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Cuidar, proteger y acompañar a las familias. La bella y provocadora tarea de “ser familia”

El Papa Francisco nos dejó estas tres palabras, "cuidar, proteger, y acompañar a las familias", en su viaje apostólico a Cuba hace unos pocos días, y también que "la familia no es un problema sino una oportunidad". Igualmente en Filadelfia, clausurando el Encuentro mundial de las Familias, nos acaba de decir: "No podemos pensar en una sociedad sana que no le dé espacio concreto a la vida familiar. No podemos pensar en una sociedad con futuro que no encuentre una legislación capaz de defender y asegurar las condiciones mínimas y necesarias para que las familias, especialmente las que están empezando, puedan desarrollarse. Cuántos problemas se revertirían si nuestras sociedades protegieran y aseguraran que el espacio familiar, sobre todo el de los jóvenes esposos, encontrase la posibilidad de tener un trabajo digno, un techo seguro, un servicio de salud que acompañase la gestación familiar durante todas las etapas de la vida".

Estamos en plenas sesiones del Sínodo 2015 sobre la familia, que trata de "La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo". El Sínodo pondrá de relieve nuevamente el gran valor de la familia, que es "iglesia doméstica" y casa del amor entre los matrimonios y entre las diversas generaciones, prestando especial atención a los niños y jóvenes, mirando al futuro, y a los ancianos, mirando al pasado y a la tradición recibida y por ellos acumulada. La Iglesia tiene la voluntad de proclamar ante el mundo de hoy los valores que la visión cristiana del matrimonio y de la familia ofrece a las personas y a la sociedad, y que están sometidos a una fuerte erosión en la cultura actual.

El Sínodo también debe ser la ocasión de vivir el tiempo de la misericordia. El rostro de Dios que se manifiesta en el Evangelio es el de un Dios misericordioso y compasivo, que porque es infinitamente misericordioso, continuamente nos está invitando a la conversión. Necesitamos ponernos a la escucha de la Palabra de Dios, para recibir esta buena nueva en su integridad, ya que denuncia nuestras comodidades y egoísmos, nuestra infidelidad, pero siempre proclama la inagotable misericordia de Dios, que siempre y por encima de todo es Padre "compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad" (Ex 34,6).

Hay frescura en los temas del Sínodo y en la manera de tratarlos, y esto lo debemos al Papa Francisco, muy comprometido por que sinodalmente, en comunión, los Obispos con la ayuda de expertos y del testimonio de matrimonios y familias, encuentren caminos de primavera eclesial, sin intransigencias ni fardos pesados, pero siempre fieles a la Palabra de Jesús y a la Tradición de la Iglesia. Tarea difícil porque ya han aparecido contradicciones, tensiones y alguna confrontación, pero el Espíritu Santo ayudará al Papa y los Obispos a escuchar las situaciones de las personas, a encontrar mayor claridad en algunas cuestiones candentes (divorciados, homosexuales, parejas de hecho, adopciones, paternidad responsable, etc.) y a reafirmar la línea evangélica fundamental y básica de la misericordia. Se discute mucho hoy sobre qué futuro, qué mundo queremos dejar a nuestros hijos. Y sugiere el Papa: "Dejemos un mundo con familias. Es la mejor herencia". Debemos orar y pedirlo ardientemente. Debe ser nuestra contribución desde las Diócesis al gran evento sinodal que tiene lugar cerca del sepulcro de S. Pedro.