Pascua es agua bautismal que hace renacer (3)

En la liturgia de la Vigilia pascual, un momento muy importante y solemne, para el que se invoca la ayuda de la Iglesia celestial con las letanías de los santos, es la bendición del agua de las fuentes bautismales, donde serán engendrados los nuevos hijos e hijas de Dios.

El agua tiene un simbolismo muy grande en la vida de toda persona humana (purificación, limpieza, transparencia, movimiento, grandeza y libertad... sacia la sed, fecunda los campos, inunda lo que es seco, destruye y hace renacer, etc. ). Igualmente en toda la Sagrada Escritura hay de trasfondo la liberación del pueblo de Dios, significado con el paso del mar Rojo. Pero ciertamente es Jesús quien le da la misión más elevada, ya que hace del agua el instrumento y el signo por el que llega la nueva vida del Espíritu Santo a todos los bautizados en las aguas que han sido santificadas por el bautismo de Jesús en el río Jordán.

También en la Pascua hemos sabido que del costado de Cristo brotó sangre y agua, y se cumplió así la profecía que del lado derecho del templo -que es Cristo- nacería un río inmenso de purificación y de vida, y que "allí donde llegue este río, todo vivirá" (Ez 47,1-9). Deseemos el agua del costado de Cristo, y que también esta Pascua sea plena del agua viva que anhelamos, "como la cierva anhela las corrientes de agua, así mi alma te anhela a ti, Dios mío" (Sl 42,2).

Desde Pascua todos hemos sido enviados a anunciar la fe y a bautizar en nombre del Señor: "Id, pues, a todos los pueblos y hacedlos discípulos míos, bautizándolos el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado." (Mt 28,19-20). El bautismo es necesario en orden a la salvación, tal como Jesús lo reveló a Nicodemo, cuando le dijo que "nadie puede entrar al Reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu" (Jn 3,5). ¡Como tenemos que amar el agua que nos ha regenerado y nos ha injertado en Cristo, la Vid verdadera!

En este tiempo de Pascua, visitemos con devoción -si podemos- la pila del bautismo de la parroquia donde fuimos regenerados, y demos gracias a Dios por el don de la fe. Recemos con reconocimiento por quienes nos han transmitido la fe católica (familia, padrinos de bautismo y sacerdote que nos bautizó), y agradezcamos que nos quisieran dar la buena tradición cristiana. Valoremos que muchos quieran bautizar a los hijos de pequeños, porque así ya participan de la salvación e irán creciendo en un ambiente bueno, con una semilla de gracia en su interior. Renovemos con piedad las promesas bautismales de renunciar al Maligno y de creer llevando una vida santa. Igualmente, al entrar al templo tomemos con respeto y devoción el agua para santiguarnos, y démosla a los que nos acompañan, valorando que somos una comunidad de hermanos, todos iguales en dignidad, por este agua que nos unió a Jesucristo nuestro Salvador. Y además, animemos a quienes quieran "recomenzar" su práctica de fe por más que la hubieran abandonada, y recemos por quienes no han descubierto todavía el gran don que se les hizo cuando los bautizaron, para que cambien hacia una vida de amistad con Cristo.

Digamos con fe: "¡Gracias Señor por el don de la fe que me fue dado el día de mi bautismo. Que el Espíritu me ayude a ser fiel y a no separarme jamás de ti!".