"¡Seréis santos porque yo soy santo!" (1Pe 1,16)

La gran fiesta de Todos los Santos este año la celebramos en el domingo, la pascua semanal de los cristianos. Es porque Cristo ha resucitado que nosotros somos hijos de Dios, hemos recibido el perdón y hemos sido hechos, por el bautismo, herederos de la vida eterna. Todos los santos de Dios nos lo recuerdan y oran por nosotros, para que podamos llegar felizmente a la patria celestial. ¡Esta es nuestra esperanza!

La Virgen María y todos los santos, con sus méritos unidos a los de Jesucristo, el único mediador y redentor, nos aportan el perdón de los pecados, el aumento de gracia y el premio de la vida eterna. Y nos revelan la gran verdad de que es posible la santidad en todos los estados de vida y en toda circunstancia. Hoy lo celebramos en una única y sublime fiesta. No se trata sólo de los santos de los que hacemos memoria en la liturgia, sino de todos, los anónimos, los desconocidos, los más cercanos a nosotros y con los que hemos convivido, que ya nos han adelantado, y ahora nos atraen y animan hacia a la santidad.

"¡Todos podemos ser santos!" proclama el Papa Francisco. "Todos los cristianos, como bautizados, tienen una igual dignidad ante el Señor y los une una misma vocación, que es la santidad". Y también afirma: "Los santos no son héroes, sino pecadores que siguen a Jesús por el camino de la humildad y de la cruz, y así se dejan santificar por Él, porque nadie se hace santo a sí mismo". La Iglesia, por más que esté formada por pecadores como nosotros, es "santa, católica y apostólica", así lo afirmamos en el Credo, puesto que es Dios quien la hace vivir en la santidad y la renueva constantemente con su gracia santificante. Al mismo tiempo también es cierto que de entre los pecadores, el Señor elige algunas personas para dar a conocer mejor la santidad, para dar a conocer mejor que es Él quien santifica. "La santidad, dice el Papa, es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y de su amor. Se entiende, pues, que la santidad no es una prerrogativa sólo de algunos: es un don que se ofrece a todos, nadie está excluido, por ello constituye el carácter distintivo de todo cristiano". Así es como la santidad no está reservada sólo a los que tienen la posibilidad de huir del mundo, ya que "la santidad es vivir con amor" y ofrecer "el testimonio cristiano en las ocupaciones de cada día, donde estamos llamados a convertirnos en santos. Cada uno en las condiciones y en el estado de vida en que se encuentra".

La fiesta de Todos los Santos nos lleva a desear ser más amigos de Jesús y estarle unidos, como lo fueron los santos y las santas de Dios, ejemplares testigos de fe y amor en las diferentes épocas en que vivieron. Lo canta bellamente el conocido gospel: "Oh when the saints"... "O cuando los santos marchen juntos, yo también quiero estar"... proclamando así la esperanza en la resurrección que viven la Virgen María y todos los santos y la confianza en la transformación de todo lo que hemos vivido en este mundo, en una plenitud que ahora ni podemos soñar, ya que nada se perderá y Dios hará "que todo sea nuevo" (Apo 21,5). Alegrémonos por la fiesta de hoy. No la confundamos con el día de los difuntos, que se celebra litúrgicamente en el día siguiente. Hoy cantamos la gloria que ya poseen los hermanos que han vivido las bienaventuranzas (cf. Mt 5,1ss). Les alabamos y les pedimos que nos acompañen y protejan, y que un día nos reciban en la gloria. Así lo proclama la liturgia en la muerte de un bautizado: "Al paraíso te lleven los ángeles, a tu llegada te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén".