Al servicio de nuestro pueblo

2. La contribución del cristianismo y de la Iglesia

 

 

[6] Como hicieron los obispos de Cataluña en el citado documento, volvemos a pensar en nuestra Iglesia, insertada en la historia y en el presente del pueblo catalán. Nos estimula el papa Benedicto XVI cuando nos convoca a una «nueva evangelización»: «Existen regiones del mundo que todavía esperan una primera evangelización, otras que la han recibido, pero que necesitan un trabajo más profundo, otras finalmente, en las que el Evangelio ha arraigado desde hace mucho tiempo, dando lugar a una verdadera tradición cristiana, pero donde en los últimos siglos -por dinámicas complejas- el proceso de secularización ha producido una grave crisis del sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia (...) (Será necesario) promover una renovada evangelización en los países donde ya ha resonado el primer anuncio de la fe y donde están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de eclipse del sentido de Dios que constituye un desafío de cara a encontrar medios adecuados para volver a proponer la verdad perenne del Evangelio de Cristo.»11
Los estudios históricos y sociológicos nos confirman que Cataluña, su cultura y su identidad, no se pueden entender sin la presencia de la fe cristiana, que ha sido verdaderamente fecunda y positiva, hasta el punto de haber contribuido decisivamente a la configuración de la identidad catalana. Esta contribución consiste, en primer lugar, en la cantidad considerable de personalidades y de obras sociales, culturales, asistenciales o educativas, nacidas de la fe cristiana o iluminadas por ella. Pero también nos referimos al ámbito más profundo del sentido de la vida, de la concepción de la persona humana y de la sociedad, de los derechos humanos, de la idea de trabajo, de progreso, de libertad, de compromiso, de economía, de creación artística, entre otros. La fe cristiana ha aportado en esta dimensión esencial para toda persona lo que cree que es la verdad sobre el ser humano, manifestada plenamente en la persona de Jesucristo. Por tanto, la fe cristiana no ha sido para nuestra historia, ni nunca podrá serlo, un puro sentimiento, ni tampoco una ideología o un mito, sino una verdadera fuerza transformadora de la persona humana, de la cultura y de la sociedad.
[7] En efecto, cabe decir que la configuración de Cataluña en el ámbito de las tradiciones, de las costumbres y de las leyes, también es heredera de aquellos principios objetivos que fundamentan la ética y el derecho, más allá de todo pragmatismo político y de todo positivismo jurídico: la afirmación de la dignidad inviolable de la persona y la vida humana con su destino trascendente, la responsabilidad personal, el bien común, el destino social de todos los bienes, el principio de subsidiariedad, etc. Dejando muy claro que la Iglesia no se predica a ella misma ni busca privilegios, ella ha transmitido estos principios por medio de un «humanismo», fruto de una síntesis fecunda entre fe y cultura, que con el tiempo ha impregnado más y más nuestra sociedad. Como dice Benedicto XVI, «el mundo de la razón y el mundo de la fe -el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas- necesitan el uno del otro y no deberían tener miedo a mantener un diálogo profundo y continuado, por el bien de nuestra civilización».12
Actualmente hay quien sostiene que se pueden defender y vivir los valores heredados sin hacer ninguna referencia a la fe cristiana. Creemos que esto, a pesar de ser posible en un primer momento como por fuerza de inercia, difícilmente se podrá mantener en el tiempo si se excluye explícitamente de la sociedad el espíritu humanizador del Evangelio de Jesucristo, que la Iglesia anuncia. Poco a poco se desvanecería el vigor, como un árbol que se sostiene sólo por un tiempo breve cuando tiene las raíces secas, o como un lago que, a pesar de estar todavía lleno, ha perdido la fuente o el río que le renueva el agua. Al contrario, la recuperación vital de las raíces cristianas supondrá sin duda reavivar verdaderamente el humanismo en todas sus dimensiones, ya que la religión «nunca es un problema que los legisladores tengan que solucionar, sino una contribución vital al debate nacional».13