“Vuelve a nosotros esos tus ojos tan misericordiosos”

En medio del Adviento del Señor, a punto de iniciar el Año santo de la Misericordia y preparando la Navidad, miramos con fe y esperanza a nuestra Madre del cielo, Inmaculada, toda pura, y siempre "Reina y Madre de Misericordia"! Ella nos ayudará a comprender y a vivir todo este año, siendo "misericordiosos como el Padre". Un Año jubilar de indulgencia y misericordia que el Papa Francisco ha convocado para conmemorar los 50 años de la Clausura del gran acontecimiento eclesial que fue el Concilio Vaticano II (1962-1965).

En la bula de convocatoria del Jubileo titulada "El rostro de la misericordia" (Misericordiae vultus), el Papa Francisco enseña sobre la Virgen Inmaculada, que fue "elegida para ser la Madre del Hijo de Dios; María fue preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús" (nº 24). Por la Encarnación, obra del Espíritu Santo, pero sobre todo por la Cruz y Resurrección de su Hijo, María pudo entender y unirse al don sacrificial de su Hijo, para redimir el mundo. "Nadie como Ella no ha acogido en su corazón este misterio; aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario por medio de la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su 'fiat' definitivo (...) Este sacrificio suyo es una participación singular en la revelación de la misericordia, es decir, en la absoluta fidelidad de Dios a su propio amor "(S. Juan Pablo II, Dives Mis. 9). Acudamos por tanto a María para contemplar y aprender lo que significa la Misericordia de Dios para la humanidad, y a la vez para comprender cómo debemos ser nosotros también misericordiosos como el Padre, generosos en el amor, servidores de los pobres en todos los sentidos, los pobres de amor y de perdón sobre todo, y saber unir así justicia y misericordia.

La Inmaculada Virgen María nos enseña a vivir sus dos síes a Dios, sus dos "fiat", el de la Navidad y el del Calvario, sus dos grandes experiencias de la misericordia. Ciertamente, Ella tuvo que creer y confiar, "contra toda esperanza". Conocía como nadie el misterio de la Concepción virginal de Jesús, pero en el Calvario, al verlo abandonado y que el Reino aparentemente no llegaba, tuvo que creer -"feliz Tú que has creído"- que el Padre no abandonaba al Hijo, sino que lo ofrecía para la salvación de todo el mundo, de toda la humanidad. Y nos damos cuenta, desde la fe, que Ella misma fue unida a este misterio de salvación, ya que su Hijo e Hijo de Dios, en el mismo Calvario, la asociaba al amor misericordioso para con la humanidad, cuando le decía "Aquí tienes a tu hijo!" y quería que Ella asintiera en ser Madre de todos los hombres y mujeres, nueva Eva, que participaba del amor redentor de Dios. Tenemos en María una maestra de misericordia.

Todo esto lo podemos hacer nuestro, con una sencilla y emotiva oración. Cada vez que rezamos la Salve nos acogemos a la Madre que vuelve siempre sus ojos misericordiosos sobre todos sus hijos, nosotros, y nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre virginal. Adviento, Navidad y Año de la misericordia se unen en un mismo clamor: "Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra...!"