de la fe cristiana que, desde la libertad y la proximidad a todas las personas, proclama: «Dios te ama. Cristo ha venido por ti. Sí, la Iglesia predica a este Dios, no habla de un Dios desconocido sino del Dios que nos ha amado hasta tal punto, que su Hijo se ha hecho hombre por nosotros.»4 Un hecho que, al mismo tiempo que nos abre a una esperanza que supera todas nuestras expectativas, nos impulsa a trabajar por un mundo más justo y fraterno.