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Trabajemos con las familias y por las familias

En plena Navidad, el recuerdo y el ejemplo de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, nos invita a mirar hacia tres lugares: Belén, Egipto y Nazaret. Son los lugares donde la Sagrada Familia vivió. Nos acercan al amor que aquellas tres personas vivieron, siempre unidas. Amor para acoger con coraje el don de un hijo, que es portador del Misterio del Dios hecho hombre. Amor que vence el miedo cuando toca vivir las dificultades de los exiliados. Y Amor que se hace vida silenciosa, oración, trabajo, abnegación, servicio, unión y casa abierta... Los grandes retos que toda familia debe vivir hoy, también tuvieron que afrontarlos Jesús y sus padres. Por eso hoy les consagramos todas las familias del mundo

"Os animo a seguir trabajando con la familia y para la familia, aconseja el Papa Francisco. Es un trabajo que el Señor nos pide hacer de una manera particular en este tiempo, que es un tiempo difícil tanto para la familia, como institución, como para las familias debido a la crisis". Por una parte resulta evidente que se da una situación de crisis de la institución familiar, y por otra, hay un deseo de familia claramente relevante, justamente en las nuevas generaciones. La familia es la institución más valorada en todas las encuestas. Se suma el crecimiento relevante del número de casos de familias 'ampliadas', especialmente con la presencia de hijos de diferentes parejas, con la siempre más difundida autorreferencialidad de la gestión de los propios deseos y aspiraciones, y la consiguiente 'privatización' de la realidad familiar. En este cuadro, también es cierto que muchas personas, especialmente los jóvenes, perciben el valor de la relación familiar estable y duradera, un verdadero y propio deseo de matrimonio y familia, en el que se valora mucho poder acceder a un amor fiel y que no se rompa, que ofrezca serenidad para el crecimiento humano y espiritual de todos los miembros. Tenemos que saber acoger este deseo de familia.

Ante esta situación, la Iglesia siente la urgencia de proponer una visión abierta de la familia, fuente de capital social, fuente de virtud, que es esencial para la vida común. Y que además subraye la importancia de un desarrollo integral de las personas y muestre cómo la familia es fundamental para madurar los procesos afectivos y de conocimiento, decisivos para estructurar a la persona. El mismo Papa en el Discurso de Clausura del Sínodo de octubre pasado, daba una síntesis de los retos pastorales que debemos afrontar en las Diócesis: “Idear una pastoral familiar renovada que se base en el Evangelio y respete las diferencias culturales. Una pastoral capaz de transmitir la Buena Noticia con un lenguaje atractivo y alegre, y que quite del corazón de los jóvenes el miedo a asumir compromisos definitivos. Una pastoral que preste particular atención a los hijos, que son las verdaderas víctimas de las heridas familiares. Una pastoral innovadora que consiga una preparación adecuada para el sacramento del matrimonio y abandone la práctica actual que a menudo se preocupa más por las apariencias y las formalidades que por educar a un compromiso que dure toda la vida”.

Habrá que saber formar las nuevas generaciones. Y salir afuera para buscar, acoger y guiar, manifestando y difundiendo la misericordia de Dios a las familias con necesidades diversas y situaciones de alejamiento. Iluminar las conciencias y ganar más confianza en la Iglesia. Y sobre todo apoyar a las familias sanas, fieles, así como a las familias numerosas, que han acogido y amado mucho, y que dan testimonio de fidelidad al Señor y a los mandamientos de la Iglesia.